El Ataúd Metálico


Solo veo oscuridad, mire a donde mire…


Estoy tumbado sobre el suelo, metálico y frío. Una pantalla se enciende de vez en cuando, en el techo, proyectando imágenes difusas y sonidos que retumban a través de los pasillos.

No recuerdo nada más que esto, he crecido entre estas paredes, aislado de lo que pueda haber más allá. He aprendido a guiarme a través del pasillo, en la oscuridad, buscando la poca comida que queda apilada en el cuarto más grande… Pero aún así, las costillas sobresalen cada vez más.

Los sueños me engañan, salgo de mi cuerpo y camino más allá de los bloques metálicos, a través de un camino lleno de colores y estructuras que se alzan sobre mi cabeza, vivas, rozando el cielo con sus gigantescos brazos. Pero sigo allí, como el pez que todavía sobrevive en el cubo de cristal, encerrado para siempre.

Antes la pantalla me hablaba con claridad, mostrándome imágenes tranquilas de lugares mágicos e historias increíbles. Ahora no hay más que chasquidos y sombras, una mezcla de interferencias e imágenes que solo duran unos segundos, para volver a sumirse en una tormenta confusa.

Las fuerzas se me escapan, como si el oxígeno hubiese abandonado ya mis pulmones, o yo mismo hubiese escapado al fin de mis propias entrañas. Tirado sobre el suelo metálico, duro y frío.

De pronto escucho una alarma, inundándose el habitáculo de una luz amarilla, roja y verde, intermitentes y continuadas en el tiempo. Me ciegan, me asustan, acabando con la oscuridad durante varios minutos.

Un crujido, unos chasquidos y un golpe seco enmudecen el sonido de la alarma y sus luces. Asomo mi cabeza al pasillo, contemplando el lugar del que procede el ruido. La pared se abre, una puerta que jamás había visto trae consigo una luz clara, quemando mis ojos con la fuerza de un rayo.

Sigo tumbado, intentando poco a poco aspirar el aire que acompaña filamentos de ceniza y polvo. Todavía no puedo salir al exterior, el miedo y la luz son, por el momento, un muro infranqueable.



La noche llega, trayendo consigo el aire frío y la luz suave de las estrellas, que se derrama sobre diminutas nubes flotantes.
El joven sin nombre sale de la gran caja, portando un cubo de cristal en su mano derecha, y con la izquierda parece intentar alcanzar el cielo. Quizá nunca sepa porqué estuvo encerrado, ni qué brazos colocaron su cuerpo dentro de aquel ataúd metálico… O si podrá encontrar siquiera a alguien más como él en alguna parte de lo infinito, pero sigue soñando con averiguarlo todo y mientras sueñe todo será posible, y la vida tendrá sentido.

La Corteza de un Árbol Viejo

Imagen obtenida de theendofthedark.blogspot.com
Sonreímos porque la noche ha llegado,
la explosión del firmamento,
el apogeo de lo oscuro,
del torrente sanguíneo de estrellas.
Allá a donde mires,
no encontrarás nuestras huellas.

Sé que no existe
la felicidad, lo idílico,
pero dejo que mis huesos aspiren
la luna llena, la hierba suave,
tus ojos llameantes.

El sol se despega de la noche,
fuego fatuo de lo eterno,
compartiendo con el océano un efímero beso,
que se separa, cansado,
buscando los abrazos de otros tiempos.

Estamos allí pero no estamos,
porque el juego de sombras no termina,
engañando nuestras vidas, mi vida.
Pues mis ojos jamás dejarán
de vivir en una imagen ya extinta.

El viento rasga la cúpula del cielo,
con finos hilos blancos
que rodean nuestros cuerpos, mi cuerpo.
Pues tu te marchaste, hace tiempo,
pero tu color no se desprende
de las rocas, los campos y el cielo.
“Me miras con el océano a la espalda y yo rozo la corteza de un árbol viejo, que se desprende, como tu presencia, hacia el recuerdo.”