Tiempo Muerto


Mi camino se ha construido a partir del tuyo, a pesar de no haberte podido tener nunca, al menos de forma completa. Este pensamiento se forma a medida que vivo, porque cada vez que doblo una esquina, puedo verte recorriendo los espacios que nos separan, eliminando las mismas fronteras que yo no puedo traspasar.

Y voy rompiendo mi vida, fumando momentos insípidos que no llenan, aspirando aires turbios que eliminan de mis pulmones el recuerdo del viento, que un día imaginé viajando de tus labios a los míos.

Puedo verte sonriendo al lado de otros y apenas consigo aparentar  una tranquilidad que no tengo. Me ves con otras pero no sabes que las comparaciones a veces son horribles.

Hablamos de tarde en tarde, momentos separados por cien días, o incluso más. Hablamos, y cada vez que lo hacemos las conversaciones atraviesan el mundo de una punta a otra, recorriendo océanos, países y montañas.

Ahora, que es cuando más lejos estás, es el momento de echar de menos lo que ayer parecía una línea continua, inalterable. Hoy es el momento de querer más de lo mismo, más de todos los momentos que nunca compartimos, es hora de colocar ese signo en forma de cruz entre nuestros cuerpos para que el resultado pueda ser infinito.

La Mujer del Lago


Cierro los ojos… Todavía soy capaz de oler la tierra mojada, de ver el cielo azul manchado con nubes dispersas y los árboles que descansan a la orilla del lago, en permanente vigilancia.

Recuerdo que había salido corriendo hasta aquel lugar, que el verano se moría lentamente con el paso de los fugaces días y que mi padre no se movía de la cama porque su cuerpo ya no se lo permitía.

Me senté en el suelo y escribí mil frases incomprensibles sobre un cuaderno desgastado, cientos de cosas que llegaban hasta mi cabeza desde algún lugar desconocido.

El sol aparecía intermitentemente entre las nubes, creando sobre el suelo un mosaico de luces y sombras, ayudado por las hojas de los árboles que se mecían con el viento, sobre mi cabeza.

Fue entonces cuando algo se movió entre los árboles, una figura que pude apreciar por el rabillo del ojo. Era una mujer que sonreía abiertamente, con ojos brillantes y piel clara.

– Hola, he estado observándote durante un rato. Pensé que era la única persona que conocía este lugar. Espero no haberte asustado.

– No te preocupes, no lo has hecho. La verdad es que es la primera vez que vengo aquí, pero todo esto me resulta familiar. Es relajante.

– Pues tendrías que verlo cuando se hace de noche, es como si todas las estrellas llenasen el fondo del lago.
La piel de su rostro tenía gotas de agua dispersas, y su pelo largo estaba húmedo, como si hubiese estado lloviendo.

Hablamos durante horas, sin que nuestros cuerpos se tocasen en ningún momento. Le conté casi toda mi vida en pocos minutos, y ella me contó cosas que casi no comprendía.

Al anochecer le dije que debía irme, pues mi padre debía de estar preocupado. Le prometí que volvería al día siguiente y ella asintió con una leve sonrisa.

No recuerdo con exactitud los días que repetí mi visita a aquel lugar, ni soy quién de describir mis sentimientos cuando la encontraba, siempre de repente, caminando entre los árboles. Simplemente recuerdo una sonrisa, un rostro, sus ojos…Imágenes que viven en mi interior desde que la conocí.

Un día se lo conté a mi padre, recuerdo que el aparato que le ayudaba a respirar emitía ruidos de vez en cuando. Sus ojos se iluminaron con mi historia, me hizo miles de preguntas que no supe responder y otras tantas que resolví con un simple movimiento de cabeza.

Al día siguiente ella me dio algo para él, para mi padre, yo no entendí para que quería un pañuelo azul, ni le pregunté por qué me lo daba, simplemente me limité a hacer lo que me pedía. Aquella misma noche le entregué la tela que ella me había dado, y todavía hoy no alcanzo a describir con exactitud la expresión de sus ojos.

Al comienzo del nuevo día no lo encontré, su cama estaba hecha y una foto descansaba sobre la almohada, solitaria en la inmensidad de la blanca colcha. Mi padre, con rostro adolescente sonreía desde la imagen congelada, y una mujer estaba sentada junto a él. Sus ojos eran los mismos, su piel era idéntica, su rostro era el de la joven a la que veía durante aquellas tardes de verano.

Corrí hacia el lago, con el corazón latiendo con fuerza en el pecho, invadido repentinamente por la preocupación y un millón de dudas. Cuando llegué a la orilla del lago los zapatos de mi padre descansaban juntos sobre la tierra. La palabra “gracias” estaba escrita en el barro, y al encontrarla las lágrimas brotaron desde mis ojos, mientras el viento silbaba entre los árboles de un lugar al que no volví hasta hace un par de días, porque a veces tenemos miedo de reencontrarnos con nuestro pasado, o quizá de encontrarnos a nosotros mismos.

Durante días le pregunté a la gente del pueblo si conocía a la joven de la fotografía, y no tardé demasiado en encontrar la respuesta, pues una vecina me contó que había muerto tiempo atrás, ahogada en un lago cercano, cuando mi padre y ella eran novios.

Esta extraña historia ocurrió hace años, y a pesar del irreversible cauce de acontecimientos que siguieron a este, en mi memoria sigue tan vivo como el momento presente. Y hoy te lo cuento a ti, después de haber vuelto a aquel lugar para rememorar en silencio todo lo ocurrido, con más interrogantes que respuestas, perdido en el recuerdo de la mujer del agua.

Destino


   

Se sienta sobre un banco viejo de un parque solitario a causa de la intempestiva hora. Sus ojos hablan por sí solos y la música procedente de alguna tienda cercana llega hasta sus oídos.

Lo ha dejado todo en cuestión de días, su pareja, su casa y su trabajo.  Su madre le ha preguntado mil veces porqué lo ha hecho, pero siempre que le responde lo hace con una mentira distinta.

Ella no tiene que dar explicaciones, pues se sentía sola a pesar de tener esas tres cosas. Un día se despertó incompleta, vacía, perdida en un mar de recuerdos y sueños que había dejado atrás con el tiempo. Sabía que quizá se arrepintiese con la decisión que iba a tomar, pero tenía que correr ese riesgo.

Un autobús, un barco y un taxi la alejaron del presente para adentrarla de nuevo en el pasado, un pasado que olía a futuro por los cuatro costados. Llevaba su vieja guitarra a la espalda cuando entró de nuevo en la casa de su infancia, una casa que vació de tristezas y llenó de alegrías.

Muchos la miraron tocando su guitarra en un parque del centro, de esos que la miraban unos cuantos decidieron conocerla. Con el tiempo, sin haber buscado siquiera, una pieza de su pasado se reencontró con ella, en una tarde otoñal iluminada por un sol que comenzaba a caer en el horizonte.

Hoy, todavía hay gente que se acerca al mismo lugar, esperando que la sintonía antigua de una canción que ya no suena, vuele entre los árboles y los columpios oxidados. Convirtiendo en mágica la vieja atmósfera de un parque vacío. 

Viajando entre los Sueños




He soñado que volaba sobre el inmenso mar de un mundo diferente. En ese sueño cien años pasaban y mil personas inventadas eran tan conocidas como las que me rodean.

Caía sobre el suelo, prisionero de criaturas de otro planeta. Antorchas, fuego, un océano de árboles quemándose, atrapándome bajo el sofocante calor y una nube de cenizas.

Escapábamos y llorabas por cosas que no comprendía. Hablabas de flamantes estrellas más allá de las montañas, creías en sueños que jamás conseguirías. No veías que aquello era lo que estabas buscando, un sueño absurdo en la oscuridad de la noche.

Mil sombras se acercaban mientras desaparecías entre la gente, pero las montañas seguían erigiéndose en el horizonte, esperando.

Atravesé un desierto de nubes negras y el “lago de la memoria”, donde los recuerdos son presentes que reabren heridas viejas.

Llegué a la cumbre, viejo, tan viejo como el tiempo, un antiguo prisionero que había olvidado que sus ojos todavía estaban cerrados.

Llegué a las montañas del horizonte y allí no había nada, solo oscuridad pura, la nada me esperaba aspirando pedazos de sueño.

Te dejé escapar entre el gentío y todas las estrellas que prometiste se esfumaron, volaron como las hojas de los árboles en otoño, como las gaviotas que escapan cuando corres sobre la arena de la playa.

Y desperté, sin tiempo para buscarte. Desperté creyendo que la vida era sueño e intenté regresar, intenté dormir de nuevo para reencontrarme contigo y alcanzar aquel futuro que dibujaste en mi mente. Pero era tarde, pues mil sueños sucedieron a ese pero en ninguno logré encontrarte.
“Las cenizas de un sueño roto abrasaron el interior de un corazón marchito. La muerte se dibujó en los labios de aquel repentino hijo del miedo, y el tiempo lo transformó en polvo arrastrado por el viento frío de invierno, abanicado, danzando bajo el cielo gris.”