Heridas y Cicatrices


“Somos un millón de cosas, de personas, de objetos… Todos ellos encerrados en nuestro cuerpo”










Las ramas de los árboles crujen por encima de su cabeza y rozan el cielo con sus extrañas hojas. Un riachuelo corre incansable en algún lugar cercano, el canto de los pájaros es un simple eco lejano que llega hasta sus oídos.

Conoce aquel lugar, o al menos en su memoria cree encontrar un retazo borroso de un instante pasado que no se digna a desaparecer.

Llega hasta el riachuelo que había escuchado anteriormente y observa el sol, cuyos rayos luchan por llegar al suelo atravesando hojas y ramas.

Una mujer está sentada en la orilla y curiosamente cree conocerla, a pesar de que no sabría decir a ciencia cierta de quien se trata.

Decide sentarse a su lado y mirar su rostro, esa mirada que parece absorber cada fotón de luz, que parece guardar bajo llave todos los secretos y toda la luz del universo.

Ninguno de los dos habla, ninguno de los dos se mueve, el viento mece las hojas que caen desde los árboles y las arrastra lejos, haciendo que floten sobre el suelo, despacio. Sus manos se juntan, sus ojos se cruzan, y sus exhalaciones son lo único que parece oírse en todo el bosque.

Sus nietos corren ahora sobre la arena del río, en el mismo lugar donde sus corazones se entrelazaron, en el mismo punto donde se creó un recuerdo único. Su mujer les acompaña de cerca, mientras él no mira a nadie… Solo, él solo junto a sus recuerdos.

Nadie sabe qué le ocurre, aunque con el tiempo se han acostumbrado a verlo así, taciturno, con ensoñaciones, imaginando o recordando cosas que nadie sabe, y que solo él guarda en su interior.
Aquella misma noche se va, en silencio, sin decir nada. Aquella misma noche todo desaparece, un mundo se diluye dentro de otro…
“En ocasiones no vivimos, en ocasiones dejamos que el tiempo corra al creer que todo lo cura… Pero no es cierto, hay heridas que jamás cicatrizan, aunque pasen días, meses, años…”

Una Lucha Continua








A veces te sientes solo, en ocasiones la compañía no llena los espacios vacíos que tu corazón tiene. A veces la soledad se apodera de nosotros y cubre de oscuridad las paredes de nuestra mente.


Hoy te han ignorado, te han insultado, han acabado con las débiles murallas que habías construido poco a poco. Hoy no tienes fuerzas para salir de casa, ni siquiera para levantarte de la cama, solo deseas desaparecer, fundirte con la almohada y no ser nada.
Crees que todo está en contra tuya, que todas las caras, los objetos, las nubes te atacan, que mortifican tu alma con crueldad, sin rastro de compasión. Te preguntas por qué vives en un mundo que solo intenta presionarte, que te pide que participes activamente en un engaño antiguo. Cuando ven que eres diferente te atacan, cuando creen que eres débil intentan aplastarte todavía más.
No debes rendirte, no debes dejar que esto tenga un final anticipado fruto de la desesperación provocada por unos pocos. Enfréntate a tus miedos, coloca tus pies sobre el asfalto y alza tu mirada hacia las nubes, hacia el cielo, recuerda que nunca has estado solo a pesar de todo.
Las agujas del reloj se mueven despacio y tu las miras desde esa sombría habitación. Te incorporas y apartas las cortinas una vez más… Esta vez no hay nubes, esta vez no hay pájaros oscuros alimentándose de tus esperanzas y sueños.

El sol comienza a desaparecer entre los edificios, el día se despide una vez más y tus ojos parecen volver a despertar, después de mucho tiempo bajo un espeso y oscuro océano de lágrimas y alcohol.



Ese bucle llamado Vida




Una vez más toco la superficie del agua con las manos temblorosas, una vez más vuelvo a encontrarme de frente conmigo mismo… Todavía no me conozco.






La verja de la casa de la playa se abre a primeras horas de la mañana. Vuelve a salir como cada día para contemplar los primeros rayos de sol apareciendo en el horizonte, emergiendo sobre el inmenso mar que a sus pies se queda, observando, inmóvil, casi petrificado por su silueta.

Sentado sobre la arena contempla un escenario mil veces visto, conocido, pero que siempre le otorga la calma que tanto necesita para afrontar el día a día.

De repente su mirada se posa sobre una caja de cristal que se balancea sobre las olas, como un equilibrista sobre una fina cuerda. Se acerca a la orilla y la coge, en su interior parece esperarle un sobre amarillento, descolorido, como si hubiera estado esperando una eternidad hasta ser encontrado.

Abre el sobre y una carta cae sobre su regazo, con sumo cuidado despliega el papel que tanto tiempo ha estado esperando para ser abierto, para ser leído.

“Espérame, recuérdame, al menos por unos segundos, al menos por un tiempo. Escucha mi voz entre las olas, escucha el latido de mi corazón con el viento, soy parte de ti y aunque no me conozcas pronto lo harás. Sé que es difícil pero con el tiempo todo cambiará”

Volvió a meter la carta en el sobre, y el sobre en la caja, extrañado y confuso por aquel mensaje, sin saber quien lo había escrito. Aquello cambió su forma de ver el mundo, pese a no haber comprendido a que se refería la persona que estaba detrás de aquellas palabras.

Aquel mismo año abandonó su adolescencia, abandonó aquel lugar que guardaría para siempre el sonido de las olas susurrando palabras incomprensibles…

Con el paso del tiempo volvió, la casa parecía una sombra del pasado, un ángel de piedra que había perdido su mirada luminosa y clara.

En unos meses hizo que su hogar fuera otro, cambió muebles, ventanas, colores… Y la oscuridad poco a poco se convirtió en luz.

Mientras contemplaba la superficie del océano recordó algo, caminó hasta su habitación y pudo comprobar que la caja de cristal seguía allí, en perfecto estado… Habría podido jurar que incluso estaba más nueva que la última vez que la vio.

En ese momento alguien llamó a la puerta y se apresuró a abrir. Una mujer apareció ante él y aquella visión hizo que olvidara todo su pasado, todas las cosas que lo rodeaban.

Ella sonreía con cada palabra que su boca pronunciaba, estaba pasando las vacaciones en una pequeña casa de un pueblo cercano y había salido a conocer el lugar. Al atardecer no supo como volver y por ello llamó a la puerta de aquel desconocido.

Él la acompañó a su casa aquella noche, después de hablar sin parar durante varias horas, después de que su voz se quedara para siempre en su memoria.

Los días pasaron con aquel ir y venir de gente desconocida a la playa, es increíble como el verano hace que todo renazca y el invierno congela las cosas cada año para que todo vuelva a comenzar de nuevo, un bucle incesante de momentos que preceden a otros, sin parar, a veces con calma y otras de forma fugaz. Él no prestó atención a nada de esto pues sus días fueron dedicados a ella, y aunque parezca increíble ambos admiraron cientos de atardeceres, cientos de soles desvaneciéndose en el horizonte, cien noches abrazados al calor del fuego de una hoguera que luchaba contra el frío que traía la oscuridad.



Recuerdo una frase que me dijo él mismo cuando me relató esta historia, recuerdo casi con total claridad sus palabras… “La mayoría de las cosas que tenemos, la mayoría de los momentos que vivimos solo ocurren una vez, por eso tienes que aprovecharlos, sentirlos y tocarlos como si un hasta luego significase un adiós”.




Una mañana se despertó solo, ella no estaba, la casa estaba en silencio. Se levantó y la buscó durante todo el día, fue a su casa corriendo, sin pensar en el frío, sin pensar en nada más que no fuese encontrarla.

No estaba, no había rastro de ella y entonces se dio cuenta de que todo había terminado.

Volvió a la casa de la playa y mientras miraba el exterior con los ojos vacíos recordó algo. Arrastró los pies hasta la habitación de su infancia y buscó la caja de cristal que tantas veces había mirado, no la encontró, ni el sobre, ni la carta… nada.

Volvió a la ventana y en la orilla pudo ver una silueta que dejaba sobre la superficie del agua una caja de cristal… 




Os preguntaréis que ocurrió, intentaréis saber los que hayáis llegado hasta el final, si la historia acaba de una forma u otra. Ni yo mismo lo sé porque la persona que me lo contó no quiso especificar su final, ni siquiera conozco su rostro. Solo puedo deciros que cada uno puede encontrar dentro de sí mismo, el final perfecto para este relato.






“Ambos miraron el horizonte y posaron la caja sobre el agua mientras admiraban un futuro cercano, cuyo final todavía estaba lejos”