
En el camino está
el pasado de lo que ha venido y viene;
el aullido lastimero
y las someras aguas
en la que yacen unas cuantas
rúbricas en betas de madera.
El fantasma observa el lago,
la calma del repiqueteo susurrante
del tiempo que pasa
y traspasa meciendo sus sábanas.
Blanco medusa se eleva
rozando sus telas
hechas girones entre zarzas,
ruinas de molino,
pájaros que duermen.
Un rayo cruza la noche,
un claro despierta en el centro,
un sebáceo terreno sobrevuela
buscando algún recuerdo
devorado por el fuego
en catedrales de papel.
Sol, hierba, nácar de rocío,
hiperfoco entre anfibios, peces y valles,
gestos, razones, patrones de
policromados ropajes
que no eran más que juego
y telones de teatro
que pintaba con engaño
en colores divergentes.
El fantasma recorría la laguna
dejando a un lado su cuerpo
pero se había cansado de tanto
abandonar la carne,
olvidar a cada paso,
evaporarse en sueños.
Se cansó y vivió como viven
los fantasmas de ciudad,
añadiendo destellos de alquimia
a un cuento que había vuelto
a cocinar sin lamento
entre dientes, sí,
entre dientes de quimera.
Un suspiro de nieve
se adentra en el agua;
cráneo nacarado, sábana de cieno
que saluda y abraza a sus demonios,
onda en el agua y hasta aquí,
el fantasma ya se ha ido.
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