Los Latidos del Océano



La oscuridad nos llama desde el fondo del mar, nos invita a descender, a ocultarnos de los rayos de sol que luchan por viajar hacia la penumbra, también tentados por sus alas negras.

Nuestras manos se unen en el descenso, fruto de un acto reflejo alimentado por el tiempo que la vida nos privó de compartir. Los peces son sombras, luces y colores que curiosean desde lejos, desconfiando de los intrusos que entran en su hogar.

Siento que estás a mi lado pero no quiero comprobarlo, pues quizá el simple hecho de mirarte a los ojos haga que desaparezcas entre la oscuridad reinante.

Poco a poco la silueta de un barco muerto se vislumbra bajo nuestras cabezas, y los recuerdos imaginados durante mucho tiempo nos saludan desde un pasado que ahora parece tan lejano como el sufrimiento, la soledad y el nacimiento del mundo.

Bajo el agua nuestros oídos parecen captar el pulso del planeta, latidos lentos de un gigante que parece dormido.

Entramos en el esqueleto del barco, un enorme caparazón que vació sus entrañas para llenarlas después con nueva vida. Ojos blanquecinos nos observan desde la penumbra, unos hambrientos, otros  asustados.

Las algas cubren recuerdos de antiguos inquilinos, y un espejo al final de un largo pasillo llama nuestra atención. Avanzamos, silenciosos, arrastrando pequeñas partículas en suspensión que recuerdan al polvo de una casa abandonada.

El espejo está roto, sucio, verdoso. Miro mi cara pero no logro encontrar la tuya, me doy la vuelta y sonríes, sonríes mirándome mientras tu cuerpo se desvanece poco a poco. Trato de retenerte conmigo, pero el tiempo se ha ido aunque yo no lo recuerde.

Te busco, te busco entre todas las cosas que rodean este sueño. Busco nuestros recuerdos y los guardo bajo llave en algún rincón de este barco hundido, porque sigo esperando en las sombras de este mar eterno, por si un presente antiguo vuelve conmigo y me devuelve a la superficie.
“Cuando perdemos el miedo a cambiar, comenzamos a vivir”

El Vuelo del Cuervo


Mil fotografías caen sobre la mesa,
mil sombras se arrastran
despacio, sin hacer ruido,
limpiando sueños no cumplidos. 

Has dejado de querer, 
de correr con la cabeza en los pies, 
has dejado de hablar por hablar, 
de mentiras que ya no puedes entender.

Creaste promesas que salieron de otros labios,
tejiste con empeño una realidad que odiabas,
arquitecto de penurias,
soñador diurno de noches imaginadas.

Mil copas de alcohol rodaron, 
litros de fuego cayendo en tu garganta, 
comparando tristezas con lunáticos desconocidos, 
haciendo del viento tu único amigo. 

El vuelo del cuervo te hizo despertar, 
despertares que tardan cien años, 
las alas negras cortaron el aire, 
mostrando imágenes pasadas de antiguos presentes. 
Manos que se unían, 
cielos claros sin nubes en los costados,
bocetos de futuros dibujados en el suelo.

Tiempo, tiempo de cambios impensables,
de comprender que la vida no es eterna,
tiempo de lágrimas que traen sonrisas, 
de despertares que quiebran destinos imposibles. 



“Soñando con la vida escapé de las alas de la muerte”






Año Nuevo


El círculo vuelve a completarse, después de trescientos sesenta y cinco días… O eso dicen. Un año nuevo, que no deja de ser una excusa para comprar nuevos calendarios, para crear nuevos planes que casi nunca se cumplen, para ser un día más viejo que ayer, para montar atascos interminables de carros en los supermercados.
Año nuevo, que huele igual que el anterior, que avanza imparable hasta su propio fin, formándose a partir de lo que vives, de los instantes que queramos y nos obliguen a crear. 
Días de fiesta, de alcohol, de mareos, tropezones, caídas y empujones. Para unos con familia, amigos, risas y conversaciones interminables. Para otros con la agridulce soledad, lágrimas tímidas, lágrimas incontenibles, silencios continuos y dos trozos de pan que atrapan entre ambos una mezcla de todo lo anterior.
Deseos, promesas, discursos, esperas y disputas. El año viejo no quiere marcharse cuando su vida comienza a apagarse, se aferra a la existencia cuando las horas se cuentan con los dedos de una mano. Unos celebran su muerte y otros añoran lo que dentro de su corazón ha creado a lo largo de los días.
Brindis, copas que se rompen, gargantas que tragan y se atragantan, lluvia, oscuridad y estrellas. El nuevo año se irá tarde o temprano, en silencio, en contraposición al ruido que provocó su llegada, una traición que han sufrido muchos antes que él. 
Espero que este año consiga haceros olvidar la muerte de su antecesor.
Gracias por visitar un año más “The Lost Silence”.