Ya se van

Ya se van,
marchando solemnemente.
Como si alguna vez
hubiesen comprendido 
su destino, su propósito.

Ya se van,
aquellas mariposas idiotas
que mordisqueaban las entrañas,
que ciegamente volaban 
entre las costillas.

Su aleteo deshace las moléculas,
del aire suspendidas,
deshace el vértigo al olvido
en miradas sombrías.
Su aleteo congela el tiempo
y en el intento caen rendidas,
en una espiral infinita.

Entonces las ves
al abrigo de las nubes,
formando negros y blancos,
efímeros reflejos.
Las ves sonriendo
con labios mojados,
con aire en los pulmones;
caminando, corriendo, volando.

Se van, 
cubriendo de oscuridad las heridas,
de olvido las pupilas,
de vacíos el corazón.









Criaturas pendulares

Se abre paso el silencio
entre criaturas pendulares.
Se abre paso lo desconocido
sobre ojos fantasmales.
Meciéndose en el vacío,
expectantes.


Las estrellas se arrastran ahora,
olvidando el cielo negro,
perdidas en la oscuridad cristalina.
Se arrastran ahora, sobre mí,
entre las hendiduras del tiempo,
antaño brillantes.


Puedo ver luz 
rayando la negrura,
puedo ver, sentir la respiración muda
del océano, de la luna, 
de los versos que alimentan la roca, 
el sueño.


Y es aquí donde me veo
o más bien me siento,
o en realidad despierto
rodeado de vida el corazón muerto.
Cangrejos como luces estelares en los huesos, 
peces escondiéndose en el pecho,
entre las costuras del recuerdo.


Se abre paso el silencio
entre ojos de luces ancestrales.
Se abre paso mientras fluyes
entre cien tiburones fantasmales.
Flashes bajo las hendiduras del tiempo,
rayos en la noche,
criaturas pendulares.




El último ciudadano de Venus

Cuando tus ojos son los últimos en observar el mundo, en crear océanos salados en los párpados, en ver la luz impasible de la cúpula celestial…, cuando eres el último de tu especie algo por dentro te llama, te guía hacia la muerte con una fuerza estremecedora.

Camino empujado por un recuerdo, el mío, el nuestro, el de todos los estúpidos que no entendieron o no quisieron entender que la respiración de nuestro mundo estaba cambiando, que el sueño se acababa. Camino a través de un desierto de casas de ojos oscuros, a través de desquiciantes ilusiones sobre la tierra seca, tierra repleta de venas negras…



– Maldita escotilla…, consigo arreglar todo el fuselaje y esta basura se queda atascada… Sí, hablo en alto porque sino acabaré volviéndome loco, si es que no lo estoy ya…

– Señor, no se alarme, le traigo las piezas que me pidió -el droide volador dejó caer un amasijo de objetos metálicos sobre el suelo sin demasiado cuidado-.

– ¿No crees que podrías avisar antes de armar escándalo?, casi me da algo.

– Usted me pide algo y yo se lo traigo -en su pantalla frontal se podía ver una cara pixelada sonriendo que se movía de arriba abajo.

– No cabe duda que diseñarte con sentido del humor no fue buena idea. -dijo mientras seguía intentando abrir la escotilla sin demasiado éxito-.

– Nadie es perfecto señor…

Finalmente la escotilla cedió y otro droide salió al exterior. Esta vez se trataba de un modelo antiguo, anterior a la revolución biomecánica. Un pequeño escarabajo con ruedas cuya superficie estaba llena de pintadas, tatuajes de guerra probablemente creados por su anterior dueño.

-“Bladubrur” susto, “blajidris” no salir casi. Ataque corazón “glubr”, gracias. Actualización en proceso…

– Nunca lograré entender a este viejo, señor.

– En eso estamos de acuerdo… -dijo sonriendo ampliamente. Sin aquellos dos habría perdido la fé con anterioridad.



No había señales del exterior, ni siquiera un triste epílogo que le hiciera perder la esperanza…, si es que quedaba algo de ella en el interior de su mente.
La realidad es que las naves marcharon, sin promesa de regreso. Y aquello había sucedido antes incluso de su nacimiento, era un rumor tácito en las gargantas sombrías de los pocos que pululaban en aquel planeta moribundo. Pero el rumor se quedó sin gargantas, se quedó sin voces de las que respirar, y para entonces solo era un sueño repetitivo, que le visitaba cada noche.

Aquella noche era de esas, de esas en las que su cuerpo se encontraba al límite. No había comido durante dos días enteros y el potabilizador de agua solo le había podido otorgar un par de gotas lastimeras que desaparecieron sobre su lengua en un abrir y cerrar de ojos. Si no llovía o encontraba comida pronto, moriría antes de haber probado siquiera su última máquina.

Algo en la oscuridad, una canción que parecía navegar entre las dunas de arena lo devolvió a la vida. Se frotó los ojos, mirando de reojo a los dos droides que descansaban sobre el suelo…, también para ellos corrían tiempos difíciles.
Al abrir la escotilla el sonido del viento llegó hasta sus oídos, silbando con suavidad. E imaginó a todos los que había perdido hablando juntos bajo aquel sonido, como si el viento se hubiese convertido en la memoria del mundo.
Pero entonces se percató de que no era esa la única sintonía que susurraba a través de la arena.

Corrió en dirección a la nada, siguiendo la estela del sonido primero, y de la luz después. Como cuando era niño y perseguía a aquellos pequeños anfibios fluorescentes, a través de las interminables cuevas que se adentraban como gargantas hacia el interior del mundo. Entonces no entendía que su hogar era un simple residuo de algo mucho más rico en el pasado.

La luz flotaba en el vacío y él seguía corriendo, sintiendo en su interior el eco de aquella canción rebotando en sus entrañas. Juraría haberla escuchado con anterioridad, pero no sabría enmarcar el contexto o la situación concreta en su memoria.
Entonces pudo ver una silueta, rodeada de oscuridad pero brillando sin miedo en el vacío. Pudo verla y ella lo miró a su vez, entre las danzantes luces de un fuego que se extinguía, exhausto, en ambos corazones.



– ¿Estas seguro de que funcionará? -dijo ella a su lado, con un casco enorme en la cabeza y un traje espacial desgastado.

– Nunca he estado seguro de nada. Pero creo que ambos queremos algo más que desiertos y polvo.

Ella afirmó con la cabeza, y a continuación puso sus ojos negros fijos en el cielo.

– Para morir de hambre aquí, mejor hacerlo con el recuerdo de nuestro hogar entre las estrellas.

– Espero que no haga falta morir -dijo él mientras ascendían verticalmente hacia el espacio, apretando los dientes tan fuerte como permitieron sus mandíbulas.

La nave crujía, acelerando cada vez más hasta atravesar las nubes. Silbando hipnóticamente al calor del sol impasible en su cúpula celestial.
Entonces pudieron ver el curvado horizonte con lágrimas de nubarrones a los pies, pudieron ver y sentir el llanto mudo de Venus, consumiéndose a sí mismo en un fuego que no había hecho más que comenzar.



Estaba oscuro y silencioso, como únicamente puede estarlo el espacio. Ambos se habían desmayado en algún punto del ascenso y ahora comenzaban a abrir los ojos, despacio. De vez en cuando podía escucharse el pitido de uno de los droides que se mantenía anclado en el techo de la nave.

– La noche que nos conocimos recordé mi infancia -su voz sonaba ronca, pesada y lejana-. Aquellos animales que brillaban en las cuevas rodeadas de árboles, el lejano sonido del agua cayendo, el aire húmedo que olía a musgo, hierba y roca… Creí que había perdido todo eso, pero entonces me salvaste, caí y me levantaste, como solo podrías hacerlo tú. Y ahora lo entiendo, cuando el viaje termina o comienza. Entiendo que a pesar de todo no estoy solo. -las palabras nacieron como solo pueden hacerlo en el pensamiento, deslizándose en el aire como si su boca no hubiera servido de intermediaria.

– Ambos estamos solos, y eso implica que no lo estamos… -dijo ella mirando a Venus por última vez, y aunque en ese momento no se dio cuenta, aquella imagen haría que sus sueños se viesen alterados durante incontables noches en el futuro.

En la lejanía un diminuto punto de luz azul brillaba sin artificio alguno. Perdido en el espacio infinito, como una mota de polvo en el océano. Todavía joven, todavía intacto, aguardando paciente tras el telón de la noche eterna.