El hogar paralelo

La garganta se llena de voces,
de palabras inacabadas.
Se llena de lágrimas,
de infiernos difusos.

Te he vuelto a ver
en nuestro árbol.
Te he vuelto a escribir,
remarcando las heridas,
como jeroglíficos infinitos
sobre las muñecas.

La espalda se llena de sombras,
de babosas negras
y flores muertas.
Pero eso no importa
cuando los horizontes mueren,
cuando los pájaros callan.

Entonces lo veo,
a espaldas del sol y el cielo.
Veo mis ramas ascendiendo,
los rayos de luz
atravesando las hojas,
atravesando mis miedos.

He vuelto a extraer
mis raíces de tu recuerdo,
a engañarme, a engañarlos a todos.
He vuelto a fingir,
a abrir los armarios de Morfeo,
de los deseos inciertos.

Y entonces entiendo
que sigo allí contigo,
respirando de otro universo.
En el acuario límbico,
en el verdadero hogar, paralelo.

Hacia las cuatro esquinas del alma

Me lo he dicho a mí mismo,
a los monstruos que se arremolinan,
que arañan mis paredes.
Se lo he dicho a todos ellos,
sin miedo, sin rabia.

La carretera se enreda,
en las curvas, en los arcos.
Se enreda en las nubes
y en sus cimientos.
Bajo las ruedas
de nuestras bicicletas,
del eco de nuestras voces.

Hoy no es día de lágrimas,
porque el sol baña, y se baña,
sobre la piel de tus abrazos.

Lo he escrito para ellos,
los monstruos del abismo.
He compuesto la mentirosa canción
que nunca han querido,
por eso tiemblan,
por eso me esquivan.

La carretera se me enreda
en el corazón.
Junto al cielo, con sus estrellas,
con sus epitafios infinitos,
que no lloran, sólo recuerdan
que una vez lloraron.

Río, río y los brazos se extienden,
como alas blancas, relucientes.
Río y canto, la canción sin mentiras,
el poema sin llantos.

Me lo he dicho a mí mismo,
a los monstruos que se arremolinaban,
que arañaban mis paredes.
Se lo he gritado a todos ellos,
sin miedo, sin rabia.
Se lo he gritado mientras marchaban
hacia las sombras,
hacia las cuatro esquinas del alma.

En la noche con estrellas de agua

Huele a hierba recién cortada,
a flores, a sonrisas en el viento.
Olía, olía a días imborrables,
a lo que la vida esperaba de sí misma.
Mientras temía a la muerte,
zurciendo sus miedos sobre el abismo.

Devuélveme al día que nos conocimos,
devuélveme a las noches eternas,
a las historias sin puntos,
sin finales, sin lágrimas.

Olía a árboles, a brisa entre los dedos,
a crear sueños imposibles.
Olía y huele, a desear tus vistas,
a recorrer la misma luna sobre la tierra,
para siempre, o mejor dicho,
para lo que queda.

Devuélveme al día de los días,
a la carroza de cristal
enfrentándose a cien ejércitos,
a los pájaros diminutos
que sobre tormentas vuelan,
que sobre nuestras cabezas marchaban.

El gran deseo que se marchita,
el enorme agujero en las costillas,
que se descose,
que se derrama sobre la moqueta.
Abierto de par en par,
a borbotones sobre mi careta.

Devuélveme a la vida,
simplemente eso.
Devuélveme si quieres,
si lo necesitas.
Devuélveme si me encuentras
en tus días tristes,
en tus días felices,
en la noche con estrellas de agua.

A mil micrómetros

Estoy escribiendo sobre nosotros,
otra vez, y otra,
como si nos espiase bajo la lluvia,
como si todo fuera eterno.

A mil metros tu cara sigue sonriendo
y mis brazos tensos,
quietos en el vacío de tu coche,
de tus lunares en el cuello.

Y sí, ya he tenido ese sueño,
otras veces, y otras,
como cientos de luces cálidas,
como este hermoso y patético baile.
Baile de negros y blancos,
de claroscuros lloviendo.

A mil metros mis venas se estrangulan,
entre nubes y piedras,
entre el fuego y la pared.
Al compás de los pasos,
de las lágrimas baratas
que desfallecen demasiado pronto.
A mil metros del océano.

Estoy escribiendo sobre nosotros,
o eso creo, cuando la sangre se vacía
y pierdes la consciencia.
De ti mismo, de ellos mismos
teniendo este sueño
o su versión pirata,
en el que los actores ríen,
se abrazan y besan.
Pero todo muy estúpido,
todo muy triste.

Y no, lo cierto es que no,
no puedo olvidar
ese lunar, doblando el cuarto creciente,
como si el universo se diese la vuelta.
Como si los planetas se quedasen sin color,
sin tonos sobre tu piel.
Por eso mismo creo que no he vuelto a ver,
a distinguir ningún otro color
en la penumbra,
a derramar témperas en el abismo inmenso.

Porque ese lunar se hizo eterno
a mil micrómetros de distancia.

Good Bye, Lenin!

No,
no recuerdo todas las palabras,
todas las frases que deambularon
entre oídos y bocas.

Te clavaste en mucha gente,
en caras de ojos diferentes.
Y en sus pupilas guardan tu reflejo,
amándolo mientras se mecen,
hacia el horizonte, hacia el final.

Creo y en el fondo sé,
que el camino es lo que importa
y aunque los pasos desaparezcan bajo las olas,
se mantienen, sobreviven en la memoria.

Intenté dejar algo atrás,
lanzando mis abrazos al viento,
olvidando o difuminando el miedo.
Y me corté entre las rosas rojas,
y pude ver esa sonrisa eterna
invitando a sentir una canción épica.
Una canción de otro tiempo,
de sueños adolescentes,
de silencios y acampadas en la noche.

“Elephant Gun” para volver a soñar,
“Elephant Gun” y nada más.

Hay gente eterna, como tú,
cuyos ojos y sonrisa el fuego no quema,
la lluvia no desgasta.
Gente cuyas alas se incrustan en el tiempo,
sin perderse, sin marcharse,
respirando vida para siempre.

“Elephant Gun” para volver a soñar,
“Elephant Gun” y nada más…

“Hay finales y hay principios. Pero en los inicios que se graban en el pecho sobreviven las mejores personas.”

Te conocí gracias al teatro, el mismo que tanto me aterraba. Y gracias a ti disfruté del público, de hacer reír, de los escenarios cutres del colegio, de las tardes soleadas en el gimnasio, asistiendo a tus clases magistrales.
También me enseñaste “Good Bye, Lenin!”, aunque eso lo lograses sin querer. Simplemente nos pusiste su banda sonora y eso fue suficiente…, el “Good Bye” siempre podremos romperlo, contigo todo fue, es y será posible.

Al eterno Mateo González Miño, que tu fiesta nunca termine. Volveremos a vernos tras el telón.

Triste Libro sin Historia

No quiero llegar
a casa después de hoy.
Quiero perderme,
enredarme, correr,
dejando los pulmones sin oxígeno,
las preguntas sin interrogante.

El sol calienta diferente,
no mejor, ni peor,
de una manera extraña.
Calienta como lo hace en las despedidas,
sin un fuego real en el corazón,
simple luz que se incrusta en las heridas.

Llameantes estrellas escaparon
de la atmósfera lejana,
de los ojos vidriosos.
Llameantes estrellas adolescentes,
que se colaban en los labios,
en sus comisuras.
Os perdí mirando,
os perdí congelando
los recuerdos en la espesura.

Y no quiero llegar
al final del camino.
Y no quiero,
romper tus palabras con un adiós,
tus risas imperfectas,
los abrazos, las idas y venidas,
los intercambios de tinta.

Porque en el fondo sé
que contigo no habría límites,
no habría fortalezas impenetrables.
Porque en el fondo sé
que no tendré remedio al dolor,
remedio a las ensoñaciones,
a los poemas que te escribo,
plegándome como un triste libro
sin portada, sin historia.

Conversaciones conmigo

Vuelvo a mirar las uñas negras,
los pétalos mojados,
el sol cada día más lejano.

Los obstáculos los pongo yo
obligándome a creer que son piedras,
formaciones enormes creadas por el mundo
y qué mundo… Sigo sin entenderlo.

Todo se ve difícil desde lo más hondo,
todas las cuestas interminables,
todas las lágrimas un mar.
Y mareándome sigo, 
en este barco hundido.

Tengo recuerdos de otra cosa,
obsesionado con ellos,
remando hacia el pasado de nuevo
como si la orilla no hubiese desaparecido ya.

Ríete de estos versos,
a pesar de su veracidad.
Escupe sobre ellos, 
dispárame, desaparece una vez más.

Vuelvo a decirlo en la noche sin luna,
en la calma sin tormenta,
en la sombra del día…
Que el recuerdo más feliz,
es aquel que tarde o temprano,
por mucho que corras…
Más profundo dolerá.






El Último Fuego

Imagen obtenida de theendofthedark.blogspot.com

Los últimos fuegos enmudecen,
el pálpito sombrío de sus dedos,
los tuyos,
y las olas que mueren… 
Donde siempre han muerto.

Destino fulminante,
que quiebra el mundo.
La paz olvidada de un amor huidizo
y las velas fundiéndose juntas, 
juntas bajo el canto de los grillos.

Algo más grande o pequeño que todo,
el manto negro del cielo,
sus estrellas brillando sin miedo,
el océano, espejo de sombras y recuerdos.

Y es difícil explicar tus historias,
complicado descifrar si todas han sido sueños,
dibujos impolutos de otra vida.
Porque ambos sabemos… 
Que ni siquiera existimos.

Las últimas cenizas de la hoguera,
y la arena muriendo
donde siempre ha muerto.
Bajo el agua que canta 
donde beben los cuervos.

Tu historia y mi historia
jamás han sido escritas,
nunca contadas,
no comprendidas.
Pero el universo lo guarda todo,
bajo los ojos inmensos de millones de estrellas,
en galaxias llameantes de una playa perdida.

“Bajo la sombra de tus palabras aprendí a recordar”

Agujeros Negros





Echar el resto, correr bajo un tejado de hojas,
soplar con fuerza, estirar el tiempo,
respirar respirando, respirar muriendo.
Camino con tus recuerdos,
siendo consciente de que ese “nosotros” ha muerto,
y camino con tus pasados,
versos inesperados que se funden en los claros,
en las sombras.
Una boca se abre,
los sonidos emergen, las tiendas abren,
el mar de protagonista a secundario, se transforma.
Y camino con mis recuerdos,
y los coches pitan y el sol se enciende.
Hago equilibrismo sobre las barandillas,
me cuelo en las sombras y abro el cielo,
cae tu mirada, avivando la luz
que tarde o temprano se torna sombra.
Dibujas en otro mundo, otra vida,
y ríes, riendo sobre mí,
porque simplemente tengo los pies enterrados,
porque el viento se ha llevado lo poco que tenía.
De las ventanas las notas musicales fluyen,
ocultándose tras el horizonte,
surcando las olas negras, los ojos apagados,
agujeros negros en la portada de nuestro universo.



Y tú decías mil estupideces,
Y yo decía mil gilipolleces,
Y todos reían,

Y todos guardaban en sus bolsillos el tiempo que nosotros perdimos.

En Silencio

Imagen obtenida de http://theendofthedark.blogspot.com.es/

Las historias se entrecruzan

tejiendo y uniendo cuerpos,
respirando a veces,
ahogándose con el tiempo.




Arrastras tu vacío
sobre hojas mustias y versos escondidos.
Me miras y sonrío,
pero somos tiempo que pasa,
personajes secundarios
dentro de una novela en llamas.
Tic, tac, escucho.
Mil relojes sonando sobre las nubes.
Tiempo que se esconde de mi vista,
aguaceros en el abismo,
vida que ya no es vida
porque se ha ido.

Todos los recuerdos se amontonan
y parecen decir adiós,
triste y melancólicamente.
Porque somos arena en el desierto,
porque tejemos cada instante
y formamos nuestro propio cuerpo.
Porque el presente existe y mañana nunca llega.

Nos miramos, inventando un futuro juntos,
un tiempo lejano que crea un mundo,
una historia infinita.
Pero solo nos miramos en un segundo,
en una calle desconocida,
y después de eso la vida nos separa.
Y creas tu propio sueño, en otros brazos,
sabiendo y olvidando que nunca fue conmigo.

Y las voces de todo el mundo se escuchan
en cada ladera,
resonando como una música que no cesa…
Pero todas las canciones comienzan y terminan,
y cuando los labios se cierran… todo queda (3,2,1…) En silencio.