El Galeón Negro



Todavía recuerdo las velas encendidas en la noche, recortándose a través de la blanca espuma, junto al unísono clamor de gargantas enloquecidas. Y entonces, como siempre, podía ver en sus ojos el inequívoco presagio de la muerte, descendiendo sobre los párpados y atravesando las costuras del alma. Hasta que todo quedaba en silencio y la sombra manaba libre a través de la madera oscura, cayendo al océano inmenso de cadáveres y trofeos huecos.


Sobreviví, como tantas otras veces lo hice. Hundiendo la espada bajo el pecho…, en manos, cuellos y torsos que jamás había visto antes. Esquivando entre la madera quebrada el centelleante acero, que venía a buscarme una vez más, de mil formas diferentes.

Y mientras lo hacía podía verle sonriendo desde su galeón negro, afilando los dientes como una hiena, esperando el momento para saltar, para devorar los cadáveres que pudieran quedar sobre el barco.
Pero en sus ojos ascendía la misma sombra que una vez nació bajo mi piel, la primera vez que nuestros caminos se encontraron, cuando no entendía el significado de la palabra “muerte”, pero de pronto lo supe, tan frío, tan inconcebible…, un veneno espeso que se incrusta en los tejidos de cada cosa observable.

Salté al vacío, cuando ya no quedaban sombras que pudiesen atraparme, ni dentro ni fuera del alma. Sin miedo a nada ni a nadie, con la venganza alentando el vuelo de los pies sobre el agua, de las manos furiosas asiéndose al casco danzante. 

Ya no sonreía, no podía. Sus músculos estaban demasiado tensos bajo la ropa, y sin duda, en su cabeza únicamente rondaba una duda, un temor que podía sentirse más allá de su cuerpo. Saber si podría volver a mirar la luz del sol una vez más.



– ¿A qué estás esperando? -escupió intentando aparentar una superioridad poco creíble-.

– He venido a saborear tu muerte, ¿en verdad crees que tengo prisa?- en aquel momento desenvainó su espada. De nuevo el acero brilló bajo el cielo, buscando entre las contadas nubes un enemigo mayor que aquel que le había otorgado el funesto destino.
Ambos cuerpos y espadas chocaron, recreando un baile mortal que nadie pudo presenciar. Salvo ellos, oscuros testigos del final del otro.



Fue la sangre la que me trajo, fue la sangre la que vino a mi espada para no marcharse, para abrazarme en su cálido manto cuando al fin di caza al asesino, a su estómago abierto sobre la cubierta. Y pude oler su miedo, verlo tan claro y profundo como el sol que comenzaba a bañar con sus rayos el cielo.

– Sigues siendo la misma cría estúpida que se creyó mis mentiras…, -reía histéricamente, retorciéndose como una babosa moribunda, adivinando que su agonía estaba cerca de terminar- yo lo abrí en canal, ¿recuerdas? Yo lo dejé colgado para que pudieses ver cómo se desangraba…-tosía sangre, tosía odio, dolor y muerte- ¡Mátame de una puta vez!

– Claro que lo recuerdo…, de echo te voy a conceder el placer de ver cómo este mismo barco infecto, en el que lo mataste, se queme de arriba abajo. Podrás disfrutarlo mientras mueres lentamente. Y yo…, -lo agarró del pelo hasta que se miraron a los ojos. Ella sonreía, no como lo haría una mujer o un hombre. Era una sonrisa que heló la sangre de su presa, borrando todo atisbo del animal que tiempo atrás decidió convertirla a ella en su verdugo.- podré mirar tu carne arder.



Sus gritos se ahogaron bajo las olas, convirtiéndose en espuma negra al contacto con el agua. Y ella lo vio todo, dejando que sobre sus ojos verdes se reflejase la escena. Ardiente fuego rodeando las pupilas, quemando poco a poco sus defensas. 
Las lágrimas brotaron cristalinas, libres al fin de salir todas juntas, dejando que las heridas y los recuerdos cicatrizasen lentamente con el mar.