Pétalos Negros

Recuerdo aquella flor sobre la repisa de la ventana, mis ojos la contemplaban desde abajo, parecía estar lejos, muy lejos, en lo alto del mundo, observándolo todo.

A veces me cogías en brazos para que pudiese ver más cerca su perfección infinita, los rayos de sol recortando su silueta y el viento meciéndola en silencio.


La vida parecía fluir desde su interior cuando observaba sus pétalos, con aquel color extraño que cambiaba en los días de lluvia…


A medida que el tiempo iba pasando la flor se mantenía allí, mirando el exterior, impasible en su burbuja de cristal.


Recuerdo el día en que me fui, cuando la mire por última vez bajo los rayos de sol… Me dio fuerzas para arrastrar la maleta sobre el frío suelo y despedirme de ti…


Una tarde, años después volví a casa… el cielo estaba cubierto por una capa gris, y el agua caía desde las nubes con fuerza.


Los pétalos estaban esparcidos sobre la habitación, perdidos bajo la ventana, abatidos por el pasar de los años. Recogí su cuerpo mientras las lágrimas seguían cayendo de mis ojos y me despedí de nuevo de aquel lugar que ahora se había vuelto tan oscuro.


En el fondo lo sabía, ella solo era el reflejo de la luz que trasmitías a todas las cosas que me rodeaban…


Posé la flor sobre la húmeda tierra, bajo tu nombre escrito sobre la piedra, y permití que la lluvia arrastrase todo lo malo, que arrancase de mi cuerpo el recuerdo de la muerte y el paso del tiempo…








El Faro





Recorrí con la mirada cada rincón sin llegar a ver nada, busqué tu cara entre la gente y grité tu nombre en la oscuridad, pero solo encontré mi reflejo sobre el humo negro que me envolvía…

Me recuerdo caminando sobre las vías del tren, con paso lento, aguantando el equilibrio, jugando con los sueños y la muerte a las cartas, a ciegas, en mañanas interminables de veranos e inviernos perdidos en la nube de una vida secuestrada por el tiempo.

Recuerdo las plantas que crecían entre la madera intentando agarrarme, las piedras que rodaban a mi paso, las flores, el campo, el día nublado…

Tiraba piedras al mar, sonriendo, las tiraba desde el puente de piedra y buscaba entre la arena pedazos de cielo encerrados en diminutas conchas desperdigadas en la orilla. La marea bajaba con el sol en el horizonte escapando del mundo, pequeños insectos se apartaban de mis pies descalzos y fríos.

En algún momento dejé de mirar lo que me rodeaba, en un instante inconcreto todo se convirtió en un reflejo borroso de lo que era.

Desde mi cuarto podía ver el faro iluminando aquel mar oscuro, en noches en las que mi mente se perdía entre las estrellas. Entre todas las noches destaca una, la noche en la que mis ojos observaron aquella silueta en las rocas… una silueta que miraba el vacío, que parecía entender a la oscuridad reinante…

Recuerdo mis pies bajando las escaleras de piedra, bajo la mirada atenta de un gato que me observaba sobre el muro con ojos brillantes. Los segundos fueron horas hasta llegar a la playa, el tiempo parecía correr con una lentitud exagerada…

La brisa rozaba mi cara cuando llegué a las rocas, cuando me acerqué al lugar donde había estado aquella silueta recortada en la oscuridad… Y allí seguía, a lo lejos, mirando el mar y acercándose cada vez más al agua.

Era ella, no había duda, volvía a mí de nuevo, esta vez podría despedirme…

Pero una ola me impidió acercarme, desapareció como la última vez, se la llevaron de mi lado de nuevo, volvía a estar solo entre los recuerdos que me ahogaban…

Te fuiste un día y el océano te atrapó con su manto oscuro… pero hay noches en las que puedo verte bajo la fría luna y abrazarte en silencio aunque sepa que pronto volverás a desaparecer entre las tinieblas.

Nubes de Humo

Anuncio mi despedida  entre calles y aceras viejas, guardo entre mis manos la última lágrima que estos  ojos han derramado, lágrima que resbala lentamente entre mis fríos dedos.

Saca un cigarrillo de la cajetilla, le prende fuego, el humo comienza a cubrir cada centímetro del cielo que mira, observa el horizonte  y las nubes se mezclan con el aire que exhala su boca, amarga boca.

El cigarrillo se consume entre sus dedos, y poco a poco se funde con el pasado, poco a poco se convierte en un simple recuerdo, se desvanece con el aire, se deshace en el viento.

La guitarra descansa sobre el suelo, la recoge y se sienta. Mira el cielo, de nuevo, ahora no hay humo, solo nubes claras y oscuras.

Sus dedos recorren las cuerdas, y el sonido retumba entre los edificios, las notas viajan entre la gente que camina bajo las farolas y atraviesa las palabras que pronuncian, las parte en dos y las vuelve a unir, las transforma.

Dicen que este no es el fin, y que las cuerdas de esta guitarra podrán sobrevivir a cualquier tempestad por fuerte que sea, que soportarán tu abandono y el paso del tiempo, que la música es inmortal y las palabras ocultan la verdad…

Mientras las notas resbalan sobre el suelo y vuelan sobre tu cabeza, los recuerdos asaltan la muralla que construiste, vuelven a rodearte, a cubrir tu cuerpo en un manto transparente.

Ese recuerdo… aquella suave brisa bajo un árbol perdido en el tiempo podrá curar cualquier herida… podrás viajar cada día a ese instante de paz, cerrar los ojos para poder ver más allá.

La canción termina y el sol se escapa en el horizonte, las gaviotas vuelan desperdigadas en el cielo, quizá le busquen a él, quizás quieran llevarse su alma para poder verla de nuevo sonreir…





“Una promesa se ocultó entre las sombras que proyectaba su cuerpo aquella tarde, no sabría explicar el qué, pero algo cambió, no sabría decirte cómo, pero la luz se hizo más intensa bajo el abrazo de aquel extraño sol”