El susurro cohibido,

la noche imperfecta,

el río corriendo

y las manos en la hierba.

 

El valle oscuro me despierta,

y sus sombras susurran:

«sangre de pecadores,

sangre en su mirada.»

 

El arma a la izquierda,

una carta en la frente

y la niebla ocultándolo,

y el destino aguardando

entre la maleza.

 

En primavera murieron dos,

en verano el tercero,

y ahora bajo la hojarasca

pagan los condenados

con monedas de acero.

 

Suena el trueno, en un eco lejano…,

atraviesa sus costados

con gotas brillantes,

rojas como tu vestido,

rojas como aquel anochecer dorado

en el que te fuiste sin esperarlo.

 

Por eso:

en otoño murieron dos,

bajo los árboles del valle

negro de silencios.

Por eso:

en invierno cayó el sexto,

y sus pies aún cuelgan

sobre el agua del deshielo.

 

Bailan los enamorados,

y las sombras resbalan bajo la lluvia.

Bailan sus figuras,

sus cuerpos entrelazados,

su noche inacabada,

su vestido encarnado,

su susurro cohibido,

sus manos y las mías,

sobre la hierba mojada.

 

Lo han visto caminar

bajo las luces de diciembre, 

aguardando la noche precisa,

el aullido lastimero

del último condenado

de una bala perdida.

 

 

 

 

 


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