La Playa de los Cuervos

Te recuerdo de perfil, como si mis ojos fuesen una cámara que te enfocase de lado, desde un segundo o tercer plano que no soy capaz de definir.
Y siempre que puedo describo tu sonrisa, no es que el resto careciese de importancia, pero lo que dibujaban tus labios parecía sacado de un libro, una película, un cuento que nunca llegas a creerte hasta que lo ves en persona.
Te recuerdo como recuerdan los que se pierden en algún punto de los sueños, borrosa a veces, increíblemente nítida otras. Como cuando buceas rozando la oscuridad que se cierne desde las profundidades y te das la vuelta. Pudiendo observar así los rayos de sol agujereando las partículas del agua, rozando con su brillo hipnótico la piel, acompañando el baile cristalino de las olas…

Pero bajo el agua todo es pasajero, una ilusión temporal. Los pulmones piden a gritos respirar y la vida pasa de la calma a la agonía, hasta que sales a la superficie, respiras y el ruido y el frío se alían para que pierdas la noción del tiempo.
Pero no importa, por muchas veces que lo hagas volverás a sumergirte, a darte la vuelta, a admirar la belleza simple y compleja de esa luz escurridiza que se dobla, que canta sordamente mientras tu cuerpo permanece suspendido entre infinitas capas de agua. Y aquella cámara sigue grabando, en segundo o tercer plano, alejándose inexorablemente hacia el olvido. 

Supongo que es aquí donde comienza esta historia, dentro de ese recuerdo, de las gotas de agua rodeándome. Supongo que fue entonces cuando decidí formar parte de aquel extraño proyecto sobre los “Cristales de Tiempo”. Que jamás llegué a creer hasta que sobre aquella multitud de puntos de luz te vi, sin tiempo para asimilarlo. Y entonces, simplemente, dejé de existir.

 
El café es demasiado amargo. La máquina sigue sin tener bien ajustados los parámetros o eso cree mientras la mira de reojo, realmente cansado. 

La encimera proyecta imágenes de guerra y en los altavoces se escucha la voz de la presentadora de noticias hablando de cosas que nadie suele escuchar realmente.

– Ya sabíamos que esto iba a pasar y nadie hizo nada -se encoje de hombros y se levanta. Guiña un ojo y acto seguido las imágenes desaparecen y el sonido cesa .- A veces la tecnología no es tan mala cosa…

Bajo tierra, hacía tiempo que todas las cosas importantes se decidían bajo tierra. Por miedo, por la certeza de que algo ocurriría tarde o temprano que diese la vuelta al orden establecido.
Y dentro de aquel tedioso vaivén de conspiraciones se encontraba él, una pieza más en un puzzle que se deshacía con cada error, con cada paso en falso.
A pesar de todo, de las guerras por el agua, de los atentados y las catástrofes naturales cada vez más recurrentes, aquel día el aire parecía contener la receta mágica de aquellos amaneceres olvidados en los que había manos que podían cambiar la realidad con un simple roce.
Y mientras el ascensor descendía hacia el vacío, tuvo la sensación indescriptible de que todo; el futuro, el pasado y el presente confluían en ese punto, como la sangre que fluye entre vasos sanguíneos hacia el corazón.

– ¡Enciéndete! -ordenó en voz alta sentado sobre la silla de mando, a oscuras-.

Una tenue luz verde se encendió entonces sobre sus ojos, parpadeante, como una lejana estrella. A esta la acompañaron cientos, miles. En cuestión de segundos millones de luces verdes rodearon la esférica estancia y sus ojos brillaron, sin saberlo, de una forma inexplicable.

– Sistema Solar, Marte, hace 4300 millones de años.-dijo en voz alta mientras se removía sobre la silla impacientemente-.

Las luces cambiaron entonces a negro y un planeta de aspecto similar a la Tierra apareció ante él, suspendido en la inmensidad del oscuro universo…

Cada punto de luz procesa una determinada parte del código temporal del universo, código almacenado en el corazón de los cristales de tiempo que nos rodean y atraviesan, de los que formamos parte. En los que vivimos y morimos, en los que nos congelamos para siempre.

Sonrió, todas las conferencias en las que teorizó acerca de la máquina se hacían realidad, de forma visible, palpable. Todo el sufrimiento se dio la vuelta ante él, sobre un Marte todavía joven, sobre su enorme océano.

Pero aquello no era suficiente, nunca lo fue. Las ideas se mueven por deseos, por fuerzas a veces inexplicables que llevan a crear mundos bajo mundos, a cambiar la realidad, aunque sea de manera ínfima. Y él, lógicamente, no era diferente de ninguno de ellos. Por esa razón había cambiado las contraseñas de entrada, pirateado los sistemas de alarma y se había sentado de nuevo al mando de su máquina, de su creación.

Por ello tampoco quiso escuchar los gritos que provenían de más allá de las puertas blindadas, advirtiéndole de que la muerte le aguardaría cuando se abriesen de nuevo. Porque sabía que jamás saldría de allí.

– …,podríamos ver, viajar suena casi utópico. Pero el mero echo de poder definir visualmente nuestro universo sería un punto de inflexión increíble para nuestro conocimiento. -dijo él fijando la mirada en algún punto del cielo-.

– Entiendo…, digamos que sería como las máquinas de recuerdo mental, tan de moda ahora, pero con todo el universo -mientras hablaba ella movía las manos, como si quisiese dibujar las palabras con trazos finísimos sobre el aire-.

– Sí, más o menos. Con la diferencia de que en todas esas máquinas hay errores provocados por la propia forma de recordar del ser humano. Obviamente los cristales de tiempo no tienen ese problema, plasman las cosas tal y como son, tal y como fueron, tal y como serán…

No se habían dado cuenta pero el sol comenzaba a bañar de nuevo la costa, acariciando con ternura pasajera todo aquello que les rodeaba. Increíblemente sus cuerpos desnudos no fueron conscientes del frío, dentro de aquel agua cristalina que emitía destellos únicos sobre la piel.

 – Es extraño -dijo ella cuando salían del agua para marcharse-. Juraría que algo nos observa, pero supongo que es una chorrada.

– Puedo verte… Puedo verte… -lloraba, temblaba…, la había recordado durante todo ese tiempo. Pero ahora que sus manos se posaban sobre la pantalla de la enorme máquina, los recuerdos se convirtieron en algo todavía más doloroso. No podía suceder de nuevo.

– No te preocupes, si que hay “cosas” que nos observan. Todos esos cuervos no paran de mirarte…

Ella le pegó una colleja y se fue caminando hacia el coche interpretando un enfado intencionadamente teatral.
Pero él se quedó mirando a los cuervos, que de una forma extraña seguían clavando sus ojos sobre ella. Sus cuerpos se mantenían rígidos, petrificados sobre las rocas, como si no fuesen más que estatuas…

– ¿Vienes o que? ¡Si quieres te dejo aquí para que disfrutes de la lluvia!

“El vuelo del cuervo te hizo despertar, 
despertares que tardan cien años, 
las alas negras cortaron el aire, 
mostrando imágenes pasadas de antiguos presentes. 
Manos que se unían, 
cielos claros sin nubes en los costados,
bocetos de futuros dibujados en el suelo…” -dijo entre susurros, para sí. Y entonces, por una fracción de segundo. Pudo verse a sí mismo tras los cuervos, como una especie de sombra hipnótica que desapareció en el aire con la llegada del primer trueno.

Las imágenes cesaron, de pronto. Sus ojos permanecieron abiertos durante mucho tiempo, estáticos en cierto punto del horizonte creado por la máquina, por las estrellas que se congelaron dentro de ella.

Hundido sobre la silla su mente se convirtió en una niebla espesa, los recuerdos se hicieron extrañamente borrosos y el tiempo, como la máquina, comenzó a deshacerse. Un ruido sordo, un estruendo, una luz cegadora y una sonrisa, congelada para siempre en el corazón de un tiempo que se convirtió en ficticio. En posibilidad hipotética bajo una playa lluviosa llena de cuervos y risas, llena de sueños sobre máquinas imposibles, y sombras del futuro asesinadas dentro de un coche normal y corriente, como todos los que un día fueron testigos de las más simples e increíbles historias.

 
 
 
 
 
 
 

“A ti, la sombra, la luz. Mi eterna inspiración, mi sueño, mi imposible”
 
 
 
 
 

 

El último ciudadano de Venus

Cuando tus ojos son los últimos en observar el mundo, en crear océanos salados en los párpados, en ver la luz impasible de la cúpula celestial…, cuando eres el último de tu especie algo por dentro te llama, te guía hacia la muerte con una fuerza estremecedora.

Camino empujado por un recuerdo, el mío, el nuestro, el de todos los estúpidos que no entendieron o no quisieron entender que la respiración de nuestro mundo estaba cambiando, que el sueño se acababa. Camino a través de un desierto de casas de ojos oscuros, a través de desquiciantes ilusiones sobre la tierra seca, tierra repleta de venas negras…



– Maldita escotilla…, consigo arreglar todo el fuselaje y esta basura se queda atascada… Sí, hablo en alto porque sino acabaré volviéndome loco, si es que no lo estoy ya…

– Señor, no se alarme, le traigo las piezas que me pidió -el droide volador dejó caer un amasijo de objetos metálicos sobre el suelo sin demasiado cuidado-.

– ¿No crees que podrías avisar antes de armar escándalo?, casi me da algo.

– Usted me pide algo y yo se lo traigo -en su pantalla frontal se podía ver una cara pixelada sonriendo que se movía de arriba abajo.

– No cabe duda que diseñarte con sentido del humor no fue buena idea. -dijo mientras seguía intentando abrir la escotilla sin demasiado éxito-.

– Nadie es perfecto señor…

Finalmente la escotilla cedió y otro droide salió al exterior. Esta vez se trataba de un modelo antiguo, anterior a la revolución biomecánica. Un pequeño escarabajo con ruedas cuya superficie estaba llena de pintadas, tatuajes de guerra probablemente creados por su anterior dueño.

-“Bladubrur” susto, “blajidris” no salir casi. Ataque corazón “glubr”, gracias. Actualización en proceso…

– Nunca lograré entender a este viejo, señor.

– En eso estamos de acuerdo… -dijo sonriendo ampliamente. Sin aquellos dos habría perdido la fé con anterioridad.



No había señales del exterior, ni siquiera un triste epílogo que le hiciera perder la esperanza…, si es que quedaba algo de ella en el interior de su mente.
La realidad es que las naves marcharon, sin promesa de regreso. Y aquello había sucedido antes incluso de su nacimiento, era un rumor tácito en las gargantas sombrías de los pocos que pululaban en aquel planeta moribundo. Pero el rumor se quedó sin gargantas, se quedó sin voces de las que respirar, y para entonces solo era un sueño repetitivo, que le visitaba cada noche.

Aquella noche era de esas, de esas en las que su cuerpo se encontraba al límite. No había comido durante dos días enteros y el potabilizador de agua solo le había podido otorgar un par de gotas lastimeras que desaparecieron sobre su lengua en un abrir y cerrar de ojos. Si no llovía o encontraba comida pronto, moriría antes de haber probado siquiera su última máquina.

Algo en la oscuridad, una canción que parecía navegar entre las dunas de arena lo devolvió a la vida. Se frotó los ojos, mirando de reojo a los dos droides que descansaban sobre el suelo…, también para ellos corrían tiempos difíciles.
Al abrir la escotilla el sonido del viento llegó hasta sus oídos, silbando con suavidad. E imaginó a todos los que había perdido hablando juntos bajo aquel sonido, como si el viento se hubiese convertido en la memoria del mundo.
Pero entonces se percató de que no era esa la única sintonía que susurraba a través de la arena.

Corrió en dirección a la nada, siguiendo la estela del sonido primero, y de la luz después. Como cuando era niño y perseguía a aquellos pequeños anfibios fluorescentes, a través de las interminables cuevas que se adentraban como gargantas hacia el interior del mundo. Entonces no entendía que su hogar era un simple residuo de algo mucho más rico en el pasado.

La luz flotaba en el vacío y él seguía corriendo, sintiendo en su interior el eco de aquella canción rebotando en sus entrañas. Juraría haberla escuchado con anterioridad, pero no sabría enmarcar el contexto o la situación concreta en su memoria.
Entonces pudo ver una silueta, rodeada de oscuridad pero brillando sin miedo en el vacío. Pudo verla y ella lo miró a su vez, entre las danzantes luces de un fuego que se extinguía, exhausto, en ambos corazones.



– ¿Estas seguro de que funcionará? -dijo ella a su lado, con un casco enorme en la cabeza y un traje espacial desgastado.

– Nunca he estado seguro de nada. Pero creo que ambos queremos algo más que desiertos y polvo.

Ella afirmó con la cabeza, y a continuación puso sus ojos negros fijos en el cielo.

– Para morir de hambre aquí, mejor hacerlo con el recuerdo de nuestro hogar entre las estrellas.

– Espero que no haga falta morir -dijo él mientras ascendían verticalmente hacia el espacio, apretando los dientes tan fuerte como permitieron sus mandíbulas.

La nave crujía, acelerando cada vez más hasta atravesar las nubes. Silbando hipnóticamente al calor del sol impasible en su cúpula celestial.
Entonces pudieron ver el curvado horizonte con lágrimas de nubarrones a los pies, pudieron ver y sentir el llanto mudo de Venus, consumiéndose a sí mismo en un fuego que no había hecho más que comenzar.



Estaba oscuro y silencioso, como únicamente puede estarlo el espacio. Ambos se habían desmayado en algún punto del ascenso y ahora comenzaban a abrir los ojos, despacio. De vez en cuando podía escucharse el pitido de uno de los droides que se mantenía anclado en el techo de la nave.

– La noche que nos conocimos recordé mi infancia -su voz sonaba ronca, pesada y lejana-. Aquellos animales que brillaban en las cuevas rodeadas de árboles, el lejano sonido del agua cayendo, el aire húmedo que olía a musgo, hierba y roca… Creí que había perdido todo eso, pero entonces me salvaste, caí y me levantaste, como solo podrías hacerlo tú. Y ahora lo entiendo, cuando el viaje termina o comienza. Entiendo que a pesar de todo no estoy solo. -las palabras nacieron como solo pueden hacerlo en el pensamiento, deslizándose en el aire como si su boca no hubiera servido de intermediaria.

– Ambos estamos solos, y eso implica que no lo estamos… -dijo ella mirando a Venus por última vez, y aunque en ese momento no se dio cuenta, aquella imagen haría que sus sueños se viesen alterados durante incontables noches en el futuro.

En la lejanía un diminuto punto de luz azul brillaba sin artificio alguno. Perdido en el espacio infinito, como una mota de polvo en el océano. Todavía joven, todavía intacto, aguardando paciente tras el telón de la noche eterna.





El Pincel Rojo



El agua cae, formando charcos cristalinos sobre asfalto y tierra. Un relámpago ilumina los tejados, fugazmente corta el cielo en dos mitades, rabia incontenida de las nubes que se abre paso en la oscuridad.

Un hombre aparece de la nada en plena noche, con ropas antiguas e impecables. Los ojos repletos de sorpresa, las manos temblorosas y pálidas, frías como el aire cortante que viaja a través de los edificios.

En su reloj de bolsillo las agujas marcan la medianoche, pero su atención se centra en lo que le rodea, boquiabierto y ensimismado, intentando descifrar dónde se encuentra.

– ¡Cuidado! ¡Salga de la carretera! -gritó una joven desde un balcón, portando en la mano un pincel rojo-.

El hombre sonrió, saludando inocentemente mientras un coche se acercaba a sus espaldas. Las luces del automóvil recortaron la silueta, anticipando el fatal desenlace.

No hubo muerto aquel día, ni siquiera una llamada a emergencias. El conductor estaba demasiado borracho como para entender lo que había sucedido y continuó su camino, dibujando eses mientras desaparecía a través de las calles.
Pero la mujer del balcón no podía creerlo, bajó hasta la calle buscando algo que evidenciase la presencia de aquel hombre antiguo, sin conseguirlo.

Dibujó durante años la escena con su pincel rojo, mostrando fielmente el instante vivido y la cara sorprendida de aquel individuo que parecía observarle desde algún pasado inconcreto, desde una especie de ventana temporal.

Llegó a suponer que habría sido un sueño, una mala pasada de su imaginación. En ocasiones tenía sueños vívidos que confundía con recuerdos, “no era algo tan raro”, se decía.
Pero cuando casi había olvidado lo que ocurrió aquella noche, todo pareció cobrar sentido de una forma insospechada.

Hacía frío en casa de su abuela y ella miraba las fotografías viejas sin prestar demasiada atención, las había visto tantas veces que no solía darse cuenta de que estaban ahí.
Sin embargo una de las imágenes la despertó de su ensoñación, los ojos de un hombre la observaban detrás de un ejercito de fotografías más recientes.

– ¡Abuela!… -tuvo que esperar un rato a que la señora apareciese en la estancia con cara sonriente- ¿Quien es este hombre?

– Déjame ver… -cogió sus gafas y repitió su sonrisa habitual, pero esta vez de forma un tanto melancólica- Este hombre fue novio de tu bisabuela hija, él le regaló el pincel que te di yo hace tiempo. -señaló el pincel que el hombre sostenía en la mano- Sé que no lo parece porque la imagen es muy antigua, pero ese es tu pincel rojo. Si quieres, puedes ver unos cuantos cuadros que le regaló a tu bisabuela antes de irse…

– ¿Irse? ¿A donde se fue?

– Desapareció hija. Nadie sabe a donde fue… Pero ahora eso poco importa.

Su abuela sacó los cuadros de un armario viejo del sótano, dejándola sola para contemplarlos a fondo.
Sintió que conversaba con aquel hombre a través de sus pinceladas, como si el tiempo hubiese ocultado la barrera que los años habían interpuesto con esmero.

Fue entonces cuando uno de los cuadros llamó su atención. Un cuadro nocturno y cálido, de edificios enormes que rozaban el cielo. Ella estaba en un balcón, emitiendo luz propia, como si el resto de objetos realmente no importasen.
En la esquina inferior derecha una nota se podía leer, eternamente suspendida sobre la pintura. “Pude ver el futuro, pude verla a ella y el presente se tornó gris. Pálido como una niebla mortecina que rodea cada cuerpo, cada instante.”



No hubo más viajes en el tiempo, ni más cuadros. No hubo final memorable como en las novelas que solía leer.
Simplemente se dejó llevar a través del mundo, sabiendo que en algún lugar del futuro ella seguiría observando la calle, continuaría pintando con su pincel rojo, bajo el cielo nocturno.

El Ataúd Metálico


Solo veo oscuridad, mire a donde mire…


Estoy tumbado sobre el suelo, metálico y frío. Una pantalla se enciende de vez en cuando, en el techo, proyectando imágenes difusas y sonidos que retumban a través de los pasillos.

No recuerdo nada más que esto, he crecido entre estas paredes, aislado de lo que pueda haber más allá. He aprendido a guiarme a través del pasillo, en la oscuridad, buscando la poca comida que queda apilada en el cuarto más grande… Pero aún así, las costillas sobresalen cada vez más.

Los sueños me engañan, salgo de mi cuerpo y camino más allá de los bloques metálicos, a través de un camino lleno de colores y estructuras que se alzan sobre mi cabeza, vivas, rozando el cielo con sus gigantescos brazos. Pero sigo allí, como el pez que todavía sobrevive en el cubo de cristal, encerrado para siempre.

Antes la pantalla me hablaba con claridad, mostrándome imágenes tranquilas de lugares mágicos e historias increíbles. Ahora no hay más que chasquidos y sombras, una mezcla de interferencias e imágenes que solo duran unos segundos, para volver a sumirse en una tormenta confusa.

Las fuerzas se me escapan, como si el oxígeno hubiese abandonado ya mis pulmones, o yo mismo hubiese escapado al fin de mis propias entrañas. Tirado sobre el suelo metálico, duro y frío.

De pronto escucho una alarma, inundándose el habitáculo de una luz amarilla, roja y verde, intermitentes y continuadas en el tiempo. Me ciegan, me asustan, acabando con la oscuridad durante varios minutos.

Un crujido, unos chasquidos y un golpe seco enmudecen el sonido de la alarma y sus luces. Asomo mi cabeza al pasillo, contemplando el lugar del que procede el ruido. La pared se abre, una puerta que jamás había visto trae consigo una luz clara, quemando mis ojos con la fuerza de un rayo.

Sigo tumbado, intentando poco a poco aspirar el aire que acompaña filamentos de ceniza y polvo. Todavía no puedo salir al exterior, el miedo y la luz son, por el momento, un muro infranqueable.



La noche llega, trayendo consigo el aire frío y la luz suave de las estrellas, que se derrama sobre diminutas nubes flotantes.
El joven sin nombre sale de la gran caja, portando un cubo de cristal en su mano derecha, y con la izquierda parece intentar alcanzar el cielo. Quizá nunca sepa porqué estuvo encerrado, ni qué brazos colocaron su cuerpo dentro de aquel ataúd metálico… O si podrá encontrar siquiera a alguien más como él en alguna parte de lo infinito, pero sigue soñando con averiguarlo todo y mientras sueñe todo será posible, y la vida tendrá sentido.

La Gran Roca

(“La máquina jamás podrá viajar a momentos anteriores a su creación”, o eso creían los primeros ingenieros. Ahora sabemos que este supuesto no es del todo cierto, los últimos diseños han demostrado que la máquina puede utilizar una estructura inmutable que consiga retrotraernos mucho más allá…)

Meneó la cabeza, debía apartarse aquellos pensamientos de la cabeza si no quería acabar abrasado. Su abuela nunca llegó a ser testigo del caos que llegaría después de su muerte, pero sabía que ocurriría, a ella nunca se le escapaba nada.

– ¡Batería a punto de agotarse! –la motocicleta se quejaba, llevaba ya varios kilómetros haciéndolo.

– Te escuché la primera vez, ya estamos en consumo mínimo, no puedo hacer más… -de nuevo estaba discutiendo con aquella máquina, ya no sabía quién estaría más loco.

– En ese caso, tenemos un problema –dijo la motocicleta bajando el volumen de su altavoz.

– Llegaremos, no te preocupes…

En aquel momento apareció ante sus ojos la gran cúpula blanca, el último refugio de los pocos humanos que aún quedaban en la Tierra. Entonces recordó los antiguos libros que aún sobrevivían en la biblioteca, llenos de imágenes antiguas de un mundo que ya no existía.

La enorme puerta se abrió lentamente y él aceleró para entrar, no quería seguir en el exterior ni un minuto más…

– ¡Loco!, ¡Frena! –gritó Laura cuando entró.

La motocicleta crujió y resbaló sobre el pavimento, emitiendo un sonido ensordecedor. Él sonrió, sabía que aquello enfadaría a Laura y a él le encantaba discutir. Derrapó y frenó justo antes de estrellarse contra el muro metálico.

– Tranquila, nosotros sabemos lo que hacemos –dijo él quitándose el respirador y dándole un pequeño golpe en la tapicería a su vieja motocicleta.

– ¡Suerte que ya queda poco tiempo o algún día destrozarías la cúpula entera!

– Gracias por confiar en mí señor –dijo la motocicleta a sus espaldas.

– Ya te dije que no me llamases “señor”, llámame Samuel o nos llevaremos mal… Ya no sé cuántas veces le cambié la configuración, pero a ese viejo cacharro le da igual –le dijo a Laura mientras atravesaban la puerta de entrada.

– Quizá sea por eso, quizá sea demasiado viejo como para cambiar –dijo ella dándole un golpe en la espalda.

Ya solo quedaban once personas dentro de la cúpula, el resto habían viajado días antes, cansados de ver a aquel planeta sucumbir por el daño ocasionado. Era curioso y horrible pensar que no habría un futuro en aquel tiempo, pero después de tantos años intentando buscar una solución, provocando cambios en distintas épocas remotas… Se dieron cuenta de que la salida no estaba en el futuro, sino en el pasado.

Samuel ya había viajado anteriormente, pues quería respirar el aire puro de otros tiempos… Es probable que eso fuese lo que más le gustaba del pasado, el no tener que usar ningún aparato tecnológico para respirar.

Las reglas eran simples, pasar desapercibido y provocar los menores cambios posibles si no querían desaparecer, evaporarse en el aire como si fuesen una silueta de vapor. O eso es en teoría lo que les habían contado, aunque a efectos prácticos parecía una historia de terror para niños.

Muchos ya habían decidido cuál sería su destino y se fueron encaminando hacia las múltiples máquinas que se alineaban en la Sala de Tránsito.

– Yo no me voy–dijo Samuel mirando a Laura-.

– ¿Cómo?

– Lo que escuchas, creo que más allá de las montañas todavía quedan árboles intactos…

– ¡Pero eso es imposible! Ninguno de los “rastreadores” han encontrado nada…Y aunque fuese cierto… Tarde o temprano eso terminará muriendo, nuestro mundo es el final del viaje.

– Creo que la propia necesidad de encontrar una solución nos ha llevado a no encontrarla. ¿Qué hay de todos aquellos que viven fuera de la Tierra? Seguro que algún día vuelven aquí.

– Nos han dejado tirados y lo sabes Samuel, la única solución posible para nosotros es utilizar el pasado para sobrevivir, y no creo que eso sea tan malo.

– Supongo que tienes razón… Pero quiero saber qué se esconde tras esas montañas, hoy en la pantalla de la “moto” apareció una franja verde cuando estaba a unos cien kilómetros de aquí. Y como os dije la semana pasada juraría haber visto nubes de agua en la misma zona… Recargaré ese “cacharro” y mañana saldré hacia allí.

– Si vas yo te acompaño, las máquinas no escaparán de donde están.

– No tienes porqué ser partícipe de mis locuras Laura…

– Bueno, yo también tengo curiosidad por ver esa “locura”.

La cúpula se vació por completo, a excepción de ellos dos. Todos los demás se habían marchado aunque ninguno de ellos se había despedido, desde que existían las máquinas temporales el “adiós” ya no significaba lo mismo.

Ambos se subieron a la motocicleta y la puerta se abrió, dejando que el polvo los saludase de manera efusiva.

– ¿Hoy tenemos invitados señor?

– Que no me llames… Bueno da igual, sí, tenemos una invitada. Intenta ser cortés. –dijo Samuel a su amigo metálico.

– Si es así, bienvenida señorita –dijo la motocicleta mientras ponía la canción “What A Wonderful World de Louis Armstrong a todo volumen.

Quedaba poco para llegar cuando observaron a lo lejos la llegada de una tormenta de arena, la motocicleta aceleró para sortear los últimos kilómetros rápidamente, pues Samuel intuía que al otro lado de las montañas aquella tormenta no importaría.

– ¿No crees que deberíamos volver? –dijo alzando la voz Laura para que se le escuchase por encima del ruido del viento-.

– Si volvemos acabaremos debajo de unos cuantos metros de arena, solo podemos seguir.

La ascensión supuso un contratiempo, pues los ganchos de las ruedas de la motocicleta estaban desgastados y estuvieron a punto de caer más de una vez de vuelta al desierto. Samuel apretó con fuerza los dientes y la motocicleta ascendió los últimos metros que les separaban del otro lado justo cuando la tormenta ya se cernía sobre ellos.

Ambos bajaron de la “moto” y se frotaron los ojos, que escocían a causa de la arena. Descendieron durante un buen rato sin ver absolutamente nada, aunque por suerte el radar de la motocicleta, que llevaba Samuel a rastras, seguía intacto.

Poco a poco el viento aminoró y lo que les rodeaba se fue haciendo cada vez más claro. Árboles enormes se alzaban sobre sus cabezas y la hierba les rozaba las rodillas… Aquello parecía sacado de algún tiempo remoto, como los saltos temporales que había hecho Samuel años atrás, buscando una cura para algo que parecía no tener solución.

– No es posible… -pudo decir Laura al fin-.


– Sí que lo es… Lo tienes delante, esto nunca ha sido el final del camino. Pero por suerte estábamos ciegos, por suerte dejamos de buscar y ahora, después de tanto tiempo… Existe un futuro al que llegar.

“Los hombres olvidaron la naturaleza, el cielo y todo lo que les rodeaba. Los hombres olvidaron caminar, perdieron sus pasos y desaparecieron sus huellas. Ellos olvidaron y la naturaleza pudo respirar de nuevo, bajo la mirada atenta de una estrella cada vez más grande.”








El Último Vuelo

El humo se extendía por las calles, como una sábana oscura e impenetrable, ahogando los pocos cuerpos que se movían bajo su aliento. El silencio solo era perturbado por un estruendo lejano, más allá del muro de piedra.

Liam miraba el cielo, o por lo menos intuía su presencia, puesto que la bruma no permitía ver más allá de las farolas plásticas que flotaban a unos cuantos metros del suelo. Estaba sentado sobre una bici vieja, oxidada, con su aparato nuevo de respiración en la boca y unas gafas protectoras.

Todos los días deambulaba por aquel lugar, buscando cualquier cosa que pudiese intercambiar o vender a los mercaderes. Cuando caminaba podía vislumbrar el pasado reciente del mundo, que en aquel momento era tan lejano como el propio horizonte. Las historias de sus padres reverberaban entre los cascotes de cemento, formando en su mente una vívida realidad antigua. Los mismos padres que desaparecieron tras “La Última Gran Guerra”, el final de una cadena de despropósitos.

En aquel momento sus ensoñaciones desaparecieron, pues una luz amarilla comenzó a danzar ante sus ojos. En un primer momento creyó que era producto de su imaginación, pero aquello, después de parpadear varias veces, seguía allí.

Movido por un resorte que jamás había sentido, comenzó a perseguir aquel faro hipnótico a través del desértico suelo, y mientras corría entre el humo ciertas miradas se posaron sobre su delgada figura sin prestarle atención.

La luz se posó en el suelo, el muchacho, cansado, la miró curioso mientras acercaba sus gafas hacia aquello.  Era un insecto, como los que había visto en el álbum fotográfico de su padre, en una imagen de un prado y una puesta de sol.

El niño pudo ver bajo el insecto una especie de palanca de madera.  Tiró de ella hacia arriba, con fuerza, hasta quedarse sin respiración. Fue entonces cuando un tablón bajo sus pies se abrió, dejándole caer en la absoluta oscuridad.

Por suerte la luz de sus gafas se encendió, iluminando el túnel angosto y húmedo en el que se encontraba. La luz del insecto siguió moviéndose ante él, y su curiosidad le hizo avanzar, a gatas, lentamente.

Finalmente, tras varios minutos, pudo ver una luz clara iluminando aquel espacio, para aquel entonces ya podía caminar, pues la cueva se había ido ensanchando y agrandando a su paso, como si hubiese recorrido el estómago de un animal gigante, quizá un dragón de piedra dormido, pensó.

Un riachuelo lo esperaba al salir, y la luz clara del sol, sin nubes, le cegó durante un buen rato. Le lloraban los ojos, y su corazón parecía a punto de estallar… Jamás había visto el cielo azul, exceptuando en los libros y las cosas que decía la gente mayor. Pero allí estaba, ante él, inundando una cúpula inmensa que llegaba hasta el horizonte.

El insecto se posó sobre una roca, cansado, sin energía, pero para entonces el muchacho había olvidado su luz y su vuelo hipnótico, el mundo le esperaba más allá del humo, más allá de la muerte.

Se fue lejos, se perdió entre los sueños de un universo que creía desaparecido, y con el tiempo comprendió las mentiras, la oscuridad y el humo, el humo que lo ocultaba todo.