Simplemente eso…

De pronto nada ocurre, 
simplemente eso. 

Profunda respiración en la noche, 
sentimientos contradictorios y sonrisas, 
lágrimas bailando sobre labios temblorosos. 

Frases que se queman, 
promesas en la niebla que cortan el alma, 
que borran tu voz incomparable. 

De pronto nada ocurre, 
simple silencio en la garganta. 

Sé que los dados ya no tienen puntos, 
que los poemas se desintegran 
en un millón de letras inconexas, 
perdidas en la corteza de un árbol muerto.
Profunda exhalación en la sombra 
canta con fuerza en mis oídos. 
Monocromático invierno perpetuo 
que impide ver la luz más allá, 
más allá de las cortinas. 

Sigo llamándote, cerrando los ojos con fuerza. 
Sigo riéndome contigo en recuerdos lejanos. 
Sigo dibujando ramas verdes sobre mi cabeza, 
autopistas de fuego, 
cristales empañados, 
lenguas sin miedo. 

Y de pronto nada ocurre, 
como el mago que explica la trampa, 
como la luz que nace después del trueno. 
Todo se vuelve un poco más trágico 
cuando ese momento se vuelve recuerdo, 
cuando el grito se enreda en su eco, 
cuando la magia muere y tú ya no estás.




Tiempo



Las luces brillan en la oscuridad marchando hacia atrás velozmente, escapando de la única realidad concebible, lo que uno mira y siente. Hay más cabezas delante, sentados como maniquíes, reflejados en los cristales inertes, esperando el momento de salir.

Los ojos de otro, que son los míos, se congelan en cierto punto del techo, perdiendo la mirada entre las moléculas infinitas que rodean el espacio. Quizá en ese momento las neuronas consiguen unirse con lo que hay más allá, haciendo que las cosas se den la vuelta, oteando con miedo la verdad poderosa.

Noto que la velocidad aumenta demasiado. Ya no tenemos tiempo de saborear cada luz, de ver los reflejos clarividentes que escintilan en nuestra piel, o la luna lejana y fría.

Recuerdo el inicio del viaje, tranquilo, placentero y suave. Recuerdo el calor, el terciopelo del asiento, el viento arrastrando despacio los pensamientos. Como si el tiempo relativo, estuviese antes congelado, estático, esperando el momento para acelerar.

El penúltimo pasajero baja en silencio. Observo su sonrisa mientras el autobús retoma la marcha frenéticamente sobre el asfalto. La reconozco, a pesar de haber creído que se apeó muchas paradas atrás, ciego, los reflejos me impidieron verlo.
Continúo mirándola hasta que el horizonte absorbe su silueta, hasta que mis ojos se pierden en la inmensidad, en el desierto de luces y sombras.

Ya no queda nadie en el interior de la maquina serpenteante. Ya no quedan reflejos, ni luces más allá de la oscuridad. Pero seguimos acelerando sobre puentes, a través de túneles bajo montañas, esperando que las puertas se abran una vez más.