Corrientes de aire


“Aquello que dijiste sigue escupiéndome en la cara cuando me despierto bajo el mundo. Cuando desconcertado comprendo que todavía no estoy muerto.”



-Hola tío, llegué tan tarde que pensaba que lo perdía… -se sentó a su lado con cara cansada, aunque de la comisura de sus labios asomaba una sonrisa, pretendidamente divertida.

-No te preocupes, ya que es nuestro último viaje será mejor no perder las costumbres -con él podía ser completamente sincero, no hacían falta rodeos.

-Tienes muy mala cara, ¿no has pegado ojo verdad?

-Bueno… Cuando a un amigo se le ocurren cosas tan retorcidas como esta lo lógico es que no esté precisamente contento, cabr…

– Eh, eh, ¡ojo con lo que dices! -exclamó poniéndole la mano delante de la boca- ¿No ves que hay señores mayores y niños aquí?, no querrás que piensen mal de ti…,¿no?

Lo miró de reojo con forzado semblante serio, aunque querría poder pegarle un codazo no podía, estaba demasiado cansado y sabía que todo podía romperse. 

-Creo que hace tiempo que nos perdimos en este vaivén, en este ir y venir de situaciones. Por eso todo ha desaparecido de repente.

-Estás muy amargado, deberías salir a vivir de vez en cuando, todavía tienes tiempo que gastar -miraba hacia el techo del bus, concentrando su mirada en un punto espacial inconcreto, como si pudiese navegar a la deriva, dejándose llevar.

-Supongo que para ti es fácil decirlo, cuando no vas a tener que quedarte aquí solo, en este pueblo de malamuerte. Creo que tengo sobradas razones para estar “amargado”.

-Ya estás dramatizando otra vez. Las cosas solo son malas o buenas dependiendo del prisma a través del que las mires -hablaba sin a penas mostrar sentimiento, como si fuese algo mecánico, algo aprendido-. Recuerda que en este “pueblo de malamuerte” nos conocimos, y si lo ves con otros ojos no está tan mal. Dale tiempo…

El autobús descendió vertiginosamente sobre la pista de asfalto, dejando que el mar se vislumbrase con mayor notoriedad bajo la espesa bruma de la mañana. Abrazó con fuerza su mochila, sabía que era hora de bajarse.

Miró hacia su amigo, pero este se había desvanecido. Se levantó y salió al exterior, la silueta del sol podía verse allí arriba, intentando iluminar sin mucho éxito lo que le rodeaba. El verano se moría, pero por suerte tarde o temprano volvería a respirar.

-Sé porqué elegiste este sitio entre todos los demás -sabía que esas palabras se perderían en la nada, pero necesitaba escuchar a alguien, aunque fuese su propia voz la que se ahogaba bajo el sonido de las olas-. Aquello que dijiste sigue escupiéndome en la cara cuando despierto bajo el mundo. Cuando desconcertado comprendo que todavía no estoy muerto y que tú si lo estás.
No querría despedirme así, y menos de ti. Pero no me diste tiempo a hacerlo en persona, porque nunca te gustaron las esperas. Ahora solo me queda esto, unas frases soltadas al viento que jamás llegarán a ningún lado.
Pero al menos podré dejar que te vayas…

Bajo las nubes extendió sus alas un ave enorme, cuya silueta se dibujó sobre la superficie del mar. un águila que lo miraba impasible, dejándose llevar entre las corrientes de aire.
Abrió su mochila y extrajo un tarro cerámico de su interior. Lo abrió con cuidado y dejó que el viento se llevase todo; las lágrimas, la niebla y el polvo.