A mil micrómetros

Estoy escribiendo sobre nosotros,
otra vez, y otra,
como si nos espiase bajo la lluvia,
como si todo fuera eterno.

A mil metros tu cara sigue sonriendo
y mis brazos tensos,
quietos en el vacío de tu coche,
de tus lunares en el cuello.

Y sí, ya he tenido ese sueño,
otras veces, y otras,
como cientos de luces cálidas,
como este hermoso y patético baile.
Baile de negros y blancos,
de claroscuros lloviendo.

A mil metros mis venas se estrangulan,
entre nubes y piedras,
entre el fuego y la pared.
Al compás de los pasos,
de las lágrimas baratas
que desfallecen demasiado pronto.
A mil metros del océano.

Estoy escribiendo sobre nosotros,
o eso creo, cuando la sangre se vacía
y pierdes la consciencia.
De ti mismo, de ellos mismos
teniendo este sueño
o su versión pirata,
en el que los actores ríen,
se abrazan y besan.
Pero todo muy estúpido,
todo muy triste.

Y no, lo cierto es que no,
no puedo olvidar
ese lunar, doblando el cuarto creciente,
como si el universo se diese la vuelta.
Como si los planetas se quedasen sin color,
sin tonos sobre tu piel.
Por eso mismo creo que no he vuelto a ver,
a distinguir ningún otro color
en la penumbra,
a derramar témperas en el abismo inmenso.

Porque ese lunar se hizo eterno
a mil micrómetros de distancia.

Good Bye, Lenin!

No,
no recuerdo todas las palabras,
todas las frases que deambularon
entre oídos y bocas.

Te clavaste en mucha gente,
en caras de ojos diferentes.
Y en sus pupilas guardan tu reflejo,
amándolo mientras se mecen,
hacia el horizonte, hacia el final.

Creo y en el fondo sé,
que el camino es lo que importa
y aunque los pasos desaparezcan bajo las olas,
se mantienen, sobreviven en la memoria.

Intenté dejar algo atrás,
lanzando mis abrazos al viento,
olvidando o difuminando el miedo.
Y me corté entre las rosas rojas,
y pude ver esa sonrisa eterna
invitando a sentir una canción épica.
Una canción de otro tiempo,
de sueños adolescentes,
de silencios y acampadas en la noche.

“Elephant Gun” para volver a soñar,
“Elephant Gun” y nada más.

Hay gente eterna, como tú,
cuyos ojos y sonrisa el fuego no quema,
la lluvia no desgasta.
Gente cuyas alas se incrustan en el tiempo,
sin perderse, sin marcharse,
respirando vida para siempre.

“Elephant Gun” para volver a soñar,
“Elephant Gun” y nada más…

“Hay finales y hay principios. Pero en los inicios que se graban en el pecho sobreviven las mejores personas.”

Te conocí gracias al teatro, el mismo que tanto me aterraba. Y gracias a ti disfruté del público, de hacer reír, de los escenarios cutres del colegio, de las tardes soleadas en el gimnasio, asistiendo a tus clases magistrales.
También me enseñaste “Good Bye, Lenin!”, aunque eso lo lograses sin querer. Simplemente nos pusiste su banda sonora y eso fue suficiente…, el “Good Bye” siempre podremos romperlo, contigo todo fue, es y será posible.

Al eterno Mateo González Miño, que tu fiesta nunca termine. Volveremos a vernos tras el telón.