Un Océano bajo sus Ojos


La luz se proyectó sobre las rocas que miraban el océano, sobre las olas que chocaban y el agua que se colaba entre las grietas, sobre los charcos. Avanzó poco a poco creando sombras y claros en toda la costa, cubriendo toda la extensión que podía abarcar tu mirada.

Extendiste los brazos, dejando que el viento meciese tu cuerpo hacia delante… Hacia atrás… En equilibrio perfecto sobre los peñascos. Me miraste, sonriendo, con ojos brillantes, dejando que el pelo cubriese tu cara.

Te dibujé mientras nadabas entre la espuma, mientras gritabas que lanzase las pinturas a cualquier parte, que viviese por una vez, en lugar de verlo todo desde lejos… Y conseguiste que el cristal se rompiese, que los acontecimientos formasen parte de mí y no fuesen una proyección que danzase sobre mis párpados.

Sé que esta imagen es un simple sueño, un vago recuerdo de otra vida que se ha convertido en la mía, algo que me aparta poco a poco de la realidad y los acontecimientos presentes. Pero no puedo evitar preguntarme, si existes realmente.

Escribiste en mi muñeca un número, pero no podía ver más allá de tus ojos, del océano que avanzaba bajo tus pupilas. Puedo recordar tus piernas mojadas, tu pelo rozando mis hombros, y el sol cubriendo tu piel.

Te sumergiste bajo el mar y miré por vez primera el número escrito en mi muñeca, la tinta comenzaba a deslizarse, a borrar cada cifra. Me miraste por última vez, sonriendo tristemente sobre el agua…

Me desperté e intenté recordar, recordar, recordar… Y junto al seis iba el tres, y después el vacío se extendía entre la tinta y tus ojos, y el océano bajo las pupilas, bajo tu piel, el tiempo, el recuerdo que se perdía…

Un simple sueño, me repetía, y de todas formas no importaba pues jamás podría encontrarte, un mundo es demasiado grande para un solo hombre, dos simples ojos no pueden abarcarlo todo. Pero nunca debes decir “nunca”, y jamás debes creer que algo es imposible, pues el universo conspira a favor de la gente que desea, a favor de aquellos que buscan lo inimaginable.



El tren estaba repleto de gente, y una mirada alzó el vuelo… Zigzagueando entre los cuerpos, avanzando sobre los asientos,  para finalmente caer sobre otros ojos, sonriendo, desplegando bajo sus pupilas un océano infinito, un sueño que ahora se convertiría en realidad.

Niño de Trapo



El reloj hace tiempo que se ha parado, enredado entre sus propias agujas, absorbido por el aura de esta habitación vacía. El polvo recubre cada superficie, el armario sumido en el silencio, los marcos de las fotografías han perdido su color.

Un muñeco con los ojos abiertos permanece inmóvil sobre las sábanas viejas, inerte, sentado, admirando los tiempos que se han marchado. Su brazo derecho está descosido, pendiendo únicamente de dos hilos, sus ojos parecen apagados, quizá el polvo haya tapado su alma de algodón.

Un rayo cruza el horizonte, atravesando el cielo. Segundos después su estruendo llega hasta las oscuras ventanas y los oídos cerrados del muñeco de trapo. Siempre ha querido contemplar el cielo, sabe que esta noche hay tormenta, pero no puede verla porque la última vez que lo tuvieron en brazos lo dejaron en esa posición, observando su reflejo en un espejo inmenso colgado en la pared.

Justo cuando la lluvia empezó a caer del cielo pudo escuchar una cerradura y una puerta crujir en el piso inferior. Después unas voces comenzaron a subir las escaleras, y poco a poco una conversación se tornó clara.

– No sé cómo se te pudo ocurrir entrar aquí, está todo tan oscuro…

– No te preocupes, está vacía, ya te dije que mis padres me contaron que los dueños murieron hace años.

“No sabía que hubiesen muerto… Cuando se fueron ellos y Raquel… Raquel… La última vez que me tuvo en brazos no se podía mover…”  El muñeco se había quedado congelado todos esos años, todos esos años pensando consigo mismo… Todo el tiempo mirándose en el reflejo.

Una luz se acercó hasta la habitación, la luz más cálida que podía recordar nuestro pequeño amigo. Sus ojos relucieron por primera vez en mucho tiempo, si hubiese tenido corazón, es posible que en aquellos momentos estuviese martilleando sus oídos con fuerza.

– Cómo llueve, espero que pare pronto –dijo para sí una voz femenina en el umbral-.

La chica se acercó poco a poco a donde él estaba, y miró la habitación durante un rato para finalmente darse la vuelta. El muñeco cayó al suelo provocando el sobresalto de la joven, que iluminó con su linterna el suelo.

Cogió al muñeco en brazos y lo miró largamente. Sus ojos oscuros prestaron calidez al niño de trapo, que sabía que volvería a estar tendido sobre el suelo, solo, pero ya no le importaba, pues el presente, que dura solo un segundo, le estaba permitiendo volver a sentirse vivo.

-Por fin te encuentro, casi me caigo por las escaleras…  –resonó la voz de un joven tras ella-.

– Mira, he encontrado algo –afirmó ella mientras sonreía-.

– Está demasiado descosido, no creo que…

– No me importa.

Guardó al niño de trapo en su mochila y bajaron las escaleras hasta llegar a un camino de tierra.  Pudo escuchar los pasos sobre los charcos, las risas y los truenos bajo la lluvia. Pudo escuchar la vida, la palpitación de los corazones, el viento… Pero no olvidó, nunca olvidaría la vieja casa, la vida que se había apagado poco a poco mientras él se miraba a sí mismo, en un espejo inmenso que ahora no era más que un recuerdo.