El Guardián de lo Desconocido

El aire frío golpea su cara, congelando sus labios y entumeciendo sus finos dedos. Las cortinas descansan sobre  las ventanas cerradas, la ciudad duerme y su respiración profunda envuelve la atmósfera oscura de una noche eterna.

Sus pasos recorren el empedrado suelo, los callejones se suceden y se cortan unos a otros a su paso, como un laberinto interminable de aceras viejas y paredes descoloridas.

La luna y la luz tenue de algunas farolas ilumina la fuente de un jardín gobernado por el silencio, su sombra se alarga sobre el cemento como una serpiente sigilosa atrapada por la luz mortecina.

Sentado en un banco, mirando la luz de la luna descansaba un chico de grandes ojos oscuros…

– Hola, has vuelto…-dijo mientras clavaba su mirada sobre ella.

No sabía quien era, aquellos ojos enormes la miraban con un brillo que jamás había visto.

– No te conozco, ¿quien eres?

El desconocido esbozó una sonrisa enigmática, el viento recorría la distancia que los separaba haciendo que los árboles se meciesen suavemente en la oscuridad.

– Ven, siéntate…

Al principio dudó si hacerlo, pero algo en aquella mirada le hacía confiar, le hacía sentirse segura…
Se sentó a su lado y miró al cielo, no había estrellas, ni nubes, solo la luna como única habitante del oscuro espacio infinito.

– Cada noche apareces…-comenzó a decir aquel extraño- todas las noches miramos el cielo juntos, a veces me recuerdas vagamente y otras soy un desconocido para ti. Después desapareces y recorro los callejones de esta ciudad, de este laberinto interminable…-volvió a mirarla, el vacío y la negrura se abrían desde sus ojos hasta su alma como una tormenta-.

El tiempo recorrió sus cuerpos mientras las palabras fluían sin descanso, ambos corazones se entrelazaron, se unieron, se convirtieron en uno.  
La luna poco a poco se fue agrandando, extinguiendo poco a poco la oscuridad…

– Ahora te irás, y regresarás sin recordar nada, la maldición de un tiempo que no me pertenece me hace esclavo de lo desconocido.

Un rayo cruzó el cielo, el viento se hizo más intenso mientras una lluvia espesa tocó sus cuerpos. Sus manos se rozaron en un breve instante de tiempo, intentaron no separarse pero no pudieron, intentaron mantenerse unidos pero las despedidas siempre llegan y trastocan nuestra realidad, nuestra vida, asolando los recuerdos y removiendo las heridas.



Se despertó sobre la cama, respiró entrecortadamente durante largo rato y se incorporó. A continuación miró la mesilla, una foto de una pareja descansaba sobre ella… La cogió y una lágrima calló sobre el cristal de aquel momento encerrado en el pasado.