Último Verano

La cerradura cruje sonoramente y el eco de su ruido fantasmal recorre el silencio reinante. Cuando sus zapatos rozaron la alfombra de la entrada su corazón pareció caer sobre ella como una pesada losa. Las enredaderas recorrían las paredes y las telarañas ahogaban los pocos espacios libres de aquella entrada lúgubre y sombría.

La primera vez que entró en aquella casa estaba en ese mismo estado, abandonada y perdida en el bosque, marchita, fría y sin vida… 

– Algún día será nuestra… -le había dicho Ana mientras le tiraba de la mano para que entrase.

El sol atravesaba las ventanas mientras Ana lo guiaba a través del pasillo y las habitaciones, explicando sus planes, sus proyectos y con sus palabras proyectaba sueños sobre paredes, suelos y techos agrietados.
A él todo aquello le parecía una locura, pero las palabras de Ana lo envolvieron y quiso creerse cada una de sus palabras.

Se sentaron sobre la hierba al lado de sus bicicletas, se quedaron en silencio largo rato, mirando el cielo y los pequeños pájaros que picoteaban con avidez el suelo.
El verano terminaba y ambos sabían que la despedida se acercaba, Ana se marcharía a estudiar a Inglaterra pese a todas las peleas que había tenido con sus padres, pese a todos los ruegos lanzados al viento. Miles de kilómetros separarían sus cuerpos, los recuerdos serían la única forma de verse y escucharse, la única forma de recorrer el espacio que habría entre ellos.

Las hojas volaban a ras de suelo, enredándose en la hierba, chocando entre ellas mientras ambos se abrazaban bajo la sombra de los árboles del bosque.
Los neumáticos de sus bicicletas dibujaron por última vez el camino de vuelta a casa, y los últimos rayos de sol acariciaron suavemente el universo que les rodeaba, para a continuación dejar al mundo sin la luz que lo iluminaba.

La casa descansaba en silencio, sus pasos hacían crujir los oscuros tablones de madera. Hasta aquel momento nunca había sido capaz de volver a aquel lugar. Los años habían pasado, y el recuerdo de Ana se mantenía vivo en su interior.
 Su mirada se posó sobre un papel doblado sobre una repisa, un pequeño avión de papel amarillento, lo desdobló y se sentó sobre el banco del porche mientras leía las palabras que Ana le dedicaba desde el pasado.

Quizá nunca leas esta carta o quizá cuando la leas sea dentro de mucho tiempo, puede ser que la leamos juntos y nos echemos a reír de las cosas que te escribo, o la leas tu solo y que otra persona esté ya a tu lado. Tenía que haberte dicho esto en persona, tenía que haberte explicado que no me iba a Inglaterra para estudiar, tenía que haberte dicho que estaba enferma y que intentaría recuperarme para poder verte cuanto antes… Espero poder volver a tu lado y que me perdones por no haberte sido sincera, espero que podamos hacer de esta casa un hogar para nosotros y pasar mi vida contigo… Si no vuelvo quiero que seas feliz, que recuerdes los días que compartimos, porque así seguiré viva dentro de ti, para siempre a tu lado, como siempre quise.

Las palabras de Ana recorrieron su cuerpo y sin poder evitarlo las lágrimas cayeron de sus ojos… Alzó la mirada al cielo, el sol se estaba poniendo, dobló de nuevo el papel y lo lanzó al viento…