Desde las Profundidades

Imagen obtenida de theendofthedark.blogspot.com

Huele a tierra mojada, a óxido de hierro corroído. Las cadenas aprietan sus muñecas mientras le grito, escupo palabras en sus oídos y de vez en cuando sonrío, aunque realmente de mis labios no escapa ningún sonido.

– Déjame salir, por favor…

Sigue pidiendo lo mismo, sigue siendo un maldito despojo incapaz de levantarse. Desnudo, arrastrándose en círculos con el peso del metal en el cuello, formando en el suelo un dibujo borroso, circular, que se estrecha con cada giro desesperado por escapar. No puede llegar más allá de esa circunferencia, pero aún así lo intenta.

Enciendo el cigarrillo, esta vez noto que las manos me pesan, temblando mientras prendo la llama. El mechero quema el aire, me siento sobre la silla que tantas otras veces he usado, cruzando las piernas y saboreando el momento. A pesar de que esta vez sienta miedo, miedo de lo que yo misma voy a hacer.

– Aprovecha lo que te queda de vida. Aprovecha cada movimiento. Pues dentro de unos minutos se acabará tu lucha.

El hombre gira la cabeza hacia mí. Intentando atravesar la tela del saco que permanece en su cabeza, para poder mirarme.

– ¿Quien eres? Déjame salir, no le diré nada a nadie…

Después de esas palabras sus músculos se tensan, los pies comienzan a temblar frenéticamente hasta que su cuerpo en conjunto se vuelve inerte, petrificado en el interior de la atmósfera húmeda y putrefacta.



La luz se enciende en lo alto del techo de madera, un cielo lleno de color quema sus retinas. 
Intenta mover las manos, alzar la voz, gemir de terror o simplemente mover los párpados. Pero no puede, los músculos que antes se retorcían en el suelo ahora son tan ajenos y distantes como la propia libertad.

Varios espejos lo rodean, y en ellos flotan recortes de noticias con fotos de niños. Desaparecidos, muertos… Un enorme reguero de muerte plasmado en papel y tinta.

– ¿La recuerdas verdad?… -dijo la mujer con una bata blanca, mostrándole la foto de una niña de apenas nueve años-. Supongo que sí, seguro que sí…. Pues ahora fíjate bien en mi cara, porque va a ser la última que veas.



No hubo gritos, ni mayor ruido que el de las gotas cayendo sobre la tierra, húmeda, rancia, con el olor óxido de la sangre.
La policía encontró el cadáver desmembrado, con la cara desencajada y ojos inyectados en sangre. Que reflejaban el pánico, el miedo a la destrucción total que él mismo sembró durante años, diseminado ahora sobre una fría camilla metálica.