Pensamientos

Somos lo que mostramos y lo que ocultamos. La mayor parte del tiempo paseamos una caricatura de nosotros mismos ante un público que en ocasiones actúa y otras simplemente observa.
Ropa, gestos, conversaciones banales que no llegan a ningún lugar y que están predestinadas a ser fugaces espacios vacíos en la memoria.

Para muchos no somos nada, simples desconocidos que se cruzan en su camino cada día, rostros sin expresión, sin cara, sin voz… compañeros de celda en esta gran jaula que nos rodea.

Somos mil recuerdos escondidos bajo nuestra piel, mil momentos que recorren nuestras venas cuando caminamos, cuando contemplamos una puesta de sol, cuando reímos y lloramos. Somos uno, y a la vez podemos ser mil.

A veces alguien olvida lo que fue, lo que vivió, la gente que lo acompañó durante este largo camino. En muchas ocasiones dejamos de ser nosotros y poco a poco comenzamos a morir.

Perdido en la Oscuridad

Y ya no veo más allá del humo negro que me rodea. Y ya no veo esa revolución que se fraguaba en mi interior, que estallaba desde el centro de mi cuerpo, este cuerpo que parece desaparecer cuando miro el cielo, que quiere formar parte de su cúpula gris…





“Sara vacía su cartera en el fondo de un autobús urbano, cuenta y recuenta lo que le queda en aquel pedazo de tela gris, algo desgastada, con dibujos tatuados sobre cuero falso.

Cuando termina mira el exterior de las ventanas, frío, gris, sin color, el invierno llegó después de un verano que habría deseado que nunca terminase. Sus pupilas negras absorben la poca luz que transporta el aire que rodea la ciudad, las pisadas de la gente sobre el suelo mojado se pierden entre las comisuras de los edificios cercanos.

La vida no tenía sentido, las cosas no tenían valor y el mundo parecía haber perdido todo rastro de felicidad o tristeza, era algo neutro que le revolvía el estómago y hacía que su cabeza diese vueltas constantes en busca de algo de calor.

Aprieta un botón y espera a que el autobús le deje sobre el asfalto. Ha llegado a su destino con el corazón latiéndole con fuerza en cada pedazo de piel, blanca como las nubes o quizá más.

Camina siguiendo el curso del río, sobre el paseo de arena que recorre un parque perfecto o que alguna vez lo pareció.
Entonces lo ve…





 Al otro lado del río Manuel escribe sobre su pequeño cuaderno, comprado en una minúscula tienda de la zona antigua de la ciudad. Cada día se sienta en ese mismo banco para que las palabras emanen desde la yema de sus dedos al papel.

A pesar del frío él se siente bien allí, lejos del ruido, lejos de la gente y su eterna prisión temporal, lejos de las prisas y los malos disfraces… lejos de todo.

– Hola –Sara le saluda y se sienta a su lado-.

Él no responde, se limita a seguir escribiendo.

– Al final lo he logrado –dice Sara mirándole fijamente-.

– Es demasiado tarde –dice con amargura-.

– Todo puede volver a ser como antes-.

– No puedes presentarte aquí y pedirme que volvamos a ser los mismos, no puedes tardar tanto en reaccionar y ahora hacer como si nada –dice con tono tranquilo para convencerse a sí mismo de que no le afecta pero las murallas que había creado en su interior comienzan a caer, una por una…-

Se quedaron en silencio, el viento y el agua sustituyeron a  sus voces, sonando ininterrumpidamente con un ritmo lento, pausado, casi hipnótico.

Las palabras no volvieron a pronunciarse aquel día, a veces al mover los labios rompemos el hechizo mágico que se crea en contadas ocasiones a lo largo del tiempo, a veces vuelve y otras simplemente desaparece.

Sea como sea, aquel día cambió sus vidas para siempre y aunque en un futuro todo se podía volver a romper, no importaba, pues ya lo habían vivido y el recuerdo se mantendría con ellos, marcado a fuego en el corazón.”







Cerró el cuaderno, sus ojos estaban cansados, la noche anterior había sido demasiado larga, los últimos días se habían hecho demasiado largos…

Coge un bote de pastillas que había guardado en el bolsillo derecho de su pantalón, lo abre con tranquilidad y mira el cielo por última vez.

Las pastillas comenzaron a bajar por su garganta como un fuego ininterrumpido, como una tormenta incansable… y su vida comenzó a apagarse porque aquella espera le había roto el corazón, porque las palabras que escribía sobre su cuaderno jamás se harían realidad.

El móvil suena en el silencio de aquella calma incesante, nadie lo coge, nadie está allí para escuchar, para descolgar.

La llamada cesa y una voz apagada suena desde el teléfono…

– Manuel, soy Sara…
“El mejor de los recuerdos es más doloroso que mil recuerdos malos”