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La Guardiana del Tiempo

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Un pájaro se divertía entre las rocas, dando saltos, piruetas acompasadas, atrapando mosquitos. Que como estrellas fugaces, volaban a pocos centímetros del agua, donde una vez nacieron, y donde probablemente acabarían muriendo.
Los peces, bajo ellos, hacían lo propio. Observaban, dando rápidos bocados en la superficie, con suerte alguna mosca, de esas que parecen haberse quedado con la cena de todas las demás, acabaría dentro de sus estómagos y el día habría merecido la pena.
A su vez, una pequeña culebra se había dejado atraer por la suculenta presencia de sus primos escamosos, extendiendo su cuerpo desde el fondo y dejando la cabeza suspendida entre corrientes, como si se tratase de un arpón, aguardaba paciente apuntando hacia la superficie, donde su delicioso desayuno se entretenía con otros menesteres no muy diferentes al suyo.

Por su parte, ella, guardiana de recuerdos, observaba aquello, distante e ensimismada. Como solamente un ángel podría hacerlo, aguardando a que la noche le diese cobijo, y de paso, una oportunidad para dar caza a las sombras que la habían arrastrado hasta allí.

El río se había convertido en una suerte de infierno para sus piernas y su mente. En más de una ocasión había resbalado sobre las rocas, y los arañazos y magulladuras daban buena cuenta de su piel oscura.
Una fortaleza se extendía ante ella cuando logró vislumbrar a las figuras que habían prendido fuego a su casa, a su hogar. Y todo el odio y la desesperación que había acumulado en su travesía se convertían ahora en calma, en un sosiego impropio.

Se los estaban llevando a cuestas, dándoles golpes, insultándolos mientras desaparecían de su vista, tras el inmenso portón que se elevaba a pocos metros del río.
Suerte que la noche, como siempre, sería la mejor aliada que podría haber pedido.

La luna llena bañaba todo cuanto podía percibir, el resto flotaba en las sombras, al acecho.
Los vigilantes reían en sus atalayas, ajenos a la muerte, que se encontraba apeada sobre una vieja secuoya, sobre sus cabezas, con los ojos ennegrecidos por el carbón y los pies descalzos.

Cuando saltó sobre ellos con las cuchillas en las manos, no pensó en nada, simplemente telegrafió la escena unos segundos antes, congelándose en el aire, cortando el viento en dos mitades. Ambos cayeron a su lado; uno ni siquiera se dio cuenta, el otro se retorcía en el suelo, agonizando brevemente. La habían subestimado de nuevo, no era la primera vez que unos forasteros los atacaban, pero jamás de aquella forma. Siempre sonriendo, con la soberbia propia del que cree tener el poder.
Es cierto que pocos minutos antes, el que parecía ser el jefe, había advertido a los guardias, pero estos prefirieron hacer oídos sordos.

Bajó las escaleras de madera y se internó entre las casetas, sumidas en el silencio y la penumbra. En el centro de aquella imagen crepuscular una hoguera reflejaba los barrotes de unos barracones improvisados, donde probablemente estuviera su familia.
Al acercarse los vio, el niño ya se percató de su presencia incluso antes de que ella misma lo hubiese visto. Sus ojos, reflejando las llamas, le daban un aspecto todavía más amenazador que las pinturas que había usado para camuflarse en el bosque.

– ¿Estáis todos bien? -las no menos de quince personas que se encontraban hacinadas en aquel lugar, sonrieron al verla-, ¿algún herido? -dijo ella entre susurros, intentando calmarlos con los brazos y haciendo un ademán para que no alzasen la voz-.

Todos miraron al anciano que se retorcía en el fondo, gimiendo de dolor sobre la tierra mojada. Su padre, no necesitó palabra alguna, sabía que era él.
En ese mismo momento, el niño señaló a sus espaldas y apenas tuvo tiempo para reaccionar…

Se agachó sobre el suelo, una milésima de segundo antes de que el filo de un cuchillo quebrase sus intestinos. Lanzó la pierna hacia atrás e hizo resbalar a su atacante, que calló de espaldas. Se tumbó sobre él y le arrebató el cuchillo, no sin antes cortarse la palma de la mano. Pero no notó el dolor, no todavía.
El cuello del hombre se abrió en dos, derramando sangre como un torrente desbocado que parecía no tener fin. Lo había matado, lo había matado y ya no sabía si quedaría infierno suficiente para acoger a su alma después de tanto sufrimiento.
Sorprendida por las lágrimas, sobre el cuerpo que se retorcía, se quedó largo rato absorta, esperando a que aquella pesadilla terminase de una vez por todas.

Consiguió sacarlos a todos, y se los llevó hasta la otra orilla del río. Una vez allí les pidió que cuidasen de su padre y de su hijo, pues su destino todavía no le permitiría abandonar aquel lugar. Sabía que los cabos sueltos son un peligro en las manos equivocadas.
A sus espaldas, escuchó al niño gritar su nombre, y el eco devolvió sus palabras. Como si el viento, lleno de espíritus vengativos, no hubiesen querido enviarle respuesta.

El fuego inundó la fortaleza y sus manos cubiertas de sangre brillaron como nunca al calor de las llamas. En el costado, una herida de bala la devolvería para siempre hasta esa noche, hasta ese mismo lugar. Pero había conseguido salir de allí con vida, que ya era más de lo que había supuesto durante la mañana del día anterior.
Se quedó mirando el fuego, desde la espesura, aguardando por si había quedado alguien con vida, por si fuese necesario continuar con una venganza que ya creía desproporcionada. Pero sabía que de no hacerlo así, aquellos hombres no habrían dudado en despedazarlos en cuanto se diesen la vuelta.

El río seguía su curso, obviando los hechos ocurridos días atrás. Las garzas se arremolinaban entre los carrizos y las cañas, atrapando pececillos y pequeños crustáceos. Y ella observaba, recordando a sus amigos muertos, a su padre y a todo lo que había tenido que hacer para proteger a los suyos, a los pocos que quedaban junto a ella.
El niño jugaba con su prima en los márgenes del río. Y como digo, ella observaba, como solamente un ángel podría hacerlo, y yo daba gracias de tenerla todavía conmigo.

Capítulo 3, La Guardiana del Tiempo. Editorial Cielo de Octubre. 1934.

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