El Pincel Rojo



El agua cae, formando charcos cristalinos sobre asfalto y tierra. Un relámpago ilumina los tejados, fugazmente corta el cielo en dos mitades, rabia incontenida de las nubes que se abre paso en la oscuridad.

Un hombre aparece de la nada en plena noche, con ropas antiguas e impecables. Los ojos repletos de sorpresa, las manos temblorosas y pálidas, frías como el aire cortante que viaja a través de los edificios.

En su reloj de bolsillo las agujas marcan la medianoche, pero su atención se centra en lo que le rodea, boquiabierto y ensimismado, intentando descifrar dónde se encuentra.

– ¡Cuidado! ¡Salga de la carretera! -gritó una joven desde un balcón, portando en la mano un pincel rojo-.

El hombre sonrió, saludando inocentemente mientras un coche se acercaba a sus espaldas. Las luces del automóvil recortaron la silueta, anticipando el fatal desenlace.

No hubo muerto aquel día, ni siquiera una llamada a emergencias. El conductor estaba demasiado borracho como para entender lo que había sucedido y continuó su camino, dibujando eses mientras desaparecía a través de las calles.
Pero la mujer del balcón no podía creerlo, bajó hasta la calle buscando algo que evidenciase la presencia de aquel hombre antiguo, sin conseguirlo.

Dibujó durante años la escena con su pincel rojo, mostrando fielmente el instante vivido y la cara sorprendida de aquel individuo que parecía observarle desde algún pasado inconcreto, desde una especie de ventana temporal.

Llegó a suponer que habría sido un sueño, una mala pasada de su imaginación. En ocasiones tenía sueños vívidos que confundía con recuerdos, “no era algo tan raro”, se decía.
Pero cuando casi había olvidado lo que ocurrió aquella noche, todo pareció cobrar sentido de una forma insospechada.

Hacía frío en casa de su abuela y ella miraba las fotografías viejas sin prestar demasiada atención, las había visto tantas veces que no solía darse cuenta de que estaban ahí.
Sin embargo una de las imágenes la despertó de su ensoñación, los ojos de un hombre la observaban detrás de un ejercito de fotografías más recientes.

– ¡Abuela!… -tuvo que esperar un rato a que la señora apareciese en la estancia con cara sonriente- ¿Quien es este hombre?

– Déjame ver… -cogió sus gafas y repitió su sonrisa habitual, pero esta vez de forma un tanto melancólica- Este hombre fue novio de tu bisabuela hija, él le regaló el pincel que te di yo hace tiempo. -señaló el pincel que el hombre sostenía en la mano- Sé que no lo parece porque la imagen es muy antigua, pero ese es tu pincel rojo. Si quieres, puedes ver unos cuantos cuadros que le regaló a tu bisabuela antes de irse…

– ¿Irse? ¿A donde se fue?

– Desapareció hija. Nadie sabe a donde fue… Pero ahora eso poco importa.

Su abuela sacó los cuadros de un armario viejo del sótano, dejándola sola para contemplarlos a fondo.
Sintió que conversaba con aquel hombre a través de sus pinceladas, como si el tiempo hubiese ocultado la barrera que los años habían interpuesto con esmero.

Fue entonces cuando uno de los cuadros llamó su atención. Un cuadro nocturno y cálido, de edificios enormes que rozaban el cielo. Ella estaba en un balcón, emitiendo luz propia, como si el resto de objetos realmente no importasen.
En la esquina inferior derecha una nota se podía leer, eternamente suspendida sobre la pintura. “Pude ver el futuro, pude verla a ella y el presente se tornó gris. Pálido como una niebla mortecina que rodea cada cuerpo, cada instante.”



No hubo más viajes en el tiempo, ni más cuadros. No hubo final memorable como en las novelas que solía leer.
Simplemente se dejó llevar a través del mundo, sabiendo que en algún lugar del futuro ella seguiría observando la calle, continuaría pintando con su pincel rojo, bajo el cielo nocturno.

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