Siluetas Olvidadas


Envejecimos juntos, tal vez no lo recuerdes,
rejuvenecimos juntos, tal vez hace demasiado.
Corríamos, y el océano era verde,
volábamos, y los sueños no eran cosa del pasado.

El lago se estremece con el fuerte viento,
e inconscientemente me pregunto si todo ha sido mentira,
si los tiempos que recuerdo han sido un retazo imaginado,
un dibujo paranoico de otro yo, de un loco muerto.

Y tus ojos sobreviven bajo cristales opacos,
pero ya no son tus ojos, son de otra,
de alguien que no habla, ni siente,
o eso creo muchas veces,
y otras simplemente prefiero no creer.

Entonces escribo,
para que las historias del “loco muerto” no desaparezcan,
en parte porque soy demasiado viejo,
en parte porque todo se torna gris.

Las canciones resuenan en las paredes desconchadas,
las humedades se extienden bajo los marcos,
bajo tus cuadros y las cartas,
sobre la vida y el tiempo.

Olvidaste las pequeñas cosas,
perdiste los recuerdos más grandes.
Escapaste de la vida poco a poco,
como esos actores inmortales de las películas viejas,
dejando bajo mis ojos tus recuerdos y los míos,
dibujando sobre mi piel la eterna historia de un ayer inmortal.

“Cuando morimos u olvidamos, en los recuerdos de otros sobrevivimos.”

La Primera Tormenta de Verano



“El sol languidecía tras los árboles, emitiendo sus últimos rayos entre las ramas, esforzándose en mantener vivo nuestro último día.

Las hojas se arrastraban, se arremolinaban entre las raíces, empujadas por una brisa suave, la respiración de un verano moribundo. Tus ojos estaban fijos en el vacío, comprendiendo y descifrando las claves del universo, explotando dentro de tu propia inmensidad un mundo nuevo, o eso creía yo.

Desde nuestro banco podía ver los castillos de arena deshaciéndose poco a poco en las finas olas, despacio, pero de forma inexorable. Éramos conscientes de que aquello era un epílogo seguro, un final, y todo parecía estar calculado para que todo se fundiese en el olvido.

Recuerdo que tenías entre tus brazos aquel gato que encontramos en primavera, un felino con suerte, amigo de perderse tras los muros de aquella mansión abandonada que vigilaba el océano, la misma en la que entramos un sinfín de veces.

Pocas palabras se pronunciaron aquella tarde, y los nubarrones comenzaron a avanzar a medida que las horas pasaban, ángeles negros que cubrieron el cielo completamente, dejando que el agua mojase nuestros cuerpos, justo antes de que el sol desapareciese.

Olía a tierra mojada y los recuerdos se llenaron de agua, inundándose el tiempo que pasamos, quedando intacto en mi cabeza para siempre… Y corrimos bajo aquella cortina espesa, pisando los pequeños charcos que comenzaban a formarse, la primera tormenta de verano, el último adiós de tus labios.

Nunca fui valiente, supongo que de tanto vivir en el pasado creí que mi vida nunca llegaría a un punto de no retorno. Imagino que el tiempo te hizo olvidarme, y por ello yo he sido el encargado de recordar nuestra historia, de mantenerla con vida a través de los años.

Solo quiero guardar lo único que realmente ha merecido la pena en mi vida, supongo que por eso escribo esta carta, una carta que probablemente nunca llegue a ser vista por tus ojos… Ojos que no volveré a mirar…”


Escribió todo lo que sentía en la fría cama de un hospital, su vida se escapaba pero tenía la sensación de haber muerto mucho antes, cuando sus manos se separaron en aquella cálida y lluviosa noche. Observó durante largo rato la ventana empañada, la lluvia hacía acto de presencia, el invierno había llegado de nuevo.

La nota calló al suelo lentamente, escapando de su mano, el segundero del reloj quebró el silencio a cámara lenta, las ventanas se iluminaron con un rayo lejano y después… Nada.



Aquella carta llegó unos días más tarde a su destinataria, temblando y llenándose de agua, primero despacio y después rápidamente, como un amor adolescente que se quiebra, marcándose a fuego en un corazón vacío.