Nunca nadie querrá querer
al que viaja solo,
al muñeco de trapo
que porta fuego y alcohol
sobre lagos oscuros
en noches de agosto.

Nunca nadie un mechero
que encienda el cigarro
de una boca de mendigo
con estrías de cortes
de noches y días
contando pasos en el desierto.

Nunca nadie verá al que se esconde
tras los alambrados de otros ojos,
al que vive del revés,
ama sin decirlo y corre
hacia el vacío con los brazos
extendidos para contener
una sangría de silencios.

Nunca nadie arbusto y sombra,
nunca nadie besos sin pago,
nunca nadie salvo alguien
al que los fantasmas no devoren
en un lejano mundo que vivir
al margen de esta historia.

Nunca nadie un verso,
una foto por la espalda
o un festival de verano
que termine en autopista
o autopsia de recuerdos
a corta distancia.

Nunca…, sonríe el fantasma
de la película imaginaria
mientras todos se agarran
a contados juncos que se mecen
en el valle baldío del tálamo.

Y la cámara se aleja,
sube y no deja de hacerlo
hasta rebasar las nubes
reutilizadas, ambarinas
de decorado de sueño.


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