La Playa de los Cuervos

Te recuerdo de perfil, como si mis ojos fuesen una cámara que te enfocase de lado, desde un segundo o tercer plano que no soy capaz de definir.
Y siempre que puedo describo tu sonrisa, no es que el resto careciese de importancia, pero lo que dibujaban tus labios parecía sacado de un libro, una película, un cuento que nunca llegas a creerte hasta que lo ves en persona.
Te recuerdo como recuerdan los que se pierden en algún punto de los sueños, borrosa a veces, increíblemente nítida otras. Como cuando buceas rozando la oscuridad que se cierne desde las profundidades y te das la vuelta. Pudiendo observar así los rayos de sol agujereando las partículas del agua, rozando con su brillo hipnótico la piel, acompañando el baile cristalino de las olas…

Pero bajo el agua todo es pasajero, una ilusión temporal. Los pulmones piden a gritos respirar y la vida pasa de la calma a la agonía, hasta que sales a la superficie, respiras y el ruido y el frío se alían para que pierdas la noción del tiempo.
Pero no importa, por muchas veces que lo hagas volverás a sumergirte, a darte la vuelta, a admirar la belleza simple y compleja de esa luz escurridiza que se dobla, que canta sordamente mientras tu cuerpo permanece suspendido entre infinitas capas de agua. Y aquella cámara sigue grabando, en segundo o tercer plano, alejándose inexorablemente hacia el olvido. 

Supongo que es aquí donde comienza esta historia, dentro de ese recuerdo, de las gotas de agua rodeándome. Supongo que fue entonces cuando decidí formar parte de aquel extraño proyecto sobre los “Cristales de Tiempo”. Que jamás llegué a creer hasta que sobre aquella multitud de puntos de luz te vi, sin tiempo para asimilarlo. Y entonces, simplemente, dejé de existir.

 
El café es demasiado amargo. La máquina sigue sin tener bien ajustados los parámetros o eso cree mientras la mira de reojo, realmente cansado. 

La encimera proyecta imágenes de guerra y en los altavoces se escucha la voz de la presentadora de noticias hablando de cosas que nadie suele escuchar realmente.

– Ya sabíamos que esto iba a pasar y nadie hizo nada -se encoje de hombros y se levanta. Guiña un ojo y acto seguido las imágenes desaparecen y el sonido cesa .- A veces la tecnología no es tan mala cosa…

Bajo tierra, hacía tiempo que todas las cosas importantes se decidían bajo tierra. Por miedo, por la certeza de que algo ocurriría tarde o temprano que diese la vuelta al orden establecido.
Y dentro de aquel tedioso vaivén de conspiraciones se encontraba él, una pieza más en un puzzle que se deshacía con cada error, con cada paso en falso.
A pesar de todo, de las guerras por el agua, de los atentados y las catástrofes naturales cada vez más recurrentes, aquel día el aire parecía contener la receta mágica de aquellos amaneceres olvidados en los que había manos que podían cambiar la realidad con un simple roce.
Y mientras el ascensor descendía hacia el vacío, tuvo la sensación indescriptible de que todo; el futuro, el pasado y el presente confluían en ese punto, como la sangre que fluye entre vasos sanguíneos hacia el corazón.

– ¡Enciéndete! -ordenó en voz alta sentado sobre la silla de mando, a oscuras-.

Una tenue luz verde se encendió entonces sobre sus ojos, parpadeante, como una lejana estrella. A esta la acompañaron cientos, miles. En cuestión de segundos millones de luces verdes rodearon la esférica estancia y sus ojos brillaron, sin saberlo, de una forma inexplicable.

– Sistema Solar, Marte, hace 4300 millones de años.-dijo en voz alta mientras se removía sobre la silla impacientemente-.

Las luces cambiaron entonces a negro y un planeta de aspecto similar a la Tierra apareció ante él, suspendido en la inmensidad del oscuro universo…

Cada punto de luz procesa una determinada parte del código temporal del universo, código almacenado en el corazón de los cristales de tiempo que nos rodean y atraviesan, de los que formamos parte. En los que vivimos y morimos, en los que nos congelamos para siempre.

Sonrió, todas las conferencias en las que teorizó acerca de la máquina se hacían realidad, de forma visible, palpable. Todo el sufrimiento se dio la vuelta ante él, sobre un Marte todavía joven, sobre su enorme océano.

Pero aquello no era suficiente, nunca lo fue. Las ideas se mueven por deseos, por fuerzas a veces inexplicables que llevan a crear mundos bajo mundos, a cambiar la realidad, aunque sea de manera ínfima. Y él, lógicamente, no era diferente de ninguno de ellos. Por esa razón había cambiado las contraseñas de entrada, pirateado los sistemas de alarma y se había sentado de nuevo al mando de su máquina, de su creación.

Por ello tampoco quiso escuchar los gritos que provenían de más allá de las puertas blindadas, advirtiéndole de que la muerte le aguardaría cuando se abriesen de nuevo. Porque sabía que jamás saldría de allí.

– …,podríamos ver, viajar suena casi utópico. Pero el mero echo de poder definir visualmente nuestro universo sería un punto de inflexión increíble para nuestro conocimiento. -dijo él fijando la mirada en algún punto del cielo-.

– Entiendo…, digamos que sería como las máquinas de recuerdo mental, tan de moda ahora, pero con todo el universo -mientras hablaba ella movía las manos, como si quisiese dibujar las palabras con trazos finísimos sobre el aire-.

– Sí, más o menos. Con la diferencia de que en todas esas máquinas hay errores provocados por la propia forma de recordar del ser humano. Obviamente los cristales de tiempo no tienen ese problema, plasman las cosas tal y como son, tal y como fueron, tal y como serán…

No se habían dado cuenta pero el sol comenzaba a bañar de nuevo la costa, acariciando con ternura pasajera todo aquello que les rodeaba. Increíblemente sus cuerpos desnudos no fueron conscientes del frío, dentro de aquel agua cristalina que emitía destellos únicos sobre la piel.

 – Es extraño -dijo ella cuando salían del agua para marcharse-. Juraría que algo nos observa, pero supongo que es una chorrada.

– Puedo verte… Puedo verte… -lloraba, temblaba…, la había recordado durante todo ese tiempo. Pero ahora que sus manos se posaban sobre la pantalla de la enorme máquina, los recuerdos se convirtieron en algo todavía más doloroso. No podía suceder de nuevo.

– No te preocupes, si que hay “cosas” que nos observan. Todos esos cuervos no paran de mirarte…

Ella le pegó una colleja y se fue caminando hacia el coche interpretando un enfado intencionadamente teatral.
Pero él se quedó mirando a los cuervos, que de una forma extraña seguían clavando sus ojos sobre ella. Sus cuerpos se mantenían rígidos, petrificados sobre las rocas, como si no fuesen más que estatuas…

– ¿Vienes o que? ¡Si quieres te dejo aquí para que disfrutes de la lluvia!

“El vuelo del cuervo te hizo despertar, 
despertares que tardan cien años, 
las alas negras cortaron el aire, 
mostrando imágenes pasadas de antiguos presentes. 
Manos que se unían, 
cielos claros sin nubes en los costados,
bocetos de futuros dibujados en el suelo…” -dijo entre susurros, para sí. Y entonces, por una fracción de segundo. Pudo verse a sí mismo tras los cuervos, como una especie de sombra hipnótica que desapareció en el aire con la llegada del primer trueno.

Las imágenes cesaron, de pronto. Sus ojos permanecieron abiertos durante mucho tiempo, estáticos en cierto punto del horizonte creado por la máquina, por las estrellas que se congelaron dentro de ella.

Hundido sobre la silla su mente se convirtió en una niebla espesa, los recuerdos se hicieron extrañamente borrosos y el tiempo, como la máquina, comenzó a deshacerse. Un ruido sordo, un estruendo, una luz cegadora y una sonrisa, congelada para siempre en el corazón de un tiempo que se convirtió en ficticio. En posibilidad hipotética bajo una playa lluviosa llena de cuervos y risas, llena de sueños sobre máquinas imposibles, y sombras del futuro asesinadas dentro de un coche normal y corriente, como todos los que un día fueron testigos de las más simples e increíbles historias.

 
 
 
 
 
 
 

“A ti, la sombra, la luz. Mi eterna inspiración, mi sueño, mi imposible”
 
 
 
 
 

 

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