
Ahora los sueños
me vienen a rondar despierto,
ascendiendo las murallas del día
en melodías que ya no puedo acallar.
Tiré demasiado de las cuerdas de Morfeo,
ahogué las notas de aquel epílogo incesante
y ahora los otrora se revuelven:
llegaron las voces inventadas, los flashes,
un sinfín de irrealidades que subyugan
lo que, tras los ojos cerrados,
intentan decir los que viven.
Con antorchas en la noche
hice del corazón hojarasca,
del cuerpo, plomada de serpiente
y de los ángeles muertos
un chiste diminuto.
Gracias a ellos,
a los que hacen despertar del idilio,
del creer en utopías y cuentos,
del navegar sin dolor.
Pero ahora vienen los sueños
a rondarme despierto y no por ellos
sino por el niño que con agujas intenta devolver
sentimiento acallado bajo huesos en ceniza.
Morfeo lanzó un vaso que recogí a pedazos
bajo una fuente de la que bebían gusanos
y hablé con ellos hasta quedarme dormido
admirando el reflejo de un dibujo
de una dama de cuarzo.
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