Piedra, papel o…


La última palabra se escapa de la mente, se diluye entre la comisura de las pestañas, entre las mías y las otras, lejanas, más allá del techo.

El juego es simple, complejo y simple. Tanto como haber llegado a respirar, entre la multitud de probabilidades, de caminos que jamás existieron, o de existir, nunca se quisieron o pudieron recorrer.

Por eso, la última palabra se escapa, se difumina dentro de ese cuadro, esa pintura que navega entre mis recuerdos como una joya mágica e imposible de alcanzar. De unos niños jugando a “piedra, papel o”…, se pierde como digo, en la inmensidad del olvido.
La sangre emana, de alguna parte de mi pecho. Como las aguas de un río esquizofrénico, como una loca que se divierte cazando nubes o un escritor que, a falta de ideas, escupe sin parar oraciones exentas de preposiciones, al azar, en una marabunta de colores, formas y sonidos.

Es entonces cuando la veo, posada sobre la mesilla de noche, es entonces cuando despierto, aturdida, perdida en un mar de sensaciones. Era ella, siempre ella, teñida de rojo. Ese rojo que duele en las pupilas, que se divierte en la retina descomponiendo sus fotones. Era ella, la tijera, la misma que bailaba en nuestros juegos cuando el sol no dolía, y tú brillabas en mis cuentos, en las noches sin luna, en el corazón de las tinieblas.

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