Bajo la Sombra de un Recuerdo

–       ¡El secreto está en la muñeca! – dijiste bajo la sombra de aquel pino viejo, cansado ya de tantos días bajo el sol.
Mientras subías y escalabas cada rama yo te observaba con miedo, con el temor de que un paso en falso convirtiera tu vida en muerte y la luz en sombra.
–      ¡Ten cuidado!- repetí desde el suelo, gritando para que escuchases mi voz entre el sonido del viento.
No me escuchaste, o quizá no quisiste hacerlo pues me animaste a subir sin responder a mi súplica.
Cuando al fin te di alcance, jadeando y respirando entrecortadamente, tú mirabas el cielo, el sol que comenzaba a ponerse a lo lejos. Estabas sentada sobre una rama, con las piernas colgando en el vacío, sonreías como siempre pues ninguna lágrima había podido ver sobre tu rostro hasta aquel momento.
Recuerdo aquel instante congelado entre todos mis recuerdos, y escribo esta carta para reprimir los deseos de volver atrás, de recorrer este largo sendero que me ha llevado a ningún lado y poder recuperarte para que la vida me devuelva la felicidad de aquellos años.
Las hojas caían desde los árboles, el otoño estaba a punto de llegar y el verano emitía sus últimas luces antes de desaparecer  tras el telón gris de la lluvia, el frío y la escarcha.
Durante un tiempo continuamos recorriendo la ruta que nos llevaba desde el bosque a la playa, sin darnos cuenta de que nuestro camino se rompería en dos poco a poco.
Con el paso de los años nuestros encuentros se hicieron cada vez más esporádicos, la universidad no dejaba demasiado hueco en nuestras vidas y vivir en lugares distintos hacía cada vez más complicado el poder verte.
Un verano decidí que había llegado el momento de cambiar, de romper con una vida que no me llenaba al no poder compartirla contigo. En el portal de tu casa un cartel de “se vende” me saludó sustituyendo a tu sonrisa, una piedra pareció golpear mi corazón en ese momento. Hablé con todos los vecinos, con toda la gente que pude encontrarme pero la suerte no estaba de mi lado, te habías ido para no volver y tu recuerdo permanecería para siempre dentro de mí.
Ahora una carta ha llegado hasta mi buzón, no sé cómo conseguiste encontrarme después de tanto tiempo. Los recuerdos han vuelto a mí cuando ya los creía enterrados, cuando creía que jamás volvería a verte ni a escuchar tu voz.
Ahora me dispongo a salir de casa con la esperanza de que todo vuelva a ser como antes, o que al menos podamos rememorar cada verano juntos, mientras sonreímos a la sombra de un  pino viejo, cansado ya de tantos días bajo el sol.






Para El Cuentacuentos

El Corazón de las Sombras

Sus ojos se abrieron en el corazón del bosque, la oscuridad le rodeaba con sus alas negras, la luna lo observaba desde el cielo con su semblante impasible.

Sus brazos de madera chirriaron cuando intentó incorporarse, y su boca no pudo emitir ningún sonido cuándo volvió a caer al suelo. Sus labios eran simples hilos trenzados en su cara metálica.

Se levantó mientras escuchaba una sinfonía lejana, que parecía proceder de un pequeño claro del bosque donde se podían apreciar pequeños puntos de luz.
Miró sus manos, sus dedos de tela marrón oscura que se movían con dificultad. Los ojos escintilaban una luz amarillenta que permitía que se guiase en la oscuridad.

Se acercó lentamente a los puntos de luz, entre los matorrales, para no ser visto. Al acercarse pudo ver unas siluetas delgadas con hilos en las muñecas, unos hilos que ascendían hacia el cielo, hacia la luna.
Se movían en círculos y sus caras emitían aquella luz que había visto en la lejanía, salvo sus ojos y boca que eran pura oscuridad.

De repente dejaron de girar y se dieron la vuelta, le miraron fijamente y sonrieron a la vez. Algo en aquella sonrisa fría hizo que escapase de allí, que corriese lejos del claro del bosque. Sentía que aquellos seres lo seguían desde la oscuridad y por ello no se detuvo hasta tener la certeza de haber escapado.

Los árboles eran oscuros y sus ramas parecían garras o brazos que se alargaban sobre su cabeza. No sabía donde estaba, ni quien era, solo que debía encontrar a alguien o algo, algo importante que no era capaz de recordar.

Continuó caminando, una cueva apareció entre la maleza, pequeños faroles iluminaban su entrada, una abertura que parecía llegar hasta el corazón de la tierra.
Entró en ella, el aire soplaba desde fuera y movía la tela de su ropa con un vaivén hipnótico.

Las paredes de la cueva se estrechaban a cada paso, sus ojos le guiaban en la semioscuridad. Perdió el equilibrio y cayó al suelo, en ese momento vio dibujos en las paredes, rozó con la yema de sus dedos cada retazo pintado sobre la roca.
Las pinturas hablaban de siluetas brillantes, de habitantes oscuros, de seres alargados que deambulaban bajo la espesura del bosque.

La cueva respiraba, sus paredes a veces parecían moverse y un aire cálido soplaba desde sus entrañas hacia el exterior. Aquel aire parecía emitir recuerdos de un pasado lejano, un pasado en el que la luz era un elemento más en el Reino de las Sombras.

Sus pies de madera avanzaron sobre el húmedo suelo, una respiración proveniente del interior de la cueva hizo que el miedo se apoderase de su pequeño cuerpo de madera.
Unos ojos brillaron a pocos centímetros de él, calló al suelo y rodó sobre la superficie húmeda rasgándose el pantalón.
Desde el suelo pudo ver una gigantesca figura con escamas que relucían en la penumbra, aquello estaba intentando encontrarle, atraparle, arrastrarle al corazón de las sombras.

Poco a poco fue arrastrándose por el suelo, intentando no hacer ruido. Un movimiento en falso, una piedra que rueda sobre el suelo, un silencio frío que atrapa aquella lúgubre atmósfera.
Corrió hacia la salida, con el ruido aterrador que aquella bestia producía a sus espaldas, en aquel momento creyó que la cueva se vendría abajo a causa del temblor que sentía bajo sus pies.

Al llegar al exterior no se detuvo, no miró atrás, continuó corriendo bajo los árboles de aquel bosque muerto   cuyas ramas eran garras, brazos y dedos que se alargaban intentando arrancar del cielo las pequeñas nubes que vivían sobre aquel lienzo oscuro.

Recordó el momento en el que empezó a ver el mundo con claridad, recordó las cuerdas que lo habían atado a la falsa realidad que la luna proyectaba, títeres de la noche, títeres del olvido…
Entonces comprendió que el mundo es algo por lo que hay que luchar, algo en lo que hay que tomar partido, quedarse observando es perder… quedarse observando significa no formar parte de todo esto.

Una pequeña flor de pétalos rojizos emergía del suelo, con sus manos apartó la hierba oscura que la rodeaba y durante unos instantes permitió que el tiempo volase mientras la observaba.

Continuó su camino bajo el bosque sombrío, descubrió el mundo que le rodeaba y viajó sobre montañas nevadas y cuevas interminables.
Formó parte de aquel mundo, y con el paso del tiempo se dio cuenta de que a veces en la oscuridad podemos hallar la luz.