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La Gran Roca

(“La máquina jamás podrá viajar a momentos anteriores a su creación”, o eso creían los primeros ingenieros. Ahora sabemos que este supuesto no es del todo cierto, los últimos diseños han demostrado que la máquina puede utilizar una estructura inmutable que consiga retrotraernos mucho más allá…)

Meneó la cabeza, debía apartarse aquellos pensamientos de la cabeza si no quería acabar abrasado. Su abuela nunca llegó a ser testigo del caos que llegaría después de su muerte, pero sabía que ocurriría, a ella nunca se le escapaba nada.

– ¡Batería a punto de agotarse! –la motocicleta se quejaba, llevaba ya varios kilómetros haciéndolo.

– Te escuché la primera vez, ya estamos en consumo mínimo, no puedo hacer más… -de nuevo estaba discutiendo con aquella máquina, ya no sabía quién estaría más loco.

– En ese caso, tenemos un problema –dijo la motocicleta bajando el volumen de su altavoz.

– Llegaremos, no te preocupes…

En aquel momento apareció ante sus ojos la gran cúpula blanca, el último refugio de los pocos humanos que aún quedaban en la Tierra. Entonces recordó los antiguos libros que aún sobrevivían en la biblioteca, llenos de imágenes antiguas de un mundo que ya no existía.

La enorme puerta se abrió lentamente y él aceleró para entrar, no quería seguir en el exterior ni un minuto más…

– ¡Loco!, ¡Frena! –gritó Laura cuando entró.

La motocicleta crujió y resbaló sobre el pavimento, emitiendo un sonido ensordecedor. Él sonrió, sabía que aquello enfadaría a Laura y a él le encantaba discutir. Derrapó y frenó justo antes de estrellarse contra el muro metálico.

– Tranquila, nosotros sabemos lo que hacemos –dijo él quitándose el respirador y dándole un pequeño golpe en la tapicería a su vieja motocicleta.

– ¡Suerte que ya queda poco tiempo o algún día destrozarías la cúpula entera!

– Gracias por confiar en mí señor –dijo la motocicleta a sus espaldas.

– Ya te dije que no me llamases “señor”, llámame Samuel o nos llevaremos mal… Ya no sé cuántas veces le cambié la configuración, pero a ese viejo cacharro le da igual –le dijo a Laura mientras atravesaban la puerta de entrada.

– Quizá sea por eso, quizá sea demasiado viejo como para cambiar –dijo ella dándole un golpe en la espalda.

Ya solo quedaban once personas dentro de la cúpula, el resto habían viajado días antes, cansados de ver a aquel planeta sucumbir por el daño ocasionado. Era curioso y horrible pensar que no habría un futuro en aquel tiempo, pero después de tantos años intentando buscar una solución, provocando cambios en distintas épocas remotas… Se dieron cuenta de que la salida no estaba en el futuro, sino en el pasado.

Samuel ya había viajado anteriormente, pues quería respirar el aire puro de otros tiempos… Es probable que eso fuese lo que más le gustaba del pasado, el no tener que usar ningún aparato tecnológico para respirar.

Las reglas eran simples, pasar desapercibido y provocar los menores cambios posibles si no querían desaparecer, evaporarse en el aire como si fuesen una silueta de vapor. O eso es en teoría lo que les habían contado, aunque a efectos prácticos parecía una historia de terror para niños.

Muchos ya habían decidido cuál sería su destino y se fueron encaminando hacia las múltiples máquinas que se alineaban en la Sala de Tránsito.

– Yo no me voy–dijo Samuel mirando a Laura-.

– ¿Cómo?

– Lo que escuchas, creo que más allá de las montañas todavía quedan árboles intactos…

– ¡Pero eso es imposible! Ninguno de los “rastreadores” han encontrado nada…Y aunque fuese cierto… Tarde o temprano eso terminará muriendo, nuestro mundo es el final del viaje.

– Creo que la propia necesidad de encontrar una solución nos ha llevado a no encontrarla. ¿Qué hay de todos aquellos que viven fuera de la Tierra? Seguro que algún día vuelven aquí.

– Nos han dejado tirados y lo sabes Samuel, la única solución posible para nosotros es utilizar el pasado para sobrevivir, y no creo que eso sea tan malo.

– Supongo que tienes razón… Pero quiero saber qué se esconde tras esas montañas, hoy en la pantalla de la “moto” apareció una franja verde cuando estaba a unos cien kilómetros de aquí. Y como os dije la semana pasada juraría haber visto nubes de agua en la misma zona… Recargaré ese “cacharro” y mañana saldré hacia allí.

– Si vas yo te acompaño, las máquinas no escaparán de donde están.

– No tienes porqué ser partícipe de mis locuras Laura…

– Bueno, yo también tengo curiosidad por ver esa “locura”.

La cúpula se vació por completo, a excepción de ellos dos. Todos los demás se habían marchado aunque ninguno de ellos se había despedido, desde que existían las máquinas temporales el “adiós” ya no significaba lo mismo.

Ambos se subieron a la motocicleta y la puerta se abrió, dejando que el polvo los saludase de manera efusiva.

– ¿Hoy tenemos invitados señor?

– Que no me llames… Bueno da igual, sí, tenemos una invitada. Intenta ser cortés. –dijo Samuel a su amigo metálico.

– Si es así, bienvenida señorita –dijo la motocicleta mientras ponía la canción “What A Wonderful World de Louis Armstrong a todo volumen.

Quedaba poco para llegar cuando observaron a lo lejos la llegada de una tormenta de arena, la motocicleta aceleró para sortear los últimos kilómetros rápidamente, pues Samuel intuía que al otro lado de las montañas aquella tormenta no importaría.

– ¿No crees que deberíamos volver? –dijo alzando la voz Laura para que se le escuchase por encima del ruido del viento-.

– Si volvemos acabaremos debajo de unos cuantos metros de arena, solo podemos seguir.

La ascensión supuso un contratiempo, pues los ganchos de las ruedas de la motocicleta estaban desgastados y estuvieron a punto de caer más de una vez de vuelta al desierto. Samuel apretó con fuerza los dientes y la motocicleta ascendió los últimos metros que les separaban del otro lado justo cuando la tormenta ya se cernía sobre ellos.

Ambos bajaron de la “moto” y se frotaron los ojos, que escocían a causa de la arena. Descendieron durante un buen rato sin ver absolutamente nada, aunque por suerte el radar de la motocicleta, que llevaba Samuel a rastras, seguía intacto.

Poco a poco el viento aminoró y lo que les rodeaba se fue haciendo cada vez más claro. Árboles enormes se alzaban sobre sus cabezas y la hierba les rozaba las rodillas… Aquello parecía sacado de algún tiempo remoto, como los saltos temporales que había hecho Samuel años atrás, buscando una cura para algo que parecía no tener solución.

– No es posible… -pudo decir Laura al fin-.


– Sí que lo es… Lo tienes delante, esto nunca ha sido el final del camino. Pero por suerte estábamos ciegos, por suerte dejamos de buscar y ahora, después de tanto tiempo… Existe un futuro al que llegar.

“Los hombres olvidaron la naturaleza, el cielo y todo lo que les rodeaba. Los hombres olvidaron caminar, perdieron sus pasos y desaparecieron sus huellas. Ellos olvidaron y la naturaleza pudo respirar de nuevo, bajo la mirada atenta de una estrella cada vez más grande.”








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