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Raíces neuronales

La imagen sale de su retina como un chispazo, un flash en medio del campo totalmente negro que lo rodea.

Llevaba horas allí, sin ver absolutamente nada, sin recordar absolutamente nada. De hecho, por momentos llegó a creer que ni siquiera existía. Únicamente, en el clamor profundo del vacío, de la exención total de sonido alguno, era capaz de sentir un corazón latiendo, un pulso casi inaudible que flanqueaba sus oídos y se almacenaba en su cerebro como la canción primigenia de algo corpóreo que no era capaz de ubicar en el espacio.

Nada recuerda hasta que mira la fotografía, una imagen que se entrelaza a otra y aparenta un movimiento breve de apenas unas décimas de segundo. Sus manos la rozan, unas manos hechas de hilos blancos que se reflejan en el cuadro que flota en la oscuridad.

“Soy yo, soy alguien”, piensa entonces, como si fuese el primer pensamiento que haya nacido jamás dentro de su cabeza, como si aquella frase simple, pequeña y en apariencia ínfima, fuese los cimientos de su propia existencia.

En la imagen una luciérnaga vuela junto al brillo nacarado de su tenue luz, una luz que lo transporta a un sentimiento lejano, al calor de un hogar en el centro de un prado inmenso.

Y de pronto, como activadas por un resorte invisible, comienzan a saltar, a emerger más y más imágenes, rodeando su cuerpo en una espiral que da vueltas alrededor de su mirada, de su cuerpo hasta ahora intangible, formando un sendero entre ellas que lo deja hipnotizado por unos segundos.

Un sapo dando pequeños saltos sobre la hierba, una clase llena de niños, un hombre que lo mira desde lo alto, una playa, un sendero a través del bosque, un viaje a Inglaterra, un recorte de periódico…, un beso. Un beso y es aquí donde se frena, donde vuelve a despertar por dentro algo que en apariencia estaba vacío, inerte bajo capas de olvido y oscuridad.

– ¿Todavía no recuerdas por qué has venido? –dijo una voz que venía de dentro, o quizá de fuera. Una voz que removió las cuerdas de las que estaba compuesto, los átomos fibrosos que parecían conformar su extraña realidad.

– Busco algo…, o quizá a alguien. -repuso sin saber muy bien a qué se refería puesto que era más un sentimiento profundo que una idea clara-.

– Sigue navegando entre tus recuerdos, Lucas.

Lucas, se llamaba Lucas. La absurda, estúpida y maravillosa idea de tener un nombre hizo que cientos de imágenes más emergiesen a sus costados, que se moviesen como un acordeón tocado por unas manos invisibles.

Una imagen de la mujer que le había dado el beso acaparó su atención, estaba en una mesa, pintando sobre un lienzo que él no podía ver por mucho que se esforzase. Tenía los ojos cristalinos, llenos de vida, bebiendo y centrando cualquier mirada que se atreviese a posarse sobre ella.

Y la mujer volvía a aparecer una y otra vez, una y otra vez, otra vez y mil veces más. En un barco, en un río, en la boda de alguien que ya había aparecido en otras imágenes, en un salón acristalado…

– ¿Ya recuerdas su nombre? –volvió a preguntar la voz en tono suave-.

– Noelia –dijo él sin haberlo pensado siquiera-.

– Bien Lucas, ahora debes encontrar lo último que recuerdes.

“Recuerdos, eso es lo que son todas estas imágenes perdidas”, pensó él con la mirada fija en una nueva estampa de Noelia, quien en esta ocasión conducía y hablaba sin parar. “Mi último recuerdo…”

Las imágenes se oscurecieron, se fueron tornando difusas, nebulosas. Comenzó a sentir frío, un frío que no venía de ninguna parte pero que le quebraba por dentro, un frío que sentía como una presencia pesada, una sombra que se derramaba sobre sus recuerdos a medida que avanzaba.

– ¿Qué hago aquí? ¿Qué es todo esto? –preguntó al vacío-.

– Debes buscar tu último recuerdo. Sólo así podrás encontrarla. Pero para eso debes tranquilizarte. –dijo la voz en un susurro que permitió que las sombras se apartasen hacia un lado-.

 

Cerró los ojos, pero las imágenes se mantuvieron dónde estaban. Aquello definitivamente no era un sueño, era real. O por lo menos no era algo de lo que pudiese escapar de una manera sencilla. Debía hacer caso y buscar la última imagen que contuviesen sus recuerdos, aunque eso supusiese caminar hasta el centro del laberinto y perderse una y otra vez.

Noelia conduciendo la camioneta que le habían regalado sus padres cuando abrió aquella tienda de jabones en el pueblo. Un proyecto que le había hecho ilusión de niña, cuando dibujaba cómo sería su vida en un cuaderno desgastado y lleno de garabatos en la portada. Algo simple que le permitiría seguir haciendo lo que más le gustaba, dibujar, pintar y perderse en el bosque cuando tuviese tiempo.

– El bosque… -dijo entonces en alto, como si algo se hubiese movido por dentro, un gusano que hubiese tomado el control de sus pensamientos. La voz esta vez permaneció en silencio.

 

La camioneta levantaba polvo y gravilla a su paso por la angosta carretera. Los árboles se sucedían, borrosos, en apariencia ingrávidos desde el interior del vehículo.

Lucas posa su mano sobre la ventanilla, como hace en ocasiones para que ella se enfade y le diga que eso ensucia las ventanas. Pero esta vez ella no se da cuenta y continúa hablando; algo sobre una hipoteca, deudas y todo lo que deberían hacer para que no les cierren la tienda. Sólo se escuchan ciertas palabras, como si otras se enmudeciesen o sus labios estuviesen intentando hablar bajo el agua.

La furgoneta frena, ambos salen de ella y caminan hacia otro coche que está parado en el arcén. Siente el crujir de las pequeñas piedrecillas a su paso, el olor a estiércol y cómo se le erizan los pelos de la nuca, algo que le suele suceder cuando hay cambios de temperatura.

El capó está levantado y un hombre, que les había hecho señas con las manos para que parasen, se acerca a ellos. El frío vuelve al verle la cara, el frío y las sombras, que convierten el recuerdo en una mezcla de colores y contraste inverosímiles, como si hubiesen colocado un filtro extraño sobre sus ojos.

Lucas posa los codos sobre el capó y observa el interior del motor. Noelia está ante él y el desconocido…, el desconocido está dentro del coche intentando arrancar, o eso es lo que le han pedido.

De pronto escucha un estruendo, un golpe en el pecho, como si un tráiler cargado de coches le embistiese por detrás. Mira hacia la fuente del dolor y ve un líquido espeso y pastoso saliendo de su pecho. Las sombras se convierten en algo palpable mientras Noelia grita y recibe un disparo en la pierna.

Él cae sobre la hierba, su cabeza y su mirada se quedan fijas en la dirección del coche. El desconocido y otro hombre que no habían visto meten a Noelia en el maletero. Después, uno de ellos se acerca a él, se arrodilla y se persigna.

El coche arranca y él se desangra. Las sombras para entonces ya avanzan inexorables hacia el centro del recuerdo, desplegando la oscuridad sobre los árboles, sobre la hierba, sobre el coche que desaparece entre la bruma.

Grita la matrícula en alto, grita el color del coche, el modelo, la marca. Grita la forma de sus caras, el color de sus ojos, sus estaturas, sus ropas, sus cortes de pelo. Grita mientras se aparta de las imágenes y vuelve a la luciérnaga, que continúa chispeando de color amarillo un atardecer antiguo.

 

– La encontraremos Lucas, te lo prometo –dijo la voz al cabo de un rato-.

– Estoy muerto, ¿verdad?

La voz se toma su tiempo para responder, y cuando lo hace percibe que es una mujer la que habla, una mujer con el trabajo más extraño del mundo.

– No estás muerto, no del todo. No pienses en eso Lucas. Elige el recuerdo que quieras y métete dentro, pronto todo habrá acabado.

 

La luciérnaga recorre su mano desnuda, una mano humana cuyas venas parecen recorrer valles y montañas, como ríos subterráneos. El sol es casi un espejismo en el horizonte y la hierba roza sus piernas como tantas y tantas veces lo ha hecho cuando volvía de la escuela.

No hay sombras, no hace frío y a través de las ventanas de su casa puede ver a su madre preparando la cena. Saluda con la mano y echa a correr hacia la puerta.

El pequeño insecto se posa sobre una brizna de hierba que se mece con la ligera brisa del anochecer. Otra luciérnaga se aproxima, más grande, sin alas y con una luz verdosa que atrae a la primera.

El sol se oculta por completo y la casa se evapora en el vacío, en diminutos copos grisáceos que arrastran las últimas raíces neuronales…

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