A mil micrómetros

Estoy escribiendo sobre nosotros,
otra vez, y otra,
como si nos espiase bajo la lluvia,
como si todo fuera eterno.

A mil metros tu cara sigue sonriendo
y mis brazos tensos,
quietos en el vacío de tu coche,
de tus lunares en el cuello.

Y sí, ya he tenido ese sueño,
otras veces, y otras,
como cientos de luces cálidas,
como este hermoso y patético baile.
Baile de negros y blancos,
de claroscuros lloviendo.

A mil metros mis venas se estrangulan,
entre nubes y piedras,
entre el fuego y la pared.
Al compás de los pasos,
de las lágrimas baratas
que desfallecen demasiado pronto.
A mil metros del océano.

Estoy escribiendo sobre nosotros,
o eso creo, cuando la sangre se vacía
y pierdes la consciencia.
De ti mismo, de ellos mismos
teniendo este sueño
o su versión pirata,
en el que los actores ríen,
se abrazan y besan.
Pero todo muy estúpido,
todo muy triste.

Y no, lo cierto es que no,
no puedo olvidar
ese lunar, doblando el cuarto creciente,
como si el universo se diese la vuelta.
Como si los planetas se quedasen sin color,
sin tonos sobre tu piel.
Por eso mismo creo que no he vuelto a ver,
a distinguir ningún otro color
en la penumbra,
a derramar témperas en el abismo inmenso.

Porque ese lunar se hizo eterno
a mil micrómetros de distancia.

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