Memorias del Viento.



Su vida se escapaba sin que le diese tiempo siquiera a darse cuenta de que había vivido. Un día se sorprendió llorando por todas esas cosas que no llegaría a hacer, por todas esas cosas que quería cambiar de su pasado.
Un día recibes una noticia que lo cambia todo, una noticia que te despierta del letargo en el que te mantienes durante casi toda tu vida. Ella la recibió sentada sobre una silla blanca de una sala todavía más clara. Hoy la recuerdo, sonriendo nerviosa, intentando que todo pareciese normal, con su pelo oscuro cayendo sobre unos hombros pálidos, asustados a causa de la luz que entraba desde las ventanas.
Una palabra le hizo cambiar, le hizo despertar entre la multitud que caminaba hacia ningún lugar. Cada minuto contaba, cada segundo era un sabor diferente, y los sueños se multiplicaban combatiendo incesantes al tiempo que se esfumaba entre sus dedos.
Ya no recuerdo sus lágrimas, porque ella las cubría con estallidos de felicidad que hacían que el suelo desapareciese de nuestros pies. Ya no recuerdo las largas esperas ni las malas noticias, porque ella borraba todas y cada una de ellas.
Nos perdimos entre las calles laberínticas de una ciudad que ya no recuerdo donde se encuentra, caminamos durante horas, quizá durante días, descifrando con la palma de las manos el sentido de todo lo que conocíamos, descifrando nuestro paso fugaz sobre el mundo.
Y ahora, el mundo es oscuro y su alargada sombra no deja de sobrevolar el horizonte. La tonalidad y el brillo de aquellas tardes invernales se han desvanecido, los pájaros y las sonrisas han volado buscando un lugar mejor.
Hoy, sentado sobre un banco de un parque que ella quiso mostrarme, aspiro el aire de un invierno que se muere y rememoro cada momento, viajando a través del tiempo, compartiendo de nuevo cada instante creado al calor de su mirada. Porque así seguirá viva, dentro de mí, como ella dijo.

Delirios del Pasado



– Es eso justamente lo que no comprendo, que me hables cada noche cuando me acuesto y te pases todo el día sin dedicarme un solo gesto. El tiempo se diluye y todavía no te conozco, o simplemente no has querido que lo haga.

– No es eso.

– Ya, ¿Sabes? Todavía te busco entre la gente, todavía intento encontrarte en medio de esta enorme marea de caras similares.

– Pero no me encuentras, ni me encontrarás, lo sé, lo siento.

– Lo tengo claro, no creas que guardo esperanzas. Es algo involuntario, no puedo evitar hacerlo, es como si a todo le faltase una pieza importante, como si todos los sueños que habíamos creado no pudiesen volver… No sé si lo entiendes.

– Sí, lo entiendo.

Aquella cara no tenía color, ni siquiera se asemejaba ya a su rostro, inevitablemente todo se estaba volviendo borroso.

– Sé que lo entiendes, sé que te preocupas. Sólo quiero pedirte una cosa simple, algo sencillo.

– Pídeme lo que quieras.

– Abrázame durante esta noche, sólo eso, y después dejaré de llamarte.

Lo hizo, se sentó junto a él sobre el sofá. Sus ojos se cerraron mientras sentía el calor de su cuerpo junto al suyo.

El alcohol se había derramado sobre la mesa y el vaso de cristal se deslizó lentamente hasta el suelo, resquebrajándose, separándose en mil pedazos.

Un hombre dormía sobre un sofá vacío, un hombre soñaba en una ciudad perdida con alguien que ya no volvería, con alguien tan fugaz como importante, un soplo de vida en el interior de una gran cueva oscura.

“En ocasiones la esperanza es amiga, en ocasiones la esperanza asesina”

Luz entre las Nubes



La marea se lleva los restos de un sueño derramado sobre la arena, el viento, frío como todas aquellas noches solitarias, vuela a ras de suelo silbando entre cada rama de cada árbol caído.

Duerme, sueña mientras el mundo se despierta, activado repentinamente por los primeros rayos de sol en un amanecer anaranjado que ilumina el vientre de las nubes.

Duerme, ha vuelto a aparecer en el interior de aquella vieja estación, ha vuelto a mirar su reloj en un intento de ralentizar el paso del tiempo, en un intento de retroceder, de volver a recorrer un camino que ya no le pertenece.

Duerme, el tren ha pasado y no ha podido cogerlo, no ha querido porque el miedo ha sujetado sus pies sobre el suelo.

Sueña que su vida se pierde y los años caen sin parar, que los bares se suceden y la muerte llega tan rápido como la esperanza se fue, fugaz.

Despierta, envuelto en sudor, las vías del tren son una sombra borrosa a través de las ventanas cerradas, se viste con rapidez y prepara su equipaje en un abrir y cerrar de ojos, de todas formas nunca ha tenido demasiado entre aquellas cuatro paredes.

Sale al exterior y no siente el frío de la calle, no mira las nubes que se despiertan amenazadoras sobre el sol, ni siquiera se percata de que su reloj se ha quedado sobre la mesilla de noche, moviendo sus agujas sin parar.

El tren pasa, de nuevo, pero no importa, habrá más después de ese. Los lugares no escapan, esperan pacientemente a que el observador los vuelva a recorrer, a veces cambian y otras veces se congelan durante años.

Abre la carta que golpeaba su pecho en el interior del bolsillo de su chaqueta. Hace una semana que la tiene y nunca se decidió a responderla, porque a veces la mejor respuesta nace sin palabras, se crea con acciones que marcan un antes y un después, puntos precisos en la escala temporal de nuestra vida que nos convierten en lo que somos al final de nuestro viaje.

Un Verano Adolescente



Subíamos a las rocas de la costa,
veíamos el sol a lo lejos, ya cayendo en el horizonte,
construíamos futuros inciertos
que se rompían en un instante, en un segundo.

Aspirábamos ese aire cálido de verano,
buscábamos sin descanso nuestras manos,
y rozábamos el cielo sin volar,
probábamos pequeños sorbos de felicidad,
que duran lo que dura un verano adolescente.

Vivíamos sin vendas en los ojos
 aprovechando los fugaces  amaneceres,
incendiando recuerdos y creando otros nuevos,
nuevas situaciones compartidas,
nuevos sueños y esperanzas perdidas.

Ahora que mis ojos no son ojos,
que mi boca ya no te siente
y mis dedos no te tocan,
ahora soy pasto de los remordimientos,
de las lágrimas ahogadas y las noches infinitas.

Siempre te busco,
te miro,
te hablo,
estoy contigo en mil lugares,
en mil momentos perdidos

de un pasado inalcanzable.