Hacia las cuatro esquinas del alma

Me lo he dicho a mí mismo,
a los monstruos que se arremolinan,
que arañan mis paredes.
Se lo he dicho a todos ellos,
sin miedo, sin rabia.

La carretera se enreda,
en las curvas, en los arcos.
Se enreda en las nubes
y en sus cimientos.
Bajo las ruedas
de nuestras bicicletas,
del eco de nuestras voces.

Hoy no es día de lágrimas,
porque el sol baña, y se baña,
sobre la piel de tus abrazos.

Lo he escrito para ellos,
los monstruos del abismo.
He compuesto la mentirosa canción
que nunca han querido,
por eso tiemblan,
por eso me esquivan.

La carretera se me enreda
en el corazón.
Junto al cielo, con sus estrellas,
con sus epitafios infinitos,
que no lloran, sólo recuerdan
que una vez lloraron.

Río, río y los brazos se extienden,
como alas blancas, relucientes.
Río y canto, la canción sin mentiras,
el poema sin llantos.

Me lo he dicho a mí mismo,
a los monstruos que se arremolinaban,
que arañaban mis paredes.
Se lo he gritado a todos ellos,
sin miedo, sin rabia.
Se lo he gritado mientras marchaban
hacia las sombras,
hacia las cuatro esquinas del alma.

En la noche con estrellas de agua

Huele a hierba recién cortada,
a flores, a sonrisas en el viento.
Olía, olía a días imborrables,
a lo que la vida esperaba de sí misma.
Mientras temía a la muerte,
zurciendo sus miedos sobre el abismo.

Devuélveme al día que nos conocimos,
devuélveme a las noches eternas,
a las historias sin puntos,
sin finales, sin lágrimas.

Olía a árboles, a brisa entre los dedos,
a crear sueños imposibles.
Olía y huele, a desear tus vistas,
a recorrer la misma luna sobre la tierra,
para siempre, o mejor dicho,
para lo que queda.

Devuélveme al día de los días,
a la carroza de cristal
enfrentándose a cien ejércitos,
a los pájaros diminutos
que sobre tormentas vuelan,
que sobre nuestras cabezas marchaban.

El gran deseo que se marchita,
el enorme agujero en las costillas,
que se descose,
que se derrama sobre la moqueta.
Abierto de par en par,
a borbotones sobre mi careta.

Devuélveme a la vida,
simplemente eso.
Devuélveme si quieres,
si lo necesitas.
Devuélveme si me encuentras
en tus días tristes,
en tus días felices,
en la noche con estrellas de agua.

A mil micrómetros

Estoy escribiendo sobre nosotros,
otra vez, y otra,
como si nos espiase bajo la lluvia,
como si todo fuera eterno.

A mil metros tu cara sigue sonriendo
y mis brazos tensos,
quietos en el vacío de tu coche,
de tus lunares en el cuello.

Y sí, ya he tenido ese sueño,
otras veces, y otras,
como cientos de luces cálidas,
como este hermoso y patético baile.
Baile de negros y blancos,
de claroscuros lloviendo.

A mil metros mis venas se estrangulan,
entre nubes y piedras,
entre el fuego y la pared.
Al compás de los pasos,
de las lágrimas baratas
que desfallecen demasiado pronto.
A mil metros del océano.

Estoy escribiendo sobre nosotros,
o eso creo, cuando la sangre se vacía
y pierdes la consciencia.
De ti mismo, de ellos mismos
teniendo este sueño
o su versión pirata,
en el que los actores ríen,
se abrazan y besan.
Pero todo muy estúpido,
todo muy triste.

Y no, lo cierto es que no,
no puedo olvidar
ese lunar, doblando el cuarto creciente,
como si el universo se diese la vuelta.
Como si los planetas se quedasen sin color,
sin tonos sobre tu piel.
Por eso mismo creo que no he vuelto a ver,
a distinguir ningún otro color
en la penumbra,
a derramar témperas en el abismo inmenso.

Porque ese lunar se hizo eterno
a mil micrómetros de distancia.

Good Bye, Lenin!

No,
no recuerdo todas las palabras,
todas las frases que deambularon
entre oídos y bocas.

Te clavaste en mucha gente,
en caras de ojos diferentes.
Y en sus pupilas guardan tu reflejo,
amándolo mientras se mecen,
hacia el horizonte, hacia el final.

Creo y en el fondo sé,
que el camino es lo que importa
y aunque los pasos desaparezcan bajo las olas,
se mantienen, sobreviven en la memoria.

Intenté dejar algo atrás,
lanzando mis abrazos al viento,
olvidando o difuminando el miedo.
Y me corté entre las rosas rojas,
y pude ver esa sonrisa eterna
invitando a sentir una canción épica.
Una canción de otro tiempo,
de sueños adolescentes,
de silencios y acampadas en la noche.

“Elephant Gun” para volver a soñar,
“Elephant Gun” y nada más.

Hay gente eterna, como tú,
cuyos ojos y sonrisa el fuego no quema,
la lluvia no desgasta.
Gente cuyas alas se incrustan en el tiempo,
sin perderse, sin marcharse,
respirando vida para siempre.

“Elephant Gun” para volver a soñar,
“Elephant Gun” y nada más…

“Hay finales y hay principios. Pero en los inicios que se graban en el pecho sobreviven las mejores personas.”

Te conocí gracias al teatro, el mismo que tanto me aterraba. Y gracias a ti disfruté del público, de hacer reír, de los escenarios cutres del colegio, de las tardes soleadas en el gimnasio, asistiendo a tus clases magistrales.
También me enseñaste “Good Bye, Lenin!”, aunque eso lo lograses sin querer. Simplemente nos pusiste su banda sonora y eso fue suficiente…, el “Good Bye” siempre podremos romperlo, contigo todo fue, es y será posible.

Al eterno Mateo González Miño, que tu fiesta nunca termine. Volveremos a vernos tras el telón.

Triste Libro sin Historia

No quiero llegar
a casa después de hoy.
Quiero perderme,
enredarme, correr,
dejando los pulmones sin oxígeno,
las preguntas sin interrogante.

El sol calienta diferente,
no mejor, ni peor,
de una manera extraña.
Calienta como lo hace en las despedidas,
sin un fuego real en el corazón,
simple luz que se incrusta en las heridas.

Llameantes estrellas escaparon
de la atmósfera lejana,
de los ojos vidriosos.
Llameantes estrellas adolescentes,
que se colaban en los labios,
en sus comisuras.
Os perdí mirando,
os perdí congelando
los recuerdos en la espesura.

Y no quiero llegar
al final del camino.
Y no quiero,
romper tus palabras con un adiós,
tus risas imperfectas,
los abrazos, las idas y venidas,
los intercambios de tinta.

Porque en el fondo sé
que contigo no habría límites,
no habría fortalezas impenetrables.
Porque en el fondo sé
que no tendré remedio al dolor,
remedio a las ensoñaciones,
a los poemas que te escribo,
plegándome como un triste libro
sin portada, sin historia.

Ya se van

Ya se van,
marchando solemnemente.
Como si alguna vez
hubiesen comprendido 
su destino, su propósito.

Ya se van,
aquellas mariposas idiotas
que mordisqueaban las entrañas,
que ciegamente volaban 
entre las costillas.

Su aleteo deshace las moléculas,
del aire suspendidas,
deshace el vértigo al olvido
en miradas sombrías.
Su aleteo congela el tiempo
y en el intento caen rendidas,
en una espiral infinita.

Entonces las ves
al abrigo de las nubes,
formando negros y blancos,
efímeros reflejos.
Las ves sonriendo
con labios mojados,
con aire en los pulmones;
caminando, corriendo, volando.

Se van, 
cubriendo de oscuridad las heridas,
de olvido las pupilas,
de vacíos el corazón.









Criaturas pendulares

Se abre paso el silencio
entre criaturas pendulares.
Se abre paso lo desconocido
sobre ojos fantasmales.
Meciéndose en el vacío,
expectantes.


Las estrellas se arrastran ahora,
olvidando el cielo negro,
perdidas en la oscuridad cristalina.
Se arrastran ahora, sobre mí,
entre las hendiduras del tiempo,
antaño brillantes.


Puedo ver luz 
rayando la negrura,
puedo ver, sentir la respiración muda
del océano, de la luna, 
de los versos que alimentan la roca, 
el sueño.


Y es aquí donde me veo
o más bien me siento,
o en realidad despierto
rodeado de vida el corazón muerto.
Cangrejos como luces estelares en los huesos, 
peces escondiéndose en el pecho,
entre las costuras del recuerdo.


Se abre paso el silencio
entre ojos de luces ancestrales.
Se abre paso mientras fluyes
entre cien tiburones fantasmales.
Flashes bajo las hendiduras del tiempo,
rayos en la noche,
criaturas pendulares.




Entre lo fatídico y lo esperanzador…, tú



Es entonces cuando ves en otros ojos algo increíble. Algo cuyas sensaciones van de lo fatídico a lo esperanzador, sin puntos intermedios. Y da miedo, entender que dependerás de ese recuerdo el resto de tu vida, y duele terriblemente, atravesándose entre las costillas.

Creo que de ti guardo primeros planos, planos detalle y sobre todo paisajes entremezclados con tus profundas pupilas. También guardo sueños, planes, mensajes, canciones, sobretodo canciones…

Y da miedo,
ver que se escapan
las pupilas sobre el sol.
Y es entonces 
cuando dejas de luchar,
maquillando el dolor.

Me perdí, 
con mil años a la espalda
y contados en la piel.
Envejeciendo dos veces
y en ambas ocasiones mal.

La sensación sigue allí,
aquí, en el mismo punto,
entre el drama y la esperanza
de perder la mirada en el abismo,
de romper las costuras del mundo,
de olvidar los dedos entre tu ropa.

Y en ese momento empiezan
a girar las palabras en un abrazo,
sobre nuestras cabezas vacías.
Y saltan las estrellas del océano,
golpeándose en la atmósfera,
comenzando todo de cero.
Tan real, tan fatídico como ese sueño
en el que dijiste que desaparecía
y llorabas sin llorar.


Cristales de tiempo

Entonces lo vi,
sabiendo que sus luces eran engaños,
que todo podía romperse soplando.
Entonces lo vi,
ahogando nuestros recuerdos
sobre el campo mojado.

La arena, la tierra, el césped
pero sobre todo el neumático quemado,
el cielo de estrellas ambulantes
y todas las carcajadas…
Se atragantan en la luna del cráneo,
repitiéndose una vez…, y otra.

Mis manos se rompen
intentando deshacer la escarcha del suelo,
vaciando lágrimas de ojos caídos,
lágrimas de tus párpados fríos.
Y me tocas todavía,
cubierto de nieve
y susurras amargamente
una canción que era nuestra
y ahora es de nadie.

Entonces lo vi,
ahogando nuestros recuerdos
bajo el lago cristalino.
Entonces lo vi cayendo,
perdiéndose en la oscuridad,
en las profundidades del agua,
de la noche eterna.

Y supe que no volvería
a mirar bajo los dedos,
a respirar de otra boca
o nadar en otros ojos.
Y en aquel momento entendí
que se alarga más la sombra
de los ángeles sin cielo,
de felicidad derramada
sobre los cristales del tiempo…














Donde las raíces habitan

Saltaste primero al vacío
como en aquellas noches,
en aquellos días de frío,
siempre soñando más fuerte
y más veces que yo.

“¡Es tu vida!”, escupiste.
Pero era demasiado joven y viejo,
demasiado sabio o estúpido,
para coger la vida 
desde la raíz al cielo.

Y pasó el tiempo
y pasaste tú, sin rodeos.
Y se fueron las nubes
junto al sol…,
profundamente ignorante.

Escribo, pero no como antes.
Vivo, sin expandir los pulmones,
sin sentir el tacto amargo y dulce
de los que corren sobre la arena,
de los amantes gilipollas
y los pájaros perdidos 
entre corrientes de aire.

Y pasó el tiempo
y pasaron los veranos,
los domingos fugaces,
los recuerdos eternos,
las lunas sin horizonte,
los gritos desbocados,
los llantos sin porqué…
Pero sobre todo pasaste tú
y los sueños se ahogaron,
muy dentro, muy profundo,
donde las raíces habitan,
donde nosotros saltamos…

Y es ahora cuando entiendo que los destellos de las grandes y pequeñas cosas mueren en el mismo sitio. Que vivimos cazando recuerdos y el tiempo se responsabiliza de hacerlos volar, de sacarlos de nuestro lado. Hasta que únicamente podemos verlos en la lejanía, como llameantes estrellas en la frontera del tálamo.