El Último Vuelo

El humo se extendía por las calles, como una sábana oscura e impenetrable, ahogando los pocos cuerpos que se movían bajo su aliento. El silencio solo era perturbado por un estruendo lejano, más allá del muro de piedra.

Liam miraba el cielo, o por lo menos intuía su presencia, puesto que la bruma no permitía ver más allá de las farolas plásticas que flotaban a unos cuantos metros del suelo. Estaba sentado sobre una bici vieja, oxidada, con su aparato nuevo de respiración en la boca y unas gafas protectoras.

Todos los días deambulaba por aquel lugar, buscando cualquier cosa que pudiese intercambiar o vender a los mercaderes. Cuando caminaba podía vislumbrar el pasado reciente del mundo, que en aquel momento era tan lejano como el propio horizonte. Las historias de sus padres reverberaban entre los cascotes de cemento, formando en su mente una vívida realidad antigua. Los mismos padres que desaparecieron tras “La Última Gran Guerra”, el final de una cadena de despropósitos.

En aquel momento sus ensoñaciones desaparecieron, pues una luz amarilla comenzó a danzar ante sus ojos. En un primer momento creyó que era producto de su imaginación, pero aquello, después de parpadear varias veces, seguía allí.

Movido por un resorte que jamás había sentido, comenzó a perseguir aquel faro hipnótico a través del desértico suelo, y mientras corría entre el humo ciertas miradas se posaron sobre su delgada figura sin prestarle atención.

La luz se posó en el suelo, el muchacho, cansado, la miró curioso mientras acercaba sus gafas hacia aquello.  Era un insecto, como los que había visto en el álbum fotográfico de su padre, en una imagen de un prado y una puesta de sol.

El niño pudo ver bajo el insecto una especie de palanca de madera.  Tiró de ella hacia arriba, con fuerza, hasta quedarse sin respiración. Fue entonces cuando un tablón bajo sus pies se abrió, dejándole caer en la absoluta oscuridad.

Por suerte la luz de sus gafas se encendió, iluminando el túnel angosto y húmedo en el que se encontraba. La luz del insecto siguió moviéndose ante él, y su curiosidad le hizo avanzar, a gatas, lentamente.

Finalmente, tras varios minutos, pudo ver una luz clara iluminando aquel espacio, para aquel entonces ya podía caminar, pues la cueva se había ido ensanchando y agrandando a su paso, como si hubiese recorrido el estómago de un animal gigante, quizá un dragón de piedra dormido, pensó.

Un riachuelo lo esperaba al salir, y la luz clara del sol, sin nubes, le cegó durante un buen rato. Le lloraban los ojos, y su corazón parecía a punto de estallar… Jamás había visto el cielo azul, exceptuando en los libros y las cosas que decía la gente mayor. Pero allí estaba, ante él, inundando una cúpula inmensa que llegaba hasta el horizonte.

El insecto se posó sobre una roca, cansado, sin energía, pero para entonces el muchacho había olvidado su luz y su vuelo hipnótico, el mundo le esperaba más allá del humo, más allá de la muerte.

Se fue lejos, se perdió entre los sueños de un universo que creía desaparecido, y con el tiempo comprendió las mentiras, la oscuridad y el humo, el humo que lo ocultaba todo.

Agujeros Negros





Echar el resto, correr bajo un tejado de hojas,
soplar con fuerza, estirar el tiempo,
respirar respirando, respirar muriendo.
Camino con tus recuerdos,
siendo consciente de que ese “nosotros” ha muerto,
y camino con tus pasados,
versos inesperados que se funden en los claros,
en las sombras.
Una boca se abre,
los sonidos emergen, las tiendas abren,
el mar de protagonista a secundario, se transforma.
Y camino con mis recuerdos,
y los coches pitan y el sol se enciende.
Hago equilibrismo sobre las barandillas,
me cuelo en las sombras y abro el cielo,
cae tu mirada, avivando la luz
que tarde o temprano se torna sombra.
Dibujas en otro mundo, otra vida,
y ríes, riendo sobre mí,
porque simplemente tengo los pies enterrados,
porque el viento se ha llevado lo poco que tenía.
De las ventanas las notas musicales fluyen,
ocultándose tras el horizonte,
surcando las olas negras, los ojos apagados,
agujeros negros en la portada de nuestro universo.



Y tú decías mil estupideces,
Y yo decía mil gilipolleces,
Y todos reían,

Y todos guardaban en sus bolsillos el tiempo que nosotros perdimos.