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El Farero Ebrio

Temo encontrarte de frente, junto a mí en el espejo, temo darme la vuelta y que me mires con esos ojos oscuros que todavía me inundan cuando bajo al cuarto de los recuerdos, apagando las luces y permitiendo a la oscuridad que me lleve hacia su morada angosta, hacia sus telarañas invisibles. Temo doblar la esquina y encontrarte de frente, mirándome como lo hiciste en aquel coche, cuando paraste, pusiste las luces intermitentes, te giraste y actuaste de forma nerviosa hasta que ocurrió lo inevitable. Temo encontrarte, temo cada segundo, temo que nos veamos y me de cuenta, sepa a ciencia cierta, que he tirado todo mi tiempo por la borda de un viejo pesquero, en medio del océano, regalado a las bocas de decenas de tiburones hambrientos. Ojalá estuviesen allí los tiburones, pienso, por lo menos así alguien se habría aprovechado de semejante existencia.

Tengo ochenta años y tres días, ochenta años de los cuales he vaciado de mis bolsillos unos cuantos, la gran mayoría, haciendo cosas que sólo llenan esos mismos bolsillos de papel, y muchas veces ni eso. En realidad podría decirse que ya no quedan bolsillos que llenar o vaciar, vaciar o llenar, con la cadencia y el orden que uno desee.

Tengo ochenta años y tres días, y llevo más o menos treinta creyendo que me voy a morir de un momento a otro, y que los buitres, carroñeros ataviados con sotanas y corbatas de terciopelo azul, estarían realmente emocionados de que tal acto se llevase a cabo a la mayor brevedad posible. Por eso supongo que me he fundido todos los ahorros en alcohol, por eso y porque sinceramente, cuanto antes mejor.

Tengo ochenta años y tres días, tiempo suficiente (si es que ese término sirve para lo que yo he vivido) para perder tantos amigos, familiares y mascotas como uno pueda imaginar. Y lo cierto es que se me ha revuelto un poco la mezcla en el estómago, por eso creo que sufro de ardores continuos, por eso y porque al fin y al cabo, aunque no te dejes ver demasiado por el teatro de la vida, el telón siempre acaba gastándolo a uno, aunque en ocasiones su roce parezca una caricia y en otras una sacudida eléctrica que te deja medio descuartizado sobre el parqué.

Me casé con treinta años para deshacerlo todo dos años después, tras un hijo y unas cuantas locuras que de haberlo pensado mejor, las habría cometido antes de embarcar a nadie con semejante polizón. Y cuando hablo de polizón me refiero a mi, no me malinterpretes, realmente tuviste suerte de que hubiese sido tan idiota como para dejarte marchar, aunque en verdad pienso que todo lo que hice fue por no tenerte a ti conmigo, y ya sé que esto, por lo menos en esta vida, no lo podré llegar a demostrar.

Me casé con treinta, lo deshice con treinta y dos y lo volví a enredar con treinta y cinco. Me casé por segunda vez con una mujer a la que no conocía, de un país al que conocía todavía menos, y en el que llevaba trabajando apenas tres meses. Fue llegar y meterme en otro charco, justo cuando había decidido buscarte, dejarlo todo y buscarte, aunque en el fondo tuviese miedo, miedo también entonces, de encontrarte y que todo fuese mal, o más bien al contrario, miedo de encontrarte y que por una vez en la vida, todo fuese bien…

Esta vez no hubo demasiado tiempo para meterme en más charcos. Ella encontró a otro, otro al que yo mismo le había presentado, y al que pillé en nuestra cocina haciendo el misionero sobre la mesa en la que había desayunado un par de horas antes, la verdad es que la escena fue entre dramática y cómica, por eso todavía me río con aquello cuando lo recuerdo. Me río también porque al darse cuenta de que yo estaba allí de pie, atónito, uno de los cuchillos que había sobre la alacena cayó en el pie del “invitado” y tuve que ser yo quien llamase a la ambulancia para socorrer a aquel aborto de amigo al que no he vuelto a ver desde el entierro de mi ex mujer.

Fue entonces cuando te busqué de nuevo, y es aquí donde se vuelve borroso. No sé si a razón de las innumerables recaídas en una depresión que se ahondaba cada año o más bien a causa del alcohol ingerido sin medida alguna, el caso es que tengo cinco años de mi vida casi en blanco, trabajando, perdiéndome en la rutina, devorando bares, pubs y todo tipo de antros de mala muerte que jamás hubiera creído que pudiera llegar a pisar… Y fue entonces cuando volví, cuando recorrí aquel sendero que caminamos hace ya tanto tiempo, con tus bicicletas y tu perro, del cual he olvidado el nombre. Cuando volví a saciar mi mente con la nostalgia de un farero ebrio en mitad de una tormenta, que intenta desesperadamente fundir la bombilla del edificio para que los barcos se reúnan con él en tierra firme.

Fue entonces…, entonces cuando te vi abrir la verja de tu casa, todavía seguías allí, otra vez con el pelo corto y teñido de un nuevo color, tan vivo y brillante que hubiera pensado que tras de mí había alguna cámara grabando mi reacción. Te vi abrir la verja y dar la mano a otra mujer, y besarla al poco rato. No me extrañó demasiado, ya que recordé lo que me habías contado sobre el amor, y sobre cómo tú enfocabas aquello. No me extrañó pero deseé con todas mis fuerzas que todos los sucesos que precedieron a aquel instante fueran cambiados por otros, y que esos otros llevasen a mi cuerpo, a mis labios, a intercambiarse por aquellos a los que tú te habías aferrado. Y aunque suene totalmente exagerado, dentro de mí lo sentí así, pienses lo que pienses.

Lo peor de la situación vino cuando te giraste, me miraste a los ojos, y te diste cuenta de quién era. Siempre imaginé que me odiarías por haberte intentado apartar de mi vida, haberte intentado apartar porque siempre he tenido miedo de conseguir algo que pudiera llegar a temer perder, aunque suene totalmente ilógico, es la razón de todas las decisiones equivocadas que he tenido, y de ellas, tú eres la que más duele y a la vez, la que más vivo me hace sentir.

Te giraste como digo (siento subirme una y otra vez a las ramas y enredarme como una persiana vieja), te giraste y sonreíste. Te giraste y me invitaste a un café como si nada hubiese sucedido previamente. Como si toda la poesía en la que me ahogué durante años fuese un plumazo pasajero, un bache inocuo que formase parte de mi imaginación.

Todo seguía como lo recordaba, aunque el bajo estaba ya terminado y el proyector de cine hubiese sido sustituido por una televisión de esas que parecen ventanas hacia otro mundo. También el baño, al que había ido cuando apenas tenía diecisiete años, para mirar que el pelo estuviese en su sitio (bendita idiotez juvenil), seguía exactamente como lo recordaba.

Quizá por eso, cuando te despediste de mí, la miré a ella y deseé que desapareciese, tan egoístamente como sólo un narcisista con ensoñaciones podría hacerlo. Quizá por eso cuando me dijiste que podría volver cuando quisiera y te di mi número de teléfono, supe que no volvería a verte, que no volvería a bajar a visitar mis mejores recuerdos, que mi suerte había sido presa de mis actos, el bobo inoportuno que no supo entender que la vida sólo se vive una vez, aunque suene tópico.

Me acerqué antes de marcharme, cuando la noche ya hacía acto de presencia y el viento comenzaba a levantarse, me acerqué al lugar donde vimos aquella puesta de sol que seguramente mi memoria habría endulzado más de la cuenta. El árbol ya no estaba, y la hierba siseaba nerviosa a cada paso, como si la única manera de evidenciar mi presencia allí fuesen unos tristes pasos acomplejados que se hundían en la noche. Respiré hondo y unos brazos me rodearon la cintura, me rodearon y un calor que recordaba como si nunca se hubiese ido acarició mi espalda. Eras tú, sin duda, pero no me atreví a girarme, me quedé sin aliento, buscando el aire con la boca como un pez recién pescado por las redes de un viejo pesquero al que ya no seguían los tiburones.

Ese recuerdo lo tengo, lo guardo y lo siento dentro, ese recuerdo y las preguntas que me hiciste susurrando al oído, tantas que no supe encontrarlas o emitirlas con sonidos razonados. Me hablaste de aquel sueño en el que yo desaparecía y tú te quedabas sola, me hablaste de aquel día en el que esperamos a un autobús que nunca llegó, me dijiste que no entendías lo que había hecho durante todo aquel tiempo, escribiendo sobre cosas que había vivido contigo sin atreverme a cruzar el umbral de la puerta, quedándome en la zona de sombra, admirando tu forma de vivir el arte de una forma tan distinta a la mía. Porque eso eres para mí, una artista, una artista a la que veneré en la distancia durante años.

Me acerqué antes de marcharme, y mientras me abrazabas en la noche nebulosa, pude ver a una sombra oscura sonreír desde la espesura, una sombra vestida con ropas de otra época, una sombra emitiendo volutas de humo con una pipa de metal. Supongo que ha llegado hasta este recuerdo de otro más cercano, supongo que se ha ido adentrando en mi vida poco a poco, hasta llevárselo todo en el saco que porta a la espalda, supongo que pronto se llevará el día en el que al fin quisiste encontrar mi boca entre el vacío incorpóreo, la frontera de los cuerpos abandonados. Supongo que su sonrisa querrá apartarte de mi memoria, borrando cada huella que creía inmortal, cada paso taciturno cuando me viste en aquella reunión hace ya tanto tiempo, cuando todavía no nos conocíamos y éramos niños, éramos visitantes en el constante borrador de la vida.

Por eso escribo, con ochenta años y tres días, todas las cosas que todavía recuerdo de ti, todas las cosas que sé a ciencia cierta que se quedarán encerradas en una botella, junto a todas las historias vividas, navegando triste y felizmente en la inmensidad del océano.

A ti, siempre a ti. Te quiere, El Guardián

 

 

 

-Siempre se queda mirando de la misma manera la ventana…, sabe Dios qué estará pensando…

Sonríe, sonríe cuando escucha a las visitas hablar de Vicent, siempre como si él no pudiese escucharlos. Todavía no había perdido tanta memoria como pensaban, y el oído siempre había sido su mejor arma. Por eso estaba segura de que en su cabeza estaría riéndose de aquel hijo al que hacía tanto tiempo había presentado como…, “su amiga”, aunque ella ya no se consideraba tal cosa. Algo más…, quizá.

-Ya sabes que tu padre nunca ha sido de muchas palabras Mateo, y además -dijo señalando discretamente a un cartel de un hombre con monóculo y una pipa en la boca-, tiene alguna cuenta pendiente con aquel señor de allí.

-¿Con el buscador de internet “El Guardián de lo Desconocido”?

-Sí…, o eso cree él. A veces me lo encuentro hablándole como si estuviese aquí mismo.

 

 

 

Mateo se fue al poco rato, y la señora de pelo corto y color rojo fuego ojeó las fotos que reposaban sobre la repisa de la ventana, hacia donde veía Vicent, cogió lo que él había dejado escrito sobre la mesa y lo leyó. Al acabar lo abrazó por detrás y le susurró al oído:

-Sigo aquí, ese tipo no hará que me olvides porque nunca me iré. No tengas miedo.

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