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Los Visitantes

Capítulo 1. El Visitante de Medianoche.

– Papá, he vuelto a oírlo.

– Sabes que eso es imposible cariño, ahora vuelve a dormirte…

La luna menguante, los grillos insomnes y el canto de una lechuza inundan el bosque con la sensación, para el observador que se aventura en su corazón a medianoche, de poder ser observado a través de cada rama, de cada roca llena de musgo, de cada árbol doliente, que con cada suspiro del viento de septiembre, entona un canto ronco, quebrado, roto y lastimero con el crujir de su tronco seco.

Hay una casa más allá, casi desfigurada por las encinas que crecen ante ella, casi invisible en la espesura que las enredaderas forman al escalar árboles moribundos. Hay una casa, que se eleva junto a la pendiente de la ladera, una casa cuya luz todavía encendida pretende doblegar a las sombras bajo el talud de la montaña, pero que, a pesar de su insistencia cada noche, se ve abocada a una derrota continua.

Poco a poco se ve más clara, más clara ella y la colina que se encuentra al otro lado, a la izquierda del observador inquieto. Una colina que abandona el bosque y da paso a la hierba alta, hierba que se mece en contoneos rítmicos, acompasados con el viento inusualmente cálido. Más allá, a unos cientos de metros, una verja de hierro, una cruz en lo alto, un camposanto, el hogar de los muertos.

Pero no es allí a donde vamos, ni a donde va el visitante nocturno. Por eso la vista gira de nuevo hacia la casa, gira y avanza hacia las ventanas, suspendiéndose en el aire, como si ustedes y yo pudiésemos flotar de pronto a través de alguna suerte de subterfugio envenenado. Vemos a una niña, dormida en una cama pequeña de una habitación de colores ambarinos y una luz tenue que se mantiene encendida por si las pesadillas vuelven. Sin embargo, nada puede hacer con las sombras de las esquinas del cuarto, esquinas que de no ser por nuestra vista de águila parecerían encontrarse en calma. Sin embargo, una silueta, una mano alargada, unos ojos negros como agujeros hacia el infierno señalan hacia donde nos encontramos, culpándonos con un grito de serpiente apenas audible, condenándonos a su presencia de sombras y muerte. La niña, entonces, como vimos al principio, despierta a su padre.

– Era el abuelo, estoy segura de que era él.

– Venga, vale, duerme conmigo pero deja ya el tema, por favor. Ya hemos hablado demasiadas veces de lo mismo.

La niña, que acababa de cumplir once años, avanzó poco a poco, descalza hasta la cama. Se metió entre las sábanas y dejó que la noche inundase su mente, acuosa a través de las pestañas. Pero antes, junto a su última ojeada a la ventana, creyó ver un cárabo de ojos negros observándola desde el pequeño balcón.

– Corre, o llegaremos tarde, como siempre. ¿Ya te cepillaste los dientes? -dijo su padre cogiéndole la mochila y abriendo la puerta para que saliese-.

– Sí, sí, sí, mira. -dijo alargando los tres “síes” de forma teatral, enseñando los dientes y riéndose-.

– Vale, está bien, no hace falta que te burles de tu anciano padre.

El coche se alejó, levantando una pequeña estela de polvo anaranjado a causa de la tierra seca. La niña se despidió con la mano, mientras miraba por el retrovisor, y aunque a su padre le extrañó, no dijo nada. Sabía que algo estaba ocurriendo en la casa, aquella casa a la que se había mudado cuando murió su mujer y el padre de ella enfermó. No quería venderla, no quería porque fue allí donde la conoció, en aquel pueblo apartado de la mano de Dios. No quería porque a pesar de que los recuerdos doliesen eran suyos, suyos y de aquella criatura que lo acompañaba en el asiento del copiloto, cada vez más alta y a cuya madre había tenido que prometer que cuidaría y protegería hasta el final de sus días.

Atrás, más allá de la vista del retrovisor, cuando doblaron la esquina que los hacía desaparecer entre los árboles, una figura negra, curvada sobre sí misma, los despedía con la mano desde una de las ventanas de la casa. Por supuesto, ya no podían verla.

Capítulo 2. Los Moradores de la Noche.

Un libro se abre en alguna parte de la casa, con un suspiro largo que se deja escuchar, como un siseo mortecino que forma un eco que se extiende a través de las paredes. Un libro se abre sobre la mesa del sótano y las páginas comienzan a pasarse, solas, se pasan hasta que de pronto, en mitad del libro, se detiene el juego. Unos susurros entonces sustituyen al sonido del paso de las hojas sobre el papel, unos susurros que van aumentando en intensidad hasta que el libro sale despedido hacia la pared y cae al suelo, boca abajo.

– Despierta cielo, es hora de irse… -le dice su mujer a los oídos, con un susurro suave, cariñoso-.

– ¿A dónde hay que ir? -dice él frotándose los ojos y dándose la vuelta, para encontrarse solo en la inmensa cama-.

Otra vez, piensa para sí. Otra vez, y ya van… No lo recuerda, no recuerda cuantas veces le ha ocurrido lo mismo pero siente que algo en su interior no funciona como debería, que quizá se esté volviendo loco, que quizá el amor, cuando termina como terminó el suyo, se convierta en algo oscuro, algo venenoso que se transforma en una presencia fantasmal que lo acompañará cada día. Pero aún así, en el fondo, desearía despertarse cada día del resto de su vida con aquella voz susurrándole al oído. Aunque eran las dos de la mañana y para que el sol saliese quedaba todavía mucho.

La luz del pasillo parpadea, una, dos…, tres veces. Una, dos…, tres veces. Y así continúa mientras se levanta, se pone las zapatillas, la bata, y sale de la habitación. Debió quedar encendida durante la noche y el fluorescente se habrá estropeado, piensa, y acto seguido apaga el interruptor.

Baja a la cocina en penumbra, abre el grifo y bebe un sorbo de agua. Deja el vaso sobre el fregadero y sale al exterior, el aire cálido de una noche de primavera lo saluda con una caricia, una suave corriente que de no ser por la nube que se alojaba en su interior, tan espesa como una mañana de niebla en aquel valle, sería capaz de llevarse cualquier mal con ella. Saca un cigarrillo y con uno, dos, tres intentos lo prende. Dando calmadas caladas a su amigo de ceniza observa el interior de la casa, dando unos pasos sobre la hierba y teniendo una perspectiva más clara de la misma. Con la mirada extraviada en alguna zona borrosa de la memoria, de pronto cae en el cuenta de que la luz del sótano está encendida.

Su libro está en el suelo del sótano, tirado boca abajo. La luz tintinea sobre su cabeza mientras una polilla blanca se da cabezazos contra ella como si quisiera introducirse a través del cristal y morir electrocutada. Su libro está sobre el suelo y lo coge, recordando al detalle el día en el que lo publicó, como si aquel suceso incomprensible quisiese devolverlo a un tiempo pasado, a un tiempo que parecía ya de otra vida… La página en la que se había quedado el libro, ese pequeño libro de relatos ya casi olvidado, estaba presidida de un título en negrita en el que podía leerse lo siguiente: “Los moradores de la noche”. Relato que hablaba sobre unos pequeños hombrecillos que se dedicaban a cambiar las cosas de sitio cuando uno dormía y que estaban atados a las almas de las personas que se habían ido, que habían muerto dentro de cada casa.

La luz se apaga de pronto y algo le roza el brazo. Hora de salir de aquí, piensa, pero su cuerpo no responde. Paralizado, estático frente a las escaleras, siente como algo recorre su espalda, algo que hace erizar los pelos de su nuca. Al fin, tras unos segundos que parecieron horas, consigue zafarse del embrujo y sube las escaleras, resoplando, sudoroso…

– Maldita polilla. -se le había metido aquel bicho entre la ropa y mientras subía consiguió cogerla. Abrió la ventana y dejó que se marchase- Como te vuelva a ver por aquí te haré un consejo de guerra. -dice sonriendo, a pesar de todo-.

Una, dos, tres veces…, No puede ser, piensa mientras asciende las escaleras. La luz del pasillo encendida y algo en su corazón comienza a funcionar de forma irracional. Un martilleo en las sienes que, unido a su susto anterior, parece querer decirle que ya basta por hoy, que ya basta de tanto sobresalto. Se acerca al fluorescente, con los ojos vidriosos y la luz rodeando sus pupilas como si estas fueran un agujero negro que haría perderse a cualquier fotón despistado. Pero esto no lo veía él, desde luego, él sólo quería pensar que su hija se había despertado y había encendido la luz de nuevo.

Valentina dormía, dormía aunque con ella aquello podía romperse a la mínima que escuchase cualquier ruido extraño, y más desde que su abuelo había muerto. Y aunque él siguiese allí para cuidarla, le aterraba pensar que dos de sus pilares hubiesen desaparecido para siempre y ella se sintiese huérfana, triste, perdida en un océano de dudas. Y aunque él siguiese allí, porque desde luego seguiría allí para siempre, por ella, sentía que quizá jamás podría llenar ese vacío insondable.

La luz parpadea, parpadea y algo en su interior pide que se marche cuanto antes, que se esconda con Valentina en su habitación y no abra la puerta hasta la mañana siguiente. La luz parpadea y cuando vuelve a apagar el interruptor, una figura, una figura se deja ver más allá, con las manos sobre el marco de la puerta de su habitación, sonriendo, sonriendo con una risa ahogada entre la garganta y alguna parte inconcreta del paladar, o no, no sabría describir ese sonido, ese sonido que le vuelve a congelar el cuerpo, que le vuelve a dejar como ante la polilla aventurera, pero peor, peor porque esta vez aquello había mostrado su cara.

Aquel ser comienza a caminar hacia él, con sus pupilas gigantes enmarcadas en unos ojos que recuerdan a botones negros, botones que en lugar de salir hacia fuera de la cara se introdujesen en un semblante neutral, casi como si aquel ser estuviese hecho de porcelana, de un material difícilmente descriptible en un ser vivo. Y desde luego no lo parece, al contrario, recuerda a alguien cuya muerte hubiese mutado, transformado en algo más similar a un recuerdo que a algo real.

Se acerca y no puede moverse hasta que se para a pocos centímetros de él. Le agarra la mano y un frío terrible atraviesa su piel, como si la carne misma de aquello estuviese formada por nieve recién caída del cielo. Le agarra la mano y con una risa carente de alma, deja caer sobre su palma una llave de plata.

Sentimos habérnosla llevado…, él nos mandó devolvértela -dice con mil voces resonando en su interior, dejando correr cada letra sobre la circundante en un tono que va entre el susurro y el grito desgarrado. Dice mientras señala a la ventana y puede verse a un cárabo de ojos negros, silencioso como una nube de sueños, observando la escena desde el exterior. Dice y desaparece, junto al ave nocturna-.

Se queda largo rato mirando el pasillo, desierto. Se queda largo rato intentando buscar una explicación lógica a lo vivido pero no la encuentra, no la encuentra salvo que todo haya sido fruto de un sueño o se esté volviendo loco. Pero sin embargo está seguro de que todo ha sucedido realmente, la llave sigue allí y su mano está cubierta de escarcha.

Capítulo 3. El final del camino.

El cárabo vuela sobre las encinas y se posa sobre la cruz del camposanto. El viaje, el último viaje, ha terminado. Cansado, agotado y perdido en sus propios pensamientos entrecruzándose como estrellas inmaculadas que dejan estelas circulares en su memoria, comienza a dar pasos tambaleantes sobre la hierba. Si hubiese tenido boca, estaría sonriendo, si hubiese tenido lágrimas bajo la piel, hubiese llorado y desde luego si hubiese podido gritar a su nieta que no la olvidaría jamás, lo hubiese hecho. Pero en aquel juego que le encomendaron los dioses esquivos no había cabida para una última despedida.

Caminó a través de la hierba hasta que sobre una de las lápidas, sin duda la de su hija, cayó rendido, con las plumas lisas y la mirada puesta en la fotografía. Con el pico formando un amago de sonrisa y el corazón dejando sus latidos llover sobre la noche que terminaba.

– Papá, el abuelo se ha ido, esta noche ya no lo he escuchado -dice Valentina que estaba más seria que nunca-.

– Nunca se irá cielo, siempre nos estará vigilando. Y más a mí, nunca me perdonará por ser el hombre más feo que tuvo tu madre jamás.

La niña se ríe, su seriedad se esfuma. Se esfuma y vemos cómo nuestra mirada, que ahora se había quedado prendada en esta historia y sus sucesos, comienza a alejarse de ellos. A alejarse poco a poco mientras vemos una llave sobre una caja, y en esa caja mil fotografías se guardan, aunque no las miremos bien, aunque su forma sea difusa. Nos alejamos mientras seguimos mirando a la niña y su padre, hasta que al atravesar la ventana y ascender sobre la casa, sobre el valle y su camposanto, dejamos de verlos. Y a pesar de haber ascendido ya sobre las nubes, sobre el horizonte último de los recuerdos inmortales, seguimos sintiéndolos dentro, como si todavía fuesen demasiado importantes como para borrarlos de la memoria.

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