La Playa de los Cuervos

Te recuerdo de perfil, como si mis ojos fuesen una cámara que te enfocase de lado, desde un segundo o tercer plano que no soy capaz de definir.
Y siempre que puedo describo tu sonrisa, no es que el resto careciese de importancia, pero lo que dibujaban tus labios parecía sacado de un libro, una película, un cuento que nunca llegas a creerte hasta que lo ves en persona.
Te recuerdo como recuerdan los que se pierden en algún punto de los sueños, borrosa a veces, increíblemente nítida otras. Como cuando buceas rozando la oscuridad que se cierne desde las profundidades y te das la vuelta. Pudiendo observar así los rayos de sol agujereando las partículas del agua, rozando con su brillo hipnótico la piel, acompañando el baile cristalino de las olas…

Pero bajo el agua todo es pasajero, una ilusión temporal. Los pulmones piden a gritos respirar y la vida pasa de la calma a la agonía, hasta que sales a la superficie, respiras y el ruido y el frío se alían para que pierdas la noción del tiempo.
Pero no importa, por muchas veces que lo hagas volverás a sumergirte, a darte la vuelta, a admirar la belleza simple y compleja de esa luz escurridiza que se dobla, que canta sordamente mientras tu cuerpo permanece suspendido entre infinitas capas de agua. Y aquella cámara sigue grabando, en segundo o tercer plano, alejándose inexorablemente hacia el olvido. 

Supongo que es aquí donde comienza esta historia, dentro de ese recuerdo, de las gotas de agua rodeándome. Supongo que fue entonces cuando decidí formar parte de aquel extraño proyecto sobre los “Cristales de Tiempo”. Que jamás llegué a creer hasta que sobre aquella multitud de puntos de luz te vi, sin tiempo para asimilarlo. Y entonces, simplemente, dejé de existir.

 
El café es demasiado amargo. La máquina sigue sin tener bien ajustados los parámetros o eso cree mientras la mira de reojo, realmente cansado. 

La encimera proyecta imágenes de guerra y en los altavoces se escucha la voz de la presentadora de noticias hablando de cosas que nadie suele escuchar realmente.

– Ya sabíamos que esto iba a pasar y nadie hizo nada -se encoje de hombros y se levanta. Guiña un ojo y acto seguido las imágenes desaparecen y el sonido cesa .- A veces la tecnología no es tan mala cosa…

Bajo tierra, hacía tiempo que todas las cosas importantes se decidían bajo tierra. Por miedo, por la certeza de que algo ocurriría tarde o temprano que diese la vuelta al orden establecido.
Y dentro de aquel tedioso vaivén de conspiraciones se encontraba él, una pieza más en un puzzle que se deshacía con cada error, con cada paso en falso.
A pesar de todo, de las guerras por el agua, de los atentados y las catástrofes naturales cada vez más recurrentes, aquel día el aire parecía contener la receta mágica de aquellos amaneceres olvidados en los que había manos que podían cambiar la realidad con un simple roce.
Y mientras el ascensor descendía hacia el vacío, tuvo la sensación indescriptible de que todo; el futuro, el pasado y el presente confluían en ese punto, como la sangre que fluye entre vasos sanguíneos hacia el corazón.

– ¡Enciéndete! -ordenó en voz alta sentado sobre la silla de mando, a oscuras-.

Una tenue luz verde se encendió entonces sobre sus ojos, parpadeante, como una lejana estrella. A esta la acompañaron cientos, miles. En cuestión de segundos millones de luces verdes rodearon la esférica estancia y sus ojos brillaron, sin saberlo, de una forma inexplicable.

– Sistema Solar, Marte, hace 4300 millones de años.-dijo en voz alta mientras se removía sobre la silla impacientemente-.

Las luces cambiaron entonces a negro y un planeta de aspecto similar a la Tierra apareció ante él, suspendido en la inmensidad del oscuro universo…

Cada punto de luz procesa una determinada parte del código temporal del universo, código almacenado en el corazón de los cristales de tiempo que nos rodean y atraviesan, de los que formamos parte. En los que vivimos y morimos, en los que nos congelamos para siempre.

Sonrió, todas las conferencias en las que teorizó acerca de la máquina se hacían realidad, de forma visible, palpable. Todo el sufrimiento se dio la vuelta ante él, sobre un Marte todavía joven, sobre su enorme océano.

Pero aquello no era suficiente, nunca lo fue. Las ideas se mueven por deseos, por fuerzas a veces inexplicables que llevan a crear mundos bajo mundos, a cambiar la realidad, aunque sea de manera ínfima. Y él, lógicamente, no era diferente de ninguno de ellos. Por esa razón había cambiado las contraseñas de entrada, pirateado los sistemas de alarma y se había sentado de nuevo al mando de su máquina, de su creación.

Por ello tampoco quiso escuchar los gritos que provenían de más allá de las puertas blindadas, advirtiéndole de que la muerte le aguardaría cuando se abriesen de nuevo. Porque sabía que jamás saldría de allí.

– …,podríamos ver, viajar suena casi utópico. Pero el mero echo de poder definir visualmente nuestro universo sería un punto de inflexión increíble para nuestro conocimiento. -dijo él fijando la mirada en algún punto del cielo-.

– Entiendo…, digamos que sería como las máquinas de recuerdo mental, tan de moda ahora, pero con todo el universo -mientras hablaba ella movía las manos, como si quisiese dibujar las palabras con trazos finísimos sobre el aire-.

– Sí, más o menos. Con la diferencia de que en todas esas máquinas hay errores provocados por la propia forma de recordar del ser humano. Obviamente los cristales de tiempo no tienen ese problema, plasman las cosas tal y como son, tal y como fueron, tal y como serán…

No se habían dado cuenta pero el sol comenzaba a bañar de nuevo la costa, acariciando con ternura pasajera todo aquello que les rodeaba. Increíblemente sus cuerpos desnudos no fueron conscientes del frío, dentro de aquel agua cristalina que emitía destellos únicos sobre la piel.

 – Es extraño -dijo ella cuando salían del agua para marcharse-. Juraría que algo nos observa, pero supongo que es una chorrada.

– Puedo verte… Puedo verte… -lloraba, temblaba…, la había recordado durante todo ese tiempo. Pero ahora que sus manos se posaban sobre la pantalla de la enorme máquina, los recuerdos se convirtieron en algo todavía más doloroso. No podía suceder de nuevo.

– No te preocupes, si que hay “cosas” que nos observan. Todos esos cuervos no paran de mirarte…

Ella le pegó una colleja y se fue caminando hacia el coche interpretando un enfado intencionadamente teatral.
Pero él se quedó mirando a los cuervos, que de una forma extraña seguían clavando sus ojos sobre ella. Sus cuerpos se mantenían rígidos, petrificados sobre las rocas, como si no fuesen más que estatuas…

– ¿Vienes o que? ¡Si quieres te dejo aquí para que disfrutes de la lluvia!

“El vuelo del cuervo te hizo despertar, 
despertares que tardan cien años, 
las alas negras cortaron el aire, 
mostrando imágenes pasadas de antiguos presentes. 
Manos que se unían, 
cielos claros sin nubes en los costados,
bocetos de futuros dibujados en el suelo…” -dijo entre susurros, para sí. Y entonces, por una fracción de segundo. Pudo verse a sí mismo tras los cuervos, como una especie de sombra hipnótica que desapareció en el aire con la llegada del primer trueno.

Las imágenes cesaron, de pronto. Sus ojos permanecieron abiertos durante mucho tiempo, estáticos en cierto punto del horizonte creado por la máquina, por las estrellas que se congelaron dentro de ella.

Hundido sobre la silla su mente se convirtió en una niebla espesa, los recuerdos se hicieron extrañamente borrosos y el tiempo, como la máquina, comenzó a deshacerse. Un ruido sordo, un estruendo, una luz cegadora y una sonrisa, congelada para siempre en el corazón de un tiempo que se convirtió en ficticio. En posibilidad hipotética bajo una playa lluviosa llena de cuervos y risas, llena de sueños sobre máquinas imposibles, y sombras del futuro asesinadas dentro de un coche normal y corriente, como todos los que un día fueron testigos de las más simples e increíbles historias.

 
 
 
 
 
 
 

“A ti, la sombra, la luz. Mi eterna inspiración, mi sueño, mi imposible”
 
 
 
 
 

 

Ya se van

Ya se van,
marchando solemnemente.
Como si alguna vez
hubiesen comprendido 
su destino, su propósito.

Ya se van,
aquellas mariposas idiotas
que mordisqueaban las entrañas,
que ciegamente volaban 
entre las costillas.

Su aleteo deshace las moléculas,
del aire suspendidas,
deshace el vértigo al olvido
en miradas sombrías.
Su aleteo congela el tiempo
y en el intento caen rendidas,
en una espiral infinita.

Entonces las ves
al abrigo de las nubes,
formando negros y blancos,
efímeros reflejos.
Las ves sonriendo
con labios mojados,
con aire en los pulmones;
caminando, corriendo, volando.

Se van, 
cubriendo de oscuridad las heridas,
de olvido las pupilas,
de vacíos el corazón.









Criaturas pendulares

Se abre paso el silencio
entre criaturas pendulares.
Se abre paso lo desconocido
sobre ojos fantasmales.
Meciéndose en el vacío,
expectantes.


Las estrellas se arrastran ahora,
olvidando el cielo negro,
perdidas en la oscuridad cristalina.
Se arrastran ahora, sobre mí,
entre las hendiduras del tiempo,
antaño brillantes.


Puedo ver luz 
rayando la negrura,
puedo ver, sentir la respiración muda
del océano, de la luna, 
de los versos que alimentan la roca, 
el sueño.


Y es aquí donde me veo
o más bien me siento,
o en realidad despierto
rodeado de vida el corazón muerto.
Cangrejos como luces estelares en los huesos, 
peces escondiéndose en el pecho,
entre las costuras del recuerdo.


Se abre paso el silencio
entre ojos de luces ancestrales.
Se abre paso mientras fluyes
entre cien tiburones fantasmales.
Flashes bajo las hendiduras del tiempo,
rayos en la noche,
criaturas pendulares.




El último ciudadano de Venus

Cuando tus ojos son los últimos en observar el mundo, en crear océanos salados en los párpados, en ver la luz impasible de la cúpula celestial…, cuando eres el último de tu especie algo por dentro te llama, te guía hacia la muerte con una fuerza estremecedora.

Camino empujado por un recuerdo, el mío, el nuestro, el de todos los estúpidos que no entendieron o no quisieron entender que la respiración de nuestro mundo estaba cambiando, que el sueño se acababa. Camino a través de un desierto de casas de ojos oscuros, a través de desquiciantes ilusiones sobre la tierra seca, tierra repleta de venas negras…



– Maldita escotilla…, consigo arreglar todo el fuselaje y esta basura se queda atascada… Sí, hablo en alto porque sino acabaré volviéndome loco, si es que no lo estoy ya…

– Señor, no se alarme, le traigo las piezas que me pidió -el droide volador dejó caer un amasijo de objetos metálicos sobre el suelo sin demasiado cuidado-.

– ¿No crees que podrías avisar antes de armar escándalo?, casi me da algo.

– Usted me pide algo y yo se lo traigo -en su pantalla frontal se podía ver una cara pixelada sonriendo que se movía de arriba abajo.

– No cabe duda que diseñarte con sentido del humor no fue buena idea. -dijo mientras seguía intentando abrir la escotilla sin demasiado éxito-.

– Nadie es perfecto señor…

Finalmente la escotilla cedió y otro droide salió al exterior. Esta vez se trataba de un modelo antiguo, anterior a la revolución biomecánica. Un pequeño escarabajo con ruedas cuya superficie estaba llena de pintadas, tatuajes de guerra probablemente creados por su anterior dueño.

-“Bladubrur” susto, “blajidris” no salir casi. Ataque corazón “glubr”, gracias. Actualización en proceso…

– Nunca lograré entender a este viejo, señor.

– En eso estamos de acuerdo… -dijo sonriendo ampliamente. Sin aquellos dos habría perdido la fé con anterioridad.



No había señales del exterior, ni siquiera un triste epílogo que le hiciera perder la esperanza…, si es que quedaba algo de ella en el interior de su mente.
La realidad es que las naves marcharon, sin promesa de regreso. Y aquello había sucedido antes incluso de su nacimiento, era un rumor tácito en las gargantas sombrías de los pocos que pululaban en aquel planeta moribundo. Pero el rumor se quedó sin gargantas, se quedó sin voces de las que respirar, y para entonces solo era un sueño repetitivo, que le visitaba cada noche.

Aquella noche era de esas, de esas en las que su cuerpo se encontraba al límite. No había comido durante dos días enteros y el potabilizador de agua solo le había podido otorgar un par de gotas lastimeras que desaparecieron sobre su lengua en un abrir y cerrar de ojos. Si no llovía o encontraba comida pronto, moriría antes de haber probado siquiera su última máquina.

Algo en la oscuridad, una canción que parecía navegar entre las dunas de arena lo devolvió a la vida. Se frotó los ojos, mirando de reojo a los dos droides que descansaban sobre el suelo…, también para ellos corrían tiempos difíciles.
Al abrir la escotilla el sonido del viento llegó hasta sus oídos, silbando con suavidad. E imaginó a todos los que había perdido hablando juntos bajo aquel sonido, como si el viento se hubiese convertido en la memoria del mundo.
Pero entonces se percató de que no era esa la única sintonía que susurraba a través de la arena.

Corrió en dirección a la nada, siguiendo la estela del sonido primero, y de la luz después. Como cuando era niño y perseguía a aquellos pequeños anfibios fluorescentes, a través de las interminables cuevas que se adentraban como gargantas hacia el interior del mundo. Entonces no entendía que su hogar era un simple residuo de algo mucho más rico en el pasado.

La luz flotaba en el vacío y él seguía corriendo, sintiendo en su interior el eco de aquella canción rebotando en sus entrañas. Juraría haberla escuchado con anterioridad, pero no sabría enmarcar el contexto o la situación concreta en su memoria.
Entonces pudo ver una silueta, rodeada de oscuridad pero brillando sin miedo en el vacío. Pudo verla y ella lo miró a su vez, entre las danzantes luces de un fuego que se extinguía, exhausto, en ambos corazones.



– ¿Estas seguro de que funcionará? -dijo ella a su lado, con un casco enorme en la cabeza y un traje espacial desgastado.

– Nunca he estado seguro de nada. Pero creo que ambos queremos algo más que desiertos y polvo.

Ella afirmó con la cabeza, y a continuación puso sus ojos negros fijos en el cielo.

– Para morir de hambre aquí, mejor hacerlo con el recuerdo de nuestro hogar entre las estrellas.

– Espero que no haga falta morir -dijo él mientras ascendían verticalmente hacia el espacio, apretando los dientes tan fuerte como permitieron sus mandíbulas.

La nave crujía, acelerando cada vez más hasta atravesar las nubes. Silbando hipnóticamente al calor del sol impasible en su cúpula celestial.
Entonces pudieron ver el curvado horizonte con lágrimas de nubarrones a los pies, pudieron ver y sentir el llanto mudo de Venus, consumiéndose a sí mismo en un fuego que no había hecho más que comenzar.



Estaba oscuro y silencioso, como únicamente puede estarlo el espacio. Ambos se habían desmayado en algún punto del ascenso y ahora comenzaban a abrir los ojos, despacio. De vez en cuando podía escucharse el pitido de uno de los droides que se mantenía anclado en el techo de la nave.

– La noche que nos conocimos recordé mi infancia -su voz sonaba ronca, pesada y lejana-. Aquellos animales que brillaban en las cuevas rodeadas de árboles, el lejano sonido del agua cayendo, el aire húmedo que olía a musgo, hierba y roca… Creí que había perdido todo eso, pero entonces me salvaste, caí y me levantaste, como solo podrías hacerlo tú. Y ahora lo entiendo, cuando el viaje termina o comienza. Entiendo que a pesar de todo no estoy solo. -las palabras nacieron como solo pueden hacerlo en el pensamiento, deslizándose en el aire como si su boca no hubiera servido de intermediaria.

– Ambos estamos solos, y eso implica que no lo estamos… -dijo ella mirando a Venus por última vez, y aunque en ese momento no se dio cuenta, aquella imagen haría que sus sueños se viesen alterados durante incontables noches en el futuro.

En la lejanía un diminuto punto de luz azul brillaba sin artificio alguno. Perdido en el espacio infinito, como una mota de polvo en el océano. Todavía joven, todavía intacto, aguardando paciente tras el telón de la noche eterna.





Entre lo fatídico y lo esperanzador…, tú



Es entonces cuando ves en otros ojos algo increíble. Algo cuyas sensaciones van de lo fatídico a lo esperanzador, sin puntos intermedios. Y da miedo, entender que dependerás de ese recuerdo el resto de tu vida, y duele terriblemente, atravesándose entre las costillas.

Creo que de ti guardo primeros planos, planos detalle y sobre todo paisajes entremezclados con tus profundas pupilas. También guardo sueños, planes, mensajes, canciones, sobretodo canciones…

Y da miedo,
ver que se escapan
las pupilas sobre el sol.
Y es entonces 
cuando dejas de luchar,
maquillando el dolor.

Me perdí, 
con mil años a la espalda
y contados en la piel.
Envejeciendo dos veces
y en ambas ocasiones mal.

La sensación sigue allí,
aquí, en el mismo punto,
entre el drama y la esperanza
de perder la mirada en el abismo,
de romper las costuras del mundo,
de olvidar los dedos entre tu ropa.

Y en ese momento empiezan
a girar las palabras en un abrazo,
sobre nuestras cabezas vacías.
Y saltan las estrellas del océano,
golpeándose en la atmósfera,
comenzando todo de cero.
Tan real, tan fatídico como ese sueño
en el que dijiste que desaparecía
y llorabas sin llorar.


El Galeón Negro



Todavía recuerdo las velas encendidas en la noche, recortándose a través de la blanca espuma, junto al unísono clamor de gargantas enloquecidas. Y entonces, como siempre, podía ver en sus ojos el inequívoco presagio de la muerte, descendiendo sobre los párpados y atravesando las costuras del alma. Hasta que todo quedaba en silencio y la sombra manaba libre a través de la madera oscura, cayendo al océano inmenso de cadáveres y trofeos huecos.


Sobreviví, como tantas otras veces lo hice. Hundiendo la espada bajo el pecho…, en manos, cuellos y torsos que jamás había visto antes. Esquivando entre la madera quebrada el centelleante acero, que venía a buscarme una vez más, de mil formas diferentes.

Y mientras lo hacía podía verle sonriendo desde su galeón negro, afilando los dientes como una hiena, esperando el momento para saltar, para devorar los cadáveres que pudieran quedar sobre el barco.
Pero en sus ojos ascendía la misma sombra que una vez nació bajo mi piel, la primera vez que nuestros caminos se encontraron, cuando no entendía el significado de la palabra “muerte”, pero de pronto lo supe, tan frío, tan inconcebible…, un veneno espeso que se incrusta en los tejidos de cada cosa observable.

Salté al vacío, cuando ya no quedaban sombras que pudiesen atraparme, ni dentro ni fuera del alma. Sin miedo a nada ni a nadie, con la venganza alentando el vuelo de los pies sobre el agua, de las manos furiosas asiéndose al casco danzante. 

Ya no sonreía, no podía. Sus músculos estaban demasiado tensos bajo la ropa, y sin duda, en su cabeza únicamente rondaba una duda, un temor que podía sentirse más allá de su cuerpo. Saber si podría volver a mirar la luz del sol una vez más.



– ¿A qué estás esperando? -escupió intentando aparentar una superioridad poco creíble-.

– He venido a saborear tu muerte, ¿en verdad crees que tengo prisa?- en aquel momento desenvainó su espada. De nuevo el acero brilló bajo el cielo, buscando entre las contadas nubes un enemigo mayor que aquel que le había otorgado el funesto destino.
Ambos cuerpos y espadas chocaron, recreando un baile mortal que nadie pudo presenciar. Salvo ellos, oscuros testigos del final del otro.



Fue la sangre la que me trajo, fue la sangre la que vino a mi espada para no marcharse, para abrazarme en su cálido manto cuando al fin di caza al asesino, a su estómago abierto sobre la cubierta. Y pude oler su miedo, verlo tan claro y profundo como el sol que comenzaba a bañar con sus rayos el cielo.

– Sigues siendo la misma cría estúpida que se creyó mis mentiras…, -reía histéricamente, retorciéndose como una babosa moribunda, adivinando que su agonía estaba cerca de terminar- yo lo abrí en canal, ¿recuerdas? Yo lo dejé colgado para que pudieses ver cómo se desangraba…-tosía sangre, tosía odio, dolor y muerte- ¡Mátame de una puta vez!

– Claro que lo recuerdo…, de echo te voy a conceder el placer de ver cómo este mismo barco infecto, en el que lo mataste, se queme de arriba abajo. Podrás disfrutarlo mientras mueres lentamente. Y yo…, -lo agarró del pelo hasta que se miraron a los ojos. Ella sonreía, no como lo haría una mujer o un hombre. Era una sonrisa que heló la sangre de su presa, borrando todo atisbo del animal que tiempo atrás decidió convertirla a ella en su verdugo.- podré mirar tu carne arder.



Sus gritos se ahogaron bajo las olas, convirtiéndose en espuma negra al contacto con el agua. Y ella lo vio todo, dejando que sobre sus ojos verdes se reflejase la escena. Ardiente fuego rodeando las pupilas, quemando poco a poco sus defensas. 
Las lágrimas brotaron cristalinas, libres al fin de salir todas juntas, dejando que las heridas y los recuerdos cicatrizasen lentamente con el mar.






Cristales de tiempo

Entonces lo vi,
sabiendo que sus luces eran engaños,
que todo podía romperse soplando.
Entonces lo vi,
ahogando nuestros recuerdos
sobre el campo mojado.

La arena, la tierra, el césped
pero sobre todo el neumático quemado,
el cielo de estrellas ambulantes
y todas las carcajadas…
Se atragantan en la luna del cráneo,
repitiéndose una vez…, y otra.

Mis manos se rompen
intentando deshacer la escarcha del suelo,
vaciando lágrimas de ojos caídos,
lágrimas de tus párpados fríos.
Y me tocas todavía,
cubierto de nieve
y susurras amargamente
una canción que era nuestra
y ahora es de nadie.

Entonces lo vi,
ahogando nuestros recuerdos
bajo el lago cristalino.
Entonces lo vi cayendo,
perdiéndose en la oscuridad,
en las profundidades del agua,
de la noche eterna.

Y supe que no volvería
a mirar bajo los dedos,
a respirar de otra boca
o nadar en otros ojos.
Y en aquel momento entendí
que se alarga más la sombra
de los ángeles sin cielo,
de felicidad derramada
sobre los cristales del tiempo…














Donde las raíces habitan

Saltaste primero al vacío
como en aquellas noches,
en aquellos días de frío,
siempre soñando más fuerte
y más veces que yo.

“¡Es tu vida!”, escupiste.
Pero era demasiado joven y viejo,
demasiado sabio o estúpido,
para coger la vida 
desde la raíz al cielo.

Y pasó el tiempo
y pasaste tú, sin rodeos.
Y se fueron las nubes
junto al sol…,
profundamente ignorante.

Escribo, pero no como antes.
Vivo, sin expandir los pulmones,
sin sentir el tacto amargo y dulce
de los que corren sobre la arena,
de los amantes gilipollas
y los pájaros perdidos 
entre corrientes de aire.

Y pasó el tiempo
y pasaron los veranos,
los domingos fugaces,
los recuerdos eternos,
las lunas sin horizonte,
los gritos desbocados,
los llantos sin porqué…
Pero sobre todo pasaste tú
y los sueños se ahogaron,
muy dentro, muy profundo,
donde las raíces habitan,
donde nosotros saltamos…

Y es ahora cuando entiendo que los destellos de las grandes y pequeñas cosas mueren en el mismo sitio. Que vivimos cazando recuerdos y el tiempo se responsabiliza de hacerlos volar, de sacarlos de nuestro lado. Hasta que únicamente podemos verlos en la lejanía, como llameantes estrellas en la frontera del tálamo.

Corrientes de aire


“Aquello que dijiste sigue escupiéndome en la cara cuando me despierto bajo el mundo. Cuando desconcertado comprendo que todavía no estoy muerto.”



-Hola tío, llegué tan tarde que pensaba que lo perdía… -se sentó a su lado con cara cansada, aunque de la comisura de sus labios asomaba una sonrisa, pretendidamente divertida.

-No te preocupes, ya que es nuestro último viaje será mejor no perder las costumbres -con él podía ser completamente sincero, no hacían falta rodeos.

-Tienes muy mala cara, ¿no has pegado ojo verdad?

-Bueno… Cuando a un amigo se le ocurren cosas tan retorcidas como esta lo lógico es que no esté precisamente contento, cabr…

– Eh, eh, ¡ojo con lo que dices! -exclamó poniéndole la mano delante de la boca- ¿No ves que hay señores mayores y niños aquí?, no querrás que piensen mal de ti…,¿no?

Lo miró de reojo con forzado semblante serio, aunque querría poder pegarle un codazo no podía, estaba demasiado cansado y sabía que todo podía romperse. 

-Creo que hace tiempo que nos perdimos en este vaivén, en este ir y venir de situaciones. Por eso todo ha desaparecido de repente.

-Estás muy amargado, deberías salir a vivir de vez en cuando, todavía tienes tiempo que gastar -miraba hacia el techo del bus, concentrando su mirada en un punto espacial inconcreto, como si pudiese navegar a la deriva, dejándose llevar.

-Supongo que para ti es fácil decirlo, cuando no vas a tener que quedarte aquí solo, en este pueblo de malamuerte. Creo que tengo sobradas razones para estar “amargado”.

-Ya estás dramatizando otra vez. Las cosas solo son malas o buenas dependiendo del prisma a través del que las mires -hablaba sin a penas mostrar sentimiento, como si fuese algo mecánico, algo aprendido-. Recuerda que en este “pueblo de malamuerte” nos conocimos, y si lo ves con otros ojos no está tan mal. Dale tiempo…

El autobús descendió vertiginosamente sobre la pista de asfalto, dejando que el mar se vislumbrase con mayor notoriedad bajo la espesa bruma de la mañana. Abrazó con fuerza su mochila, sabía que era hora de bajarse.

Miró hacia su amigo, pero este se había desvanecido. Se levantó y salió al exterior, la silueta del sol podía verse allí arriba, intentando iluminar sin mucho éxito lo que le rodeaba. El verano se moría, pero por suerte tarde o temprano volvería a respirar.

-Sé porqué elegiste este sitio entre todos los demás -sabía que esas palabras se perderían en la nada, pero necesitaba escuchar a alguien, aunque fuese su propia voz la que se ahogaba bajo el sonido de las olas-. Aquello que dijiste sigue escupiéndome en la cara cuando despierto bajo el mundo. Cuando desconcertado comprendo que todavía no estoy muerto y que tú si lo estás.
No querría despedirme así, y menos de ti. Pero no me diste tiempo a hacerlo en persona, porque nunca te gustaron las esperas. Ahora solo me queda esto, unas frases soltadas al viento que jamás llegarán a ningún lado.
Pero al menos podré dejar que te vayas…

Bajo las nubes extendió sus alas un ave enorme, cuya silueta se dibujó sobre la superficie del mar. un águila que lo miraba impasible, dejándose llevar entre las corrientes de aire.
Abrió su mochila y extrajo un tarro cerámico de su interior. Lo abrió con cuidado y dejó que el viento se llevase todo; las lágrimas, la niebla y el polvo.

Dentro de cada uno

Imagen obtenida de http://theendofthedark.blogspot.com/

Dentro de cada uno

cien lirios a cada lado duermen,
a cada lado ríen,
sangrantes de agua.

Allí estaba,
en aquel palacio inacabado.
Allí caminaba,
abriendo incontables tumbas,
incontables alcobas.

La cúpula abovedada,
la escalinata de serpiente.
Los ojos llameantes
en las vidrieras moribundas.

Tenía habitaciones de bosques,
de días en la playa,
de aguas cristalinas
y luces bajo montañas.

Sé que no tuve tiempo
de esconder toda la sangre.
Sé que me quedé sin aliento
construyendo puertas y paredes,
dibujando sonrisas borrosas.

Y abría cada ventana,
y rompía cada cuadro.

Cien lirios a cada lado de la puerta
y mis piernas estáticas,
los músculos tensos,
la respiración entrecortada.


Hay un cuarto que nunca se abre, hay un monstruo dormido en cada alma, en cada corazón palpitante. Hay oscuridad atrapada que se cuela entre las rendijas, espesa negrura bajo las escamas de nuestra piel.

Abrí su puerta sin poder evitarlo y las ventanas estaban tapiadas, y los jarrones se llenaron de flores muertas. Porque me quedé sin aliento, borrando toda la sangre, limpiando todas las huellas. Y lo miré en el espejo, sonriendo diabólicamente con las llaves brillando entre los dedos. Atravesándome con mis propios ojos, con mis propias manos…