Ese chiste que no tiene gracia
y dura tanto como tantos meses
contando estanterías
con brazos sin abrazos de revista.
 
Entraba una brisa
y cantaba un peatón 
que bebía del licor 
de una calle con estrías,
sonriendo al calor 
de tantos y tan pocos
puñales.
 
Los obreros de la Parca borraron;
los bancos del parque,
los márgenes del río,
las bicicletas,
las perdices o barnices de color.
 
Pero allí quedaba la postal,
las lágrimas sin sal y los poetas moribundos
que dibujaban ya sin emoción
un boceto de todos los lugares que,
como cementerios de barro,
se diluyeron en átomos
a merced de la lluvia.
 
Una motocicleta que retumba,
una siesta sobre un tejado,
palabras que tarde o temprano
devoran el recuerdo y tú
bebiendo en motas 
el polvo los muertos.
 
Ese chiste de prisas masticadas 
en dolor y alcohol en los umbrales
de un cuento ficticio
que no es más que el vivir
y el devenir 
sin rumbo.
 
Cortamos entonces las telas 
de un relato de terror
empapado en una fiesta de ciudad,
un agujero con cerveza
y cuatro chistes junto a este
del que te reíste,
pidiendo otra
entre un coro de moscas.

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