Corrientes de aire


“Aquello que dijiste sigue escupiéndome en la cara cuando me despierto bajo el mundo. Cuando desconcertado comprendo que todavía no estoy muerto.”



-Hola tío, llegué tan tarde que pensaba que lo perdía… -se sentó a su lado con cara cansada, aunque de la comisura de sus labios asomaba una sonrisa, pretendidamente divertida.

-No te preocupes, ya que es nuestro último viaje será mejor no perder las costumbres -con él podía ser completamente sincero, no hacían falta rodeos.

-Tienes muy mala cara, ¿no has pegado ojo verdad?

-Bueno… Cuando a un amigo se le ocurren cosas tan retorcidas como esta lo lógico es que no esté precisamente contento, cabr…

– Eh, eh, ¡ojo con lo que dices! -exclamó poniéndole la mano delante de la boca- ¿No ves que hay señores mayores y niños aquí?, no querrás que piensen mal de ti…,¿no?

Lo miró de reojo con forzado semblante serio, aunque querría poder pegarle un codazo no podía, estaba demasiado cansado y sabía que todo podía romperse. 

-Creo que hace tiempo que nos perdimos en este vaivén, en este ir y venir de situaciones. Por eso todo ha desaparecido de repente.

-Estás muy amargado, deberías salir a vivir de vez en cuando, todavía tienes tiempo que gastar -miraba hacia el techo del bus, concentrando su mirada en un punto espacial inconcreto, como si pudiese navegar a la deriva, dejándose llevar.

-Supongo que para ti es fácil decirlo, cuando no vas a tener que quedarte aquí solo, en este pueblo de malamuerte. Creo que tengo sobradas razones para estar “amargado”.

-Ya estás dramatizando otra vez. Las cosas solo son malas o buenas dependiendo del prisma a través del que las mires -hablaba sin a penas mostrar sentimiento, como si fuese algo mecánico, algo aprendido-. Recuerda que en este “pueblo de malamuerte” nos conocimos, y si lo ves con otros ojos no está tan mal. Dale tiempo…

El autobús descendió vertiginosamente sobre la pista de asfalto, dejando que el mar se vislumbrase con mayor notoriedad bajo la espesa bruma de la mañana. Abrazó con fuerza su mochila, sabía que era hora de bajarse.

Miró hacia su amigo, pero este se había desvanecido. Se levantó y salió al exterior, la silueta del sol podía verse allí arriba, intentando iluminar sin mucho éxito lo que le rodeaba. El verano se moría, pero por suerte tarde o temprano volvería a respirar.

-Sé porqué elegiste este sitio entre todos los demás -sabía que esas palabras se perderían en la nada, pero necesitaba escuchar a alguien, aunque fuese su propia voz la que se ahogaba bajo el sonido de las olas-. Aquello que dijiste sigue escupiéndome en la cara cuando despierto bajo el mundo. Cuando desconcertado comprendo que todavía no estoy muerto y que tú si lo estás.
No querría despedirme así, y menos de ti. Pero no me diste tiempo a hacerlo en persona, porque nunca te gustaron las esperas. Ahora solo me queda esto, unas frases soltadas al viento que jamás llegarán a ningún lado.
Pero al menos podré dejar que te vayas…

Bajo las nubes extendió sus alas un ave enorme, cuya silueta se dibujó sobre la superficie del mar. un águila que lo miraba impasible, dejándose llevar entre las corrientes de aire.
Abrió su mochila y extrajo un tarro cerámico de su interior. Lo abrió con cuidado y dejó que el viento se llevase todo; las lágrimas, la niebla y el polvo.

Vacío Etéreo


La mariposa vuela en lo alto, describiendo trayectorias circulares. Sus alas se difuminan en destellos minúsculos, millones de luces fundiéndose en el aire, el vacío etéreo.

Una luz cálida cruza las ventanas anunciando la llegada del día, para todo aquel dispuesto a contemplarla. De la misma forma el olor a hierba mojada despide a la noche y su lento rocío.

Ella siente ambas cosas, tirada sobre la cama, con su pelo castaño serpenteando a lo largo de la almohada y parte de las sábanas. Entre tanto los ojos verdes mantienen su mirada fija en algún punto del techo, sin poder apartarla durante largo rato. Creando alrededor de dicho punto un círculo borroso de luz y color, alzándose como protagonista el insecto de alas azules, que observa desde arriba una realidad volteada.

Dos respiraciones rítmicas llenan de sonido la habitación. Ella roza el brazo de su acompañante dormida, dándose cuenta al fin de que no se encuentra sola. 
Sonríe al verla, como una idiota. Sintiendo que sus ojos cerrados son algo más que simples ojos cerrados. Experimentando como idílico un instante en apariencia cotidiano.

Se incorpora poco después, y arrastrando los pies llega hasta la ventana entreabierta. Entonces entiende demasiado pronto que se ha equivocado. La niebla abarca el horizonte, aproximándose cada vez más, cubriendo con su negrura los árboles y niños que juegan en el parque. Las voces se transforman en un eco lejano, doloroso.

Grita, grita pero nada se altera. Grita pero ella no abre los ojos. Llora, llora hasta que dejo de verla y la angustia poco a poco desaparece…



– Bien… -el hombre que la estaba escuchando dio un pequeño sorbo a su vaso de agua-. Quizá sea el momento de afrontar que la chica que llora eres tú. Es hora de despertar al fin.

Los ojos verdes de la joven temblaron. Sus pupilas se dilataron y una lágrima rodó hasta la comisura de unos labios perdidos en el vacío etéreo. 
La mariposa alzó el vuelo, desapareciendo a través de las ventanas, más allá de la niebla.








La Vida es Extraña



Recuerdo las etiquetas desteñidas en aquellas botellas viejas. Las velas encendidas a cada lado de la mesa y tus ojos volando, centelleando en la penumbra.

“Es jueves y las voces se pierden a lo largo de angostas calles en el exterior. Quizá si me estuvieses viendo te parecería estúpido, tumbado sobre el suelo con los ojos cerrados, sonriendo como si fuese el tipo más hipócrita del mundo… Pero sinceramente, me relaja.

No pienses mal, hace tiempo que de mi dieta he restringido el consumo de “substancias psicoactivas” o como quieras llamarlo. Tampoco intuyas que lo hice por esos anuncios contraproducentes que sacan de vez en cuando por la televisión. Más bien lo he dejado para poder comprender cuánto de hondo es el agujero en el que estaba metido.

Sé que no me creerás porque la última vez que nos vimos estaba ostensiblemente perjudicado, pero ya han pasado casi diez años desde ese instante, y en diez años pueden ocurrir muchas cosas o ninguna, dependiendo de lo que cada uno decida.
En fin, no quiero irme por las ramas. Solo quiero decirte que cuando te vi por última vez, sentada en aquel banco bajo la lluvia, decidí dejar de lado el pasado y viajar hacia el futuro, o lo que pueda haber más allá de este instante.

He secuestrado ese recuerdo, no podría encontrar mejor forma de describirlo, secuestrado cada gota de agua suspendida en el vacío, secuestrado tu figura borrosa. Por ello es posible que estés cabreada, que quieras que te devuelva ese momento… Pero créeme, no podría, ha germinado tan hondo que arrancarlo acabaría conmigo.

Todo lo que cuento parece irreal e incomprensible, sin haberte hablado siquiera hice de ti una bandera, una guía emocional. Y aunque te parezca una locura de tipo perturbado, solo te pido poder conocerte, solo pido poder alcanzarte a través de la lluvia. Porque sé que hace tiempo borraste de nuestras mentes el recuerdo de una vida juntos, pensando que la noche acabaría con todos mis males.”

Recuerdo las etiquetas desteñidas en aquellas botellas viejas. Las velas apagadas a cada lado de la mesa y tus ojos volando, centelleando bajo la luna. Hablando con labios húmedos sobre bocas secas, recordándome el comienzo de todo, tus viajes a través del tiempo. 

Tiempo



Las luces brillan en la oscuridad marchando hacia atrás velozmente, escapando de la única realidad concebible, lo que uno mira y siente. Hay más cabezas delante, sentados como maniquíes, reflejados en los cristales inertes, esperando el momento de salir.

Los ojos de otro, que son los míos, se congelan en cierto punto del techo, perdiendo la mirada entre las moléculas infinitas que rodean el espacio. Quizá en ese momento las neuronas consiguen unirse con lo que hay más allá, haciendo que las cosas se den la vuelta, oteando con miedo la verdad poderosa.

Noto que la velocidad aumenta demasiado. Ya no tenemos tiempo de saborear cada luz, de ver los reflejos clarividentes que escintilan en nuestra piel, o la luna lejana y fría.

Recuerdo el inicio del viaje, tranquilo, placentero y suave. Recuerdo el calor, el terciopelo del asiento, el viento arrastrando despacio los pensamientos. Como si el tiempo relativo, estuviese antes congelado, estático, esperando el momento para acelerar.

El penúltimo pasajero baja en silencio. Observo su sonrisa mientras el autobús retoma la marcha frenéticamente sobre el asfalto. La reconozco, a pesar de haber creído que se apeó muchas paradas atrás, ciego, los reflejos me impidieron verlo.
Continúo mirándola hasta que el horizonte absorbe su silueta, hasta que mis ojos se pierden en la inmensidad, en el desierto de luces y sombras.

Ya no queda nadie en el interior de la maquina serpenteante. Ya no quedan reflejos, ni luces más allá de la oscuridad. Pero seguimos acelerando sobre puentes, a través de túneles bajo montañas, esperando que las puertas se abran una vez más.

El Pincel Rojo



El agua cae, formando charcos cristalinos sobre asfalto y tierra. Un relámpago ilumina los tejados, fugazmente corta el cielo en dos mitades, rabia incontenida de las nubes que se abre paso en la oscuridad.

Un hombre aparece de la nada en plena noche, con ropas antiguas e impecables. Los ojos repletos de sorpresa, las manos temblorosas y pálidas, frías como el aire cortante que viaja a través de los edificios.

En su reloj de bolsillo las agujas marcan la medianoche, pero su atención se centra en lo que le rodea, boquiabierto y ensimismado, intentando descifrar dónde se encuentra.

– ¡Cuidado! ¡Salga de la carretera! -gritó una joven desde un balcón, portando en la mano un pincel rojo-.

El hombre sonrió, saludando inocentemente mientras un coche se acercaba a sus espaldas. Las luces del automóvil recortaron la silueta, anticipando el fatal desenlace.

No hubo muerto aquel día, ni siquiera una llamada a emergencias. El conductor estaba demasiado borracho como para entender lo que había sucedido y continuó su camino, dibujando eses mientras desaparecía a través de las calles.
Pero la mujer del balcón no podía creerlo, bajó hasta la calle buscando algo que evidenciase la presencia de aquel hombre antiguo, sin conseguirlo.

Dibujó durante años la escena con su pincel rojo, mostrando fielmente el instante vivido y la cara sorprendida de aquel individuo que parecía observarle desde algún pasado inconcreto, desde una especie de ventana temporal.

Llegó a suponer que habría sido un sueño, una mala pasada de su imaginación. En ocasiones tenía sueños vívidos que confundía con recuerdos, “no era algo tan raro”, se decía.
Pero cuando casi había olvidado lo que ocurrió aquella noche, todo pareció cobrar sentido de una forma insospechada.

Hacía frío en casa de su abuela y ella miraba las fotografías viejas sin prestar demasiada atención, las había visto tantas veces que no solía darse cuenta de que estaban ahí.
Sin embargo una de las imágenes la despertó de su ensoñación, los ojos de un hombre la observaban detrás de un ejercito de fotografías más recientes.

– ¡Abuela!… -tuvo que esperar un rato a que la señora apareciese en la estancia con cara sonriente- ¿Quien es este hombre?

– Déjame ver… -cogió sus gafas y repitió su sonrisa habitual, pero esta vez de forma un tanto melancólica- Este hombre fue novio de tu bisabuela hija, él le regaló el pincel que te di yo hace tiempo. -señaló el pincel que el hombre sostenía en la mano- Sé que no lo parece porque la imagen es muy antigua, pero ese es tu pincel rojo. Si quieres, puedes ver unos cuantos cuadros que le regaló a tu bisabuela antes de irse…

– ¿Irse? ¿A donde se fue?

– Desapareció hija. Nadie sabe a donde fue… Pero ahora eso poco importa.

Su abuela sacó los cuadros de un armario viejo del sótano, dejándola sola para contemplarlos a fondo.
Sintió que conversaba con aquel hombre a través de sus pinceladas, como si el tiempo hubiese ocultado la barrera que los años habían interpuesto con esmero.

Fue entonces cuando uno de los cuadros llamó su atención. Un cuadro nocturno y cálido, de edificios enormes que rozaban el cielo. Ella estaba en un balcón, emitiendo luz propia, como si el resto de objetos realmente no importasen.
En la esquina inferior derecha una nota se podía leer, eternamente suspendida sobre la pintura. “Pude ver el futuro, pude verla a ella y el presente se tornó gris. Pálido como una niebla mortecina que rodea cada cuerpo, cada instante.”



No hubo más viajes en el tiempo, ni más cuadros. No hubo final memorable como en las novelas que solía leer.
Simplemente se dejó llevar a través del mundo, sabiendo que en algún lugar del futuro ella seguiría observando la calle, continuaría pintando con su pincel rojo, bajo el cielo nocturno.

La Última Carta

Imagen obtenida de http://theendofthedark.blogspot.com.es/

La última nota de un diario, el último reducto mágico en el que alojamos y vertemos nuestras esperanzas, a veces teniendo en cuenta el final, otras aparcando la despedida hasta que la calma llegue.

El último día en el instituto, con todas las piernas moviéndose hacia miles de lugares. Las pizarras, sus tizas, impregnadas de vacío. Las ventanas reflejan cabezas perdiéndose en el abismo incansable, la lejanía del recuerdo.

La última carta escrita desde un hotel barato, con los ojos brillantes y los dedos temblando. Los suspiros, sus silencios, aventurándose a atravesar el aire, cortando suavemente la quietud de su atmósfera. Unas risas en la calle, el viento incesante, ya se marcha, ya se apaga.

Últimas frases llenas de tinta, últimos deseos rodeados de comas, puntos y letras. Y el papel pasa de mano en mano, a causa de la sangre, de las explosiones y las balas.

El último baile, sus bocas a punto de rozarse, la música uniendo un par de cuerpos sin luz pero llenos de historias. Un “adiós” sincero en una dirección, un “hasta luego” estúpido que se rompe, chocando con la primera palabra y cayendo al suelo, inerte.

Las copas chocan y el año nuevo llega. Último, el telón se acerca, buscando con esmero la dolorosa calma, el silencioso adalid de la melancolía. Chocan los besos, emergen las risas.

La última página de aquel viejo diario adolescente, descansa entre otras tantas historias. Ahogando y destruyendo muchos otros sueños anteriores y creando nuevos, reeditando la vida, partiendo de cero.

Nadie podrá creerse que sus ojos acelerasen a más de 120 km/h, atravesando aquel túnel inmenso, con luces hipnóticas como luciérnagas impetuosas. Ninguno sabrá con exactitud lo que él sentía, mirándola con la ventanilla abierta, sabiendo que aquella ocasión no volvería a repetirse.
Caían lágrimas desde el cielo, pero no se dio cuenta hasta que los años se diluyeron como polvo atravesado por rayos de luz.

El último instante de un verano pasado, se une con muchos otros creando un cuerpo nítido, una esfera de momentos que se agrieta con el tiempo, que se despedaza y se borra poco a poco.
Caminamos hacia alguna parte, dejando atrás infinidad de cosas, bifurcaciones en el camino que quizá, nosotros mismos en otro tiempo, en otro espacio, estamos recorriendo.

Las clases se vacían, con el toque de la última campana sonando de fondo. Los pasillos eligen el silencio como único aliado, sus pasos se pierden en dirección al abismo infinito, el inmenso olvido.

Inmóvil

Imagen obtenida de http://theendofthedark.blogspot.com.es/



Anoche estuvo en mi habitación, lo sé porque pude escuchar su voz, un eco lejano dentro de los sueños que a menudo asaltan mi mente. Sus palabras temblaban, llorando en el umbral de mis oídos, supongo que ha dejado de esperarme.
No pude abrir los ojos en ningún momento, ni abrazarla para que dejase de llorar, ni tocarla… Pero hace tiempo que incluso yo mismo, he dejado de esperarme.

Huelo las flores en alguna parte del cuarto, son algo a lo que nunca he dado demasiada importancia, pero ahora que tengo los ojos cerrados aprecio más su presencia. También huelo de vez en cuando el césped, la colonia de las enfermeras, o el olor del asfalto recién mojado. Pero todo ello se entremezcla, bailando en mi mente unos con otros, perdiéndose en mis propias ilusiones.

Anoche, como dije, ella vino. Me habló de Sara y de sus problemas en el instituto, de la vida en general, de la vida en particular, y de esos sucesos que no valen nada hasta que se echan de menos. Supongo que para ellos todo eso es importante, por eso escucho pacientemente, mientras viajo a través de la luz que todavía sobrevive dentro de mí.

No tengo intención de volver, mis músculos, mi cuerpo… Hace tiempo que no me pertenecen y aunque desearía gritar, saltar, correr a través de cientos de miradas atónitas, debo reconocer que comienzo a perder la desesperación, la esperanza, la amargura, y simplemente crece mi deseo de huir más allá de las nubes, las mismas nubes que miraba cuando perdí el control de todo lo que me rodeaba.

Al principio escuchaba muchas voces que hablaban, muchos deseos ocultos, demasiados monólogos vacíos. Pero sobretodo me escuchaba a mi mismo, respondiendo, gritando, peleando por salir de esta coraza que me mantiene tumbado en una camilla fría, día y noche.
Pero esas voces fueron desapareciendo, abandonando la espera eterna en la que se ha convertido mi existencia, si es que así puede llamarse.

En ocasiones me veo desde fuera, flotando en el techo, riéndome de ese cuerpo inútil que ya no va a ningún sitio, conectado a una máquina que parece más viva que yo. A veces alzo el vuelo y miro a Sara fumando, a mi padre escribiendo y a ella tocando el piano… Sigue tocando igual, solo que ahora todo suena más triste.

Ella vino y sentí que mi tiempo aquí se acababa, pues sus ojos habían derramado demasiadas lágrimas y los míos nunca volverían a abrirse. Escucho aquella canción resonando entre las costuras de mi alma, como un epílogo lento y acompasado de una despedida postergada. 
No importa lo que venga, lo que haya más allá de este ridículo y gran teatro, no importa el olvido, ni el tiempo perdido. Solo importan las historias que se están contando y las que están por contar, los que volamos sobrevivimos dentro de los que se quedan, aunque con el tiempo solo seamos una sombra, un suave retazo que provoca una leve sonrisa.

Escucho la canción de canciones y vuelo entre las ramas de los árboles, sin máquinas, sin camillas, sin tiempo que perder…


El Corazón de Piedra

Imagen obtenida de http://theendofthedark.blogspot.com.es/

El caserío se encontraba sumido en el silencio elegido de esos lugares que tiempo atrás han estado llenos de vida, de esos espacios mágicos que parecen a punto de venirse a bajo, víctimas propicias de un mal endémico… El paso del tiempo.


Lo había visto innumerables veces tras los cristales de su casa, en el mismo estado, embalsamado entre un millón de sombras. Pero, por suerte, aquello iba a cambiar, o por lo menos eso es lo que él creía.

Las enredaderas fueron las primeras en escapar de la corteza de sus paredes, los obreros tardaron tiempo en reconstruir parte de la fachada, pero él no tenía prisa, el tiempo ya no era, ni volvería a ser ningún obstáculo. A pesar de ello, sentía que aquello podría ser su último acto, la última obra que le quedase.

Mantuvo en la medida de lo posible, todas las fotos y los cuadros intactos, pues sabía que el corazón de aquella mansión era lo más importante.
Los viejos ventanales eran sus ojos, parte de aquel ente superviviente, que ahora estaba ciego. Por ello cambió sus marcos y sus pestañas, sus cortinas, sus párpados y por supuesto, sus pupilas…

Fue dibujando todos los cambios, todos los ajustes en la estructura, pues como ya dije anteriormente, el tiempo no existía dentro de aquel espacio, en el interior de aquella finca extraviada de la mano del universo.

La gente que iba y venía murmuraba, hablaban entre ellos de aquel hombre con semblante perdido, de ojos negros y manos rápidas con el pincel. Pero nadie lo recordaba o conocía, nada importaba y todo era trascendente, no sabría explicarlo ahora mismo, pero aquel hombre estaba tan consumido por su propio pasado que el futuro ya no parecía importarle, simplemente vivía en aquel filamento temporal minúsculo que llamamos presente.

Llegó septiembre con la fuerza de los temporales, y toda la gente desapareció de aquel caserón, a cuenta gotas, perdiéndose tras los muros que abrían paso al mundo real.
Llovía en el exterior con fuerza, mientras sus ojos contemplaban los abetos desde la ventana, el cielo engalanado con las gotas de agua, Abrió una botella de vino y llenó una de las copas que yacían en la encimera nueva, se acercó con parsimonia a una de las fotos que había rescatado del sótano de aquella mansión, y solo entonces supo que todo había terminado.

– Por ti, siempre ha sido por ti -dijo levantando la copa hacia la imagen congelada.



Sus ojos eran verdes, y negros, también eran azules, a veces marrones… Su piel concentraba los rayos de sol, y sus palabras suavizaban las aristas de los peñascos en los que tantas y tantas veces perdieron la cabeza. Era ella, y era él, por ello ambos sabían que todo terminaría desapareciendo…









La Primera Tormenta de Verano



“El sol languidecía tras los árboles, emitiendo sus últimos rayos entre las ramas, esforzándose en mantener vivo nuestro último día.

Las hojas se arrastraban, se arremolinaban entre las raíces, empujadas por una brisa suave, la respiración de un verano moribundo. Tus ojos estaban fijos en el vacío, comprendiendo y descifrando las claves del universo, explotando dentro de tu propia inmensidad un mundo nuevo, o eso creía yo.

Desde nuestro banco podía ver los castillos de arena deshaciéndose poco a poco en las finas olas, despacio, pero de forma inexorable. Éramos conscientes de que aquello era un epílogo seguro, un final, y todo parecía estar calculado para que todo se fundiese en el olvido.

Recuerdo que tenías entre tus brazos aquel gato que encontramos en primavera, un felino con suerte, amigo de perderse tras los muros de aquella mansión abandonada que vigilaba el océano, la misma en la que entramos un sinfín de veces.

Pocas palabras se pronunciaron aquella tarde, y los nubarrones comenzaron a avanzar a medida que las horas pasaban, ángeles negros que cubrieron el cielo completamente, dejando que el agua mojase nuestros cuerpos, justo antes de que el sol desapareciese.

Olía a tierra mojada y los recuerdos se llenaron de agua, inundándose el tiempo que pasamos, quedando intacto en mi cabeza para siempre… Y corrimos bajo aquella cortina espesa, pisando los pequeños charcos que comenzaban a formarse, la primera tormenta de verano, el último adiós de tus labios.

Nunca fui valiente, supongo que de tanto vivir en el pasado creí que mi vida nunca llegaría a un punto de no retorno. Imagino que el tiempo te hizo olvidarme, y por ello yo he sido el encargado de recordar nuestra historia, de mantenerla con vida a través de los años.

Solo quiero guardar lo único que realmente ha merecido la pena en mi vida, supongo que por eso escribo esta carta, una carta que probablemente nunca llegue a ser vista por tus ojos… Ojos que no volveré a mirar…”


Escribió todo lo que sentía en la fría cama de un hospital, su vida se escapaba pero tenía la sensación de haber muerto mucho antes, cuando sus manos se separaron en aquella cálida y lluviosa noche. Observó durante largo rato la ventana empañada, la lluvia hacía acto de presencia, el invierno había llegado de nuevo.

La nota calló al suelo lentamente, escapando de su mano, el segundero del reloj quebró el silencio a cámara lenta, las ventanas se iluminaron con un rayo lejano y después… Nada.



Aquella carta llegó unos días más tarde a su destinataria, temblando y llenándose de agua, primero despacio y después rápidamente, como un amor adolescente que se quiebra, marcándose a fuego en un corazón vacío.

Un Océano bajo sus Ojos


La luz se proyectó sobre las rocas que miraban el océano, sobre las olas que chocaban y el agua que se colaba entre las grietas, sobre los charcos. Avanzó poco a poco creando sombras y claros en toda la costa, cubriendo toda la extensión que podía abarcar tu mirada.

Extendiste los brazos, dejando que el viento meciese tu cuerpo hacia delante… Hacia atrás… En equilibrio perfecto sobre los peñascos. Me miraste, sonriendo, con ojos brillantes, dejando que el pelo cubriese tu cara.

Te dibujé mientras nadabas entre la espuma, mientras gritabas que lanzase las pinturas a cualquier parte, que viviese por una vez, en lugar de verlo todo desde lejos… Y conseguiste que el cristal se rompiese, que los acontecimientos formasen parte de mí y no fuesen una proyección que danzase sobre mis párpados.

Sé que esta imagen es un simple sueño, un vago recuerdo de otra vida que se ha convertido en la mía, algo que me aparta poco a poco de la realidad y los acontecimientos presentes. Pero no puedo evitar preguntarme, si existes realmente.

Escribiste en mi muñeca un número, pero no podía ver más allá de tus ojos, del océano que avanzaba bajo tus pupilas. Puedo recordar tus piernas mojadas, tu pelo rozando mis hombros, y el sol cubriendo tu piel.

Te sumergiste bajo el mar y miré por vez primera el número escrito en mi muñeca, la tinta comenzaba a deslizarse, a borrar cada cifra. Me miraste por última vez, sonriendo tristemente sobre el agua…

Me desperté e intenté recordar, recordar, recordar… Y junto al seis iba el tres, y después el vacío se extendía entre la tinta y tus ojos, y el océano bajo las pupilas, bajo tu piel, el tiempo, el recuerdo que se perdía…

Un simple sueño, me repetía, y de todas formas no importaba pues jamás podría encontrarte, un mundo es demasiado grande para un solo hombre, dos simples ojos no pueden abarcarlo todo. Pero nunca debes decir “nunca”, y jamás debes creer que algo es imposible, pues el universo conspira a favor de la gente que desea, a favor de aquellos que buscan lo inimaginable.



El tren estaba repleto de gente, y una mirada alzó el vuelo… Zigzagueando entre los cuerpos, avanzando sobre los asientos,  para finalmente caer sobre otros ojos, sonriendo, desplegando bajo sus pupilas un océano infinito, un sueño que ahora se convertiría en realidad.