
Una cruz, una cruz de espinas
y una luz que se adentra
en un bosque casi seco
de un jardinero oculto
tras espirales de humo.
Entrecierro los ojos y dejo que las pupilas se nublen
en un poema que muere casi al inicio de componerse
descomponiendo al paso las encinas
que todavía susurran
un nombre y una
cicatriz de terciopelo en la nuca.
Esperaba el último adiós el jardinero
con una antorcha y una pluma
en un patio de colegio
cediendo su mal al siguiente
del siguiente niño
que se perdía en sus entrañas.
Y las campanas al vuelo trajeron un tren,
una hoguera, cuatro días de asma,
la fiebre de una bengala
y aquellas palabras que disfrazaron otras
mordiendo a las que llegaban.
Un coche que salta un puente,
un beso que corta en dos todas las voces
formando la historia que quería
aquel pequeño pájaro
que dormía tan plácido
en una esquina de mi cama.
Era de noche, hacía frío
y todavía recuerdo pensar
que la calma llegaría
más allá, mucho más
en la última mañana.
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