No hay Barrera Indestructible


Descendiendo del miedo,
catapultados al abismo
de las noches sin estrellas.
Hijos del inmovilismo,
se van perdiendo vuestras huellas.

Hay ojos en prados desiertos,
miradas sin brillo.
Hay quejas sin actos,
sueños pintados de imposible
y muros a la esperanza.

Bolsillos repletos
en corazones sin pulso.
Juegan sin miedo,
sin tocar el suelo.
Marionetas del mercado,
muñecos inacabados.

Se oyen los ecos de la historia
vagando entre cada suceso,
sobre la arena del presente.
Se escuchan llamas incendiarias
sobre colores viejos,
desgastando con esmero sus formas,
despedazando poco a poco sus caretas.




“No hay barrera indestructible, no hay nada que exista para siempre. El universo está repleto de muros que han caído, no tengáis miedo, seguirán cayendo.”






Ventana hacia ti


Se han extendido los horizontes
en tu mirada sin miedo.
Recorren ríos,
recorren a ratos ángeles del sueño,
barcas sin rumbo en tus párpados fríos.

Golpea el puño, removiendo cimientos,
rompiendo cientos de espejos.
De ellos se escapan las historias,
formando infinidad de trayectos,
de arañazos en la memoria.

Sígueme ahora,
cuando la noche todavía no tiene arrugas.
Dame la mano,
arranquemos del destino una equivocación.

Sé que se congelará en el abismo
nuestra muestra de estupidez imborrable.
Sé que nos diremos adiós
y todo será un fruto imaginado e inalcanzable.
Pero rozaré tu boca, y recorreré el momento
una y otra vez, una vez más.

Cuando las noches se hicieron infinitas,
los días montañas desiertas
y el sol un parpadeo intermitente.
Cuando la gente borró sus rostros,
las huellas de sus corazones,
y la vida se diluyó en un surco borroso de tinta.
Cuando nuestro error sea pasado,
dame la mano otra vez,
solo una vez más,
dejando que los arañazos de la memoria
sean caminos hacia la eternidad.

El Pincel Rojo



El agua cae, formando charcos cristalinos sobre asfalto y tierra. Un relámpago ilumina los tejados, fugazmente corta el cielo en dos mitades, rabia incontenida de las nubes que se abre paso en la oscuridad.

Un hombre aparece de la nada en plena noche, con ropas antiguas e impecables. Los ojos repletos de sorpresa, las manos temblorosas y pálidas, frías como el aire cortante que viaja a través de los edificios.

En su reloj de bolsillo las agujas marcan la medianoche, pero su atención se centra en lo que le rodea, boquiabierto y ensimismado, intentando descifrar dónde se encuentra.

– ¡Cuidado! ¡Salga de la carretera! -gritó una joven desde un balcón, portando en la mano un pincel rojo-.

El hombre sonrió, saludando inocentemente mientras un coche se acercaba a sus espaldas. Las luces del automóvil recortaron la silueta, anticipando el fatal desenlace.

No hubo muerto aquel día, ni siquiera una llamada a emergencias. El conductor estaba demasiado borracho como para entender lo que había sucedido y continuó su camino, dibujando eses mientras desaparecía a través de las calles.
Pero la mujer del balcón no podía creerlo, bajó hasta la calle buscando algo que evidenciase la presencia de aquel hombre antiguo, sin conseguirlo.

Dibujó durante años la escena con su pincel rojo, mostrando fielmente el instante vivido y la cara sorprendida de aquel individuo que parecía observarle desde algún pasado inconcreto, desde una especie de ventana temporal.

Llegó a suponer que habría sido un sueño, una mala pasada de su imaginación. En ocasiones tenía sueños vívidos que confundía con recuerdos, “no era algo tan raro”, se decía.
Pero cuando casi había olvidado lo que ocurrió aquella noche, todo pareció cobrar sentido de una forma insospechada.

Hacía frío en casa de su abuela y ella miraba las fotografías viejas sin prestar demasiada atención, las había visto tantas veces que no solía darse cuenta de que estaban ahí.
Sin embargo una de las imágenes la despertó de su ensoñación, los ojos de un hombre la observaban detrás de un ejercito de fotografías más recientes.

– ¡Abuela!… -tuvo que esperar un rato a que la señora apareciese en la estancia con cara sonriente- ¿Quien es este hombre?

– Déjame ver… -cogió sus gafas y repitió su sonrisa habitual, pero esta vez de forma un tanto melancólica- Este hombre fue novio de tu bisabuela hija, él le regaló el pincel que te di yo hace tiempo. -señaló el pincel que el hombre sostenía en la mano- Sé que no lo parece porque la imagen es muy antigua, pero ese es tu pincel rojo. Si quieres, puedes ver unos cuantos cuadros que le regaló a tu bisabuela antes de irse…

– ¿Irse? ¿A donde se fue?

– Desapareció hija. Nadie sabe a donde fue… Pero ahora eso poco importa.

Su abuela sacó los cuadros de un armario viejo del sótano, dejándola sola para contemplarlos a fondo.
Sintió que conversaba con aquel hombre a través de sus pinceladas, como si el tiempo hubiese ocultado la barrera que los años habían interpuesto con esmero.

Fue entonces cuando uno de los cuadros llamó su atención. Un cuadro nocturno y cálido, de edificios enormes que rozaban el cielo. Ella estaba en un balcón, emitiendo luz propia, como si el resto de objetos realmente no importasen.
En la esquina inferior derecha una nota se podía leer, eternamente suspendida sobre la pintura. “Pude ver el futuro, pude verla a ella y el presente se tornó gris. Pálido como una niebla mortecina que rodea cada cuerpo, cada instante.”



No hubo más viajes en el tiempo, ni más cuadros. No hubo final memorable como en las novelas que solía leer.
Simplemente se dejó llevar a través del mundo, sabiendo que en algún lugar del futuro ella seguiría observando la calle, continuaría pintando con su pincel rojo, bajo el cielo nocturno.

La Última Carta

Imagen obtenida de http://theendofthedark.blogspot.com.es/

La última nota de un diario, el último reducto mágico en el que alojamos y vertemos nuestras esperanzas, a veces teniendo en cuenta el final, otras aparcando la despedida hasta que la calma llegue.

El último día en el instituto, con todas las piernas moviéndose hacia miles de lugares. Las pizarras, sus tizas, impregnadas de vacío. Las ventanas reflejan cabezas perdiéndose en el abismo incansable, la lejanía del recuerdo.

La última carta escrita desde un hotel barato, con los ojos brillantes y los dedos temblando. Los suspiros, sus silencios, aventurándose a atravesar el aire, cortando suavemente la quietud de su atmósfera. Unas risas en la calle, el viento incesante, ya se marcha, ya se apaga.

Últimas frases llenas de tinta, últimos deseos rodeados de comas, puntos y letras. Y el papel pasa de mano en mano, a causa de la sangre, de las explosiones y las balas.

El último baile, sus bocas a punto de rozarse, la música uniendo un par de cuerpos sin luz pero llenos de historias. Un “adiós” sincero en una dirección, un “hasta luego” estúpido que se rompe, chocando con la primera palabra y cayendo al suelo, inerte.

Las copas chocan y el año nuevo llega. Último, el telón se acerca, buscando con esmero la dolorosa calma, el silencioso adalid de la melancolía. Chocan los besos, emergen las risas.

La última página de aquel viejo diario adolescente, descansa entre otras tantas historias. Ahogando y destruyendo muchos otros sueños anteriores y creando nuevos, reeditando la vida, partiendo de cero.

Nadie podrá creerse que sus ojos acelerasen a más de 120 km/h, atravesando aquel túnel inmenso, con luces hipnóticas como luciérnagas impetuosas. Ninguno sabrá con exactitud lo que él sentía, mirándola con la ventanilla abierta, sabiendo que aquella ocasión no volvería a repetirse.
Caían lágrimas desde el cielo, pero no se dio cuenta hasta que los años se diluyeron como polvo atravesado por rayos de luz.

El último instante de un verano pasado, se une con muchos otros creando un cuerpo nítido, una esfera de momentos que se agrieta con el tiempo, que se despedaza y se borra poco a poco.
Caminamos hacia alguna parte, dejando atrás infinidad de cosas, bifurcaciones en el camino que quizá, nosotros mismos en otro tiempo, en otro espacio, estamos recorriendo.

Las clases se vacían, con el toque de la última campana sonando de fondo. Los pasillos eligen el silencio como único aliado, sus pasos se pierden en dirección al abismo infinito, el inmenso olvido.