El hogar paralelo

La garganta se llena de voces,
de palabras inacabadas.
Se llena de lágrimas,
de infiernos difusos.

Te he vuelto a ver
en nuestro árbol.
Te he vuelto a escribir,
remarcando las heridas,
como jeroglíficos infinitos
sobre las muñecas.

La espalda se llena de sombras,
de babosas negras
y flores muertas.
Pero eso no importa
cuando los horizontes mueren,
cuando los pájaros callan.

Entonces lo veo,
a espaldas del sol y el cielo.
Veo mis ramas ascendiendo,
los rayos de luz
atravesando las hojas,
atravesando mis miedos.

He vuelto a extraer
mis raíces de tu recuerdo,
a engañarme, a engañarlos a todos.
He vuelto a fingir,
a abrir los armarios de Morfeo,
de los deseos inciertos.

Y entonces entiendo
que sigo allí contigo,
respirando de otro universo.
En el acuario límbico,
en el verdadero hogar, paralelo.

Ruido

El ruido enmudece las canciones,
las palabras susurradas,
los brillantes poemas.
Enmudece tu voz temblorosa,
que tropieza en mis recuerdos
y se enreda en las entrañas.

Coreando tu nombre
bajo el ruido,
que lo inunda todo.
Convirtiéndome en traslúcido,
transparente e invisible tras el espejo
de las serpenteantes calles.

E intento representarlo,
expresarlo con fuerza,
con la nube gris de los adentros.
Pero caigo como siempre…
Cayendo sin golpe,
cayendo en el olvido.

Ruido lleno de disfraces
en el cristal negro y frío.
Cristal de bailes, de sonrisas,
de crueles desdichas.
Reflejo de cielos y avernos,
de sábanas blancas en el limbo,
en el purgatorio del alma.

Y mientras grito
y se marchitan las lunas,
las miradas y los dioses.
Me doy la vuelta vacío,
sin versos en las costillas,
sin notas en los oídos.
Entonces el ruido me rodea,
me acuna
y me engulle.

“El espejo sigue mirando y escupiendo, cantando y riendo. Mientras todos los ojos lo observan expectantes. Como ciegos ángeles del olvido.”

Hacia las cuatro esquinas del alma

Me lo he dicho a mí mismo,
a los monstruos que se arremolinan,
que arañan mis paredes.
Se lo he dicho a todos ellos,
sin miedo, sin rabia.

La carretera se enreda,
en las curvas, en los arcos.
Se enreda en las nubes
y en sus cimientos.
Bajo las ruedas
de nuestras bicicletas,
del eco de nuestras voces.

Hoy no es día de lágrimas,
porque el sol baña, y se baña,
sobre la piel de tus abrazos.

Lo he escrito para ellos,
los monstruos del abismo.
He compuesto la mentirosa canción
que nunca han querido,
por eso tiemblan,
por eso me esquivan.

La carretera se me enreda
en el corazón.
Junto al cielo, con sus estrellas,
con sus epitafios infinitos,
que no lloran, sólo recuerdan
que una vez lloraron.

Río, río y los brazos se extienden,
como alas blancas, relucientes.
Río y canto, la canción sin mentiras,
el poema sin llantos.

Me lo he dicho a mí mismo,
a los monstruos que se arremolinaban,
que arañaban mis paredes.
Se lo he gritado a todos ellos,
sin miedo, sin rabia.
Se lo he gritado mientras marchaban
hacia las sombras,
hacia las cuatro esquinas del alma.

En la noche con estrellas de agua

Huele a hierba recién cortada,
a flores, a sonrisas en el viento.
Olía, olía a días imborrables,
a lo que la vida esperaba de sí misma.
Mientras temía a la muerte,
zurciendo sus miedos sobre el abismo.

Devuélveme al día que nos conocimos,
devuélveme a las noches eternas,
a las historias sin puntos,
sin finales, sin lágrimas.

Olía a árboles, a brisa entre los dedos,
a crear sueños imposibles.
Olía y huele, a desear tus vistas,
a recorrer la misma luna sobre la tierra,
para siempre, o mejor dicho,
para lo que queda.

Devuélveme al día de los días,
a la carroza de cristal
enfrentándose a cien ejércitos,
a los pájaros diminutos
que sobre tormentas vuelan,
que sobre nuestras cabezas marchaban.

El gran deseo que se marchita,
el enorme agujero en las costillas,
que se descose,
que se derrama sobre la moqueta.
Abierto de par en par,
a borbotones sobre mi careta.

Devuélveme a la vida,
simplemente eso.
Devuélveme si quieres,
si lo necesitas.
Devuélveme si me encuentras
en tus días tristes,
en tus días felices,
en la noche con estrellas de agua.

A mil micrómetros

Estoy escribiendo sobre nosotros,
otra vez, y otra,
como si nos espiase bajo la lluvia,
como si todo fuera eterno.

A mil metros tu cara sigue sonriendo
y mis brazos tensos,
quietos en el vacío de tu coche,
de tus lunares en el cuello.

Y sí, ya he tenido ese sueño,
otras veces, y otras,
como cientos de luces cálidas,
como este hermoso y patético baile.
Baile de negros y blancos,
de claroscuros lloviendo.

A mil metros mis venas se estrangulan,
entre nubes y piedras,
entre el fuego y la pared.
Al compás de los pasos,
de las lágrimas baratas
que desfallecen demasiado pronto.
A mil metros del océano.

Estoy escribiendo sobre nosotros,
o eso creo, cuando la sangre se vacía
y pierdes la consciencia.
De ti mismo, de ellos mismos
teniendo este sueño
o su versión pirata,
en el que los actores ríen,
se abrazan y besan.
Pero todo muy estúpido,
todo muy triste.

Y no, lo cierto es que no,
no puedo olvidar
ese lunar, doblando el cuarto creciente,
como si el universo se diese la vuelta.
Como si los planetas se quedasen sin color,
sin tonos sobre tu piel.
Por eso mismo creo que no he vuelto a ver,
a distinguir ningún otro color
en la penumbra,
a derramar témperas en el abismo inmenso.

Porque ese lunar se hizo eterno
a mil micrómetros de distancia.

Good Bye, Lenin!

No,
no recuerdo todas las palabras,
todas las frases que deambularon
entre oídos y bocas.

Te clavaste en mucha gente,
en caras de ojos diferentes.
Y en sus pupilas guardan tu reflejo,
amándolo mientras se mecen,
hacia el horizonte, hacia el final.

Creo y en el fondo sé,
que el camino es lo que importa
y aunque los pasos desaparezcan bajo las olas,
se mantienen, sobreviven en la memoria.

Intenté dejar algo atrás,
lanzando mis abrazos al viento,
olvidando o difuminando el miedo.
Y me corté entre las rosas rojas,
y pude ver esa sonrisa eterna
invitando a sentir una canción épica.
Una canción de otro tiempo,
de sueños adolescentes,
de silencios y acampadas en la noche.

“Elephant Gun” para volver a soñar,
“Elephant Gun” y nada más.

Hay gente eterna, como tú,
cuyos ojos y sonrisa el fuego no quema,
la lluvia no desgasta.
Gente cuyas alas se incrustan en el tiempo,
sin perderse, sin marcharse,
respirando vida para siempre.

“Elephant Gun” para volver a soñar,
“Elephant Gun” y nada más…

“Hay finales y hay principios. Pero en los inicios que se graban en el pecho sobreviven las mejores personas.”

Te conocí gracias al teatro, el mismo que tanto me aterraba. Y gracias a ti disfruté del público, de hacer reír, de los escenarios cutres del colegio, de las tardes soleadas en el gimnasio, asistiendo a tus clases magistrales.
También me enseñaste “Good Bye, Lenin!”, aunque eso lo lograses sin querer. Simplemente nos pusiste su banda sonora y eso fue suficiente…, el “Good Bye” siempre podremos romperlo, contigo todo fue, es y será posible.

Al eterno Mateo González Miño, que tu fiesta nunca termine. Volveremos a vernos tras el telón.

Triste Libro sin Historia

No quiero llegar
a casa después de hoy.
Quiero perderme,
enredarme, correr,
dejando los pulmones sin oxígeno,
las preguntas sin interrogante.

El sol calienta diferente,
no mejor, ni peor,
de una manera extraña.
Calienta como lo hace en las despedidas,
sin un fuego real en el corazón,
simple luz que se incrusta en las heridas.

Llameantes estrellas escaparon
de la atmósfera lejana,
de los ojos vidriosos.
Llameantes estrellas adolescentes,
que se colaban en los labios,
en sus comisuras.
Os perdí mirando,
os perdí congelando
los recuerdos en la espesura.

Y no quiero llegar
al final del camino.
Y no quiero,
romper tus palabras con un adiós,
tus risas imperfectas,
los abrazos, las idas y venidas,
los intercambios de tinta.

Porque en el fondo sé
que contigo no habría límites,
no habría fortalezas impenetrables.
Porque en el fondo sé
que no tendré remedio al dolor,
remedio a las ensoñaciones,
a los poemas que te escribo,
plegándome como un triste libro
sin portada, sin historia.

La Playa de los Cuervos

Te recuerdo de perfil, como si mis ojos fuesen una cámara que te enfocase de lado, desde un segundo o tercer plano que no soy capaz de definir.
Y siempre que puedo describo tu sonrisa, no es que el resto careciese de importancia, pero lo que dibujaban tus labios parecía sacado de un libro, una película, un cuento que nunca llegas a creerte hasta que lo ves en persona.
Te recuerdo como recuerdan los que se pierden en algún punto de los sueños, borrosa a veces, increíblemente nítida otras. Como cuando buceas rozando la oscuridad que se cierne desde las profundidades y te das la vuelta. Pudiendo observar así los rayos de sol agujereando las partículas del agua, rozando con su brillo hipnótico la piel, acompañando el baile cristalino de las olas…

Pero bajo el agua todo es pasajero, una ilusión temporal. Los pulmones piden a gritos respirar y la vida pasa de la calma a la agonía, hasta que sales a la superficie, respiras y el ruido y el frío se alían para que pierdas la noción del tiempo.
Pero no importa, por muchas veces que lo hagas volverás a sumergirte, a darte la vuelta, a admirar la belleza simple y compleja de esa luz escurridiza que se dobla, que canta sordamente mientras tu cuerpo permanece suspendido entre infinitas capas de agua. Y aquella cámara sigue grabando, en segundo o tercer plano, alejándose inexorablemente hacia el olvido. 

Supongo que es aquí donde comienza esta historia, dentro de ese recuerdo, de las gotas de agua rodeándome. Supongo que fue entonces cuando decidí formar parte de aquel extraño proyecto sobre los “Cristales de Tiempo”. Que jamás llegué a creer hasta que sobre aquella multitud de puntos de luz te vi, sin tiempo para asimilarlo. Y entonces, simplemente, dejé de existir.

 
El café es demasiado amargo. La máquina sigue sin tener bien ajustados los parámetros o eso cree mientras la mira de reojo, realmente cansado. 

La encimera proyecta imágenes de guerra y en los altavoces se escucha la voz de la presentadora de noticias hablando de cosas que nadie suele escuchar realmente.

– Ya sabíamos que esto iba a pasar y nadie hizo nada -se encoje de hombros y se levanta. Guiña un ojo y acto seguido las imágenes desaparecen y el sonido cesa .- A veces la tecnología no es tan mala cosa…

Bajo tierra, hacía tiempo que todas las cosas importantes se decidían bajo tierra. Por miedo, por la certeza de que algo ocurriría tarde o temprano que diese la vuelta al orden establecido.
Y dentro de aquel tedioso vaivén de conspiraciones se encontraba él, una pieza más en un puzzle que se deshacía con cada error, con cada paso en falso.
A pesar de todo, de las guerras por el agua, de los atentados y las catástrofes naturales cada vez más recurrentes, aquel día el aire parecía contener la receta mágica de aquellos amaneceres olvidados en los que había manos que podían cambiar la realidad con un simple roce.
Y mientras el ascensor descendía hacia el vacío, tuvo la sensación indescriptible de que todo; el futuro, el pasado y el presente confluían en ese punto, como la sangre que fluye entre vasos sanguíneos hacia el corazón.

– ¡Enciéndete! -ordenó en voz alta sentado sobre la silla de mando, a oscuras-.

Una tenue luz verde se encendió entonces sobre sus ojos, parpadeante, como una lejana estrella. A esta la acompañaron cientos, miles. En cuestión de segundos millones de luces verdes rodearon la esférica estancia y sus ojos brillaron, sin saberlo, de una forma inexplicable.

– Sistema Solar, Marte, hace 4300 millones de años.-dijo en voz alta mientras se removía sobre la silla impacientemente-.

Las luces cambiaron entonces a negro y un planeta de aspecto similar a la Tierra apareció ante él, suspendido en la inmensidad del oscuro universo…

Cada punto de luz procesa una determinada parte del código temporal del universo, código almacenado en el corazón de los cristales de tiempo que nos rodean y atraviesan, de los que formamos parte. En los que vivimos y morimos, en los que nos congelamos para siempre.

Sonrió, todas las conferencias en las que teorizó acerca de la máquina se hacían realidad, de forma visible, palpable. Todo el sufrimiento se dio la vuelta ante él, sobre un Marte todavía joven, sobre su enorme océano.

Pero aquello no era suficiente, nunca lo fue. Las ideas se mueven por deseos, por fuerzas a veces inexplicables que llevan a crear mundos bajo mundos, a cambiar la realidad, aunque sea de manera ínfima. Y él, lógicamente, no era diferente de ninguno de ellos. Por esa razón había cambiado las contraseñas de entrada, pirateado los sistemas de alarma y se había sentado de nuevo al mando de su máquina, de su creación.

Por ello tampoco quiso escuchar los gritos que provenían de más allá de las puertas blindadas, advirtiéndole de que la muerte le aguardaría cuando se abriesen de nuevo. Porque sabía que jamás saldría de allí.

– …,podríamos ver, viajar suena casi utópico. Pero el mero echo de poder definir visualmente nuestro universo sería un punto de inflexión increíble para nuestro conocimiento. -dijo él fijando la mirada en algún punto del cielo-.

– Entiendo…, digamos que sería como las máquinas de recuerdo mental, tan de moda ahora, pero con todo el universo -mientras hablaba ella movía las manos, como si quisiese dibujar las palabras con trazos finísimos sobre el aire-.

– Sí, más o menos. Con la diferencia de que en todas esas máquinas hay errores provocados por la propia forma de recordar del ser humano. Obviamente los cristales de tiempo no tienen ese problema, plasman las cosas tal y como son, tal y como fueron, tal y como serán…

No se habían dado cuenta pero el sol comenzaba a bañar de nuevo la costa, acariciando con ternura pasajera todo aquello que les rodeaba. Increíblemente sus cuerpos desnudos no fueron conscientes del frío, dentro de aquel agua cristalina que emitía destellos únicos sobre la piel.

 – Es extraño -dijo ella cuando salían del agua para marcharse-. Juraría que algo nos observa, pero supongo que es una chorrada.

– Puedo verte… Puedo verte… -lloraba, temblaba…, la había recordado durante todo ese tiempo. Pero ahora que sus manos se posaban sobre la pantalla de la enorme máquina, los recuerdos se convirtieron en algo todavía más doloroso. No podía suceder de nuevo.

– No te preocupes, si que hay “cosas” que nos observan. Todos esos cuervos no paran de mirarte…

Ella le pegó una colleja y se fue caminando hacia el coche interpretando un enfado intencionadamente teatral.
Pero él se quedó mirando a los cuervos, que de una forma extraña seguían clavando sus ojos sobre ella. Sus cuerpos se mantenían rígidos, petrificados sobre las rocas, como si no fuesen más que estatuas…

– ¿Vienes o que? ¡Si quieres te dejo aquí para que disfrutes de la lluvia!

“El vuelo del cuervo te hizo despertar, 
despertares que tardan cien años, 
las alas negras cortaron el aire, 
mostrando imágenes pasadas de antiguos presentes. 
Manos que se unían, 
cielos claros sin nubes en los costados,
bocetos de futuros dibujados en el suelo…” -dijo entre susurros, para sí. Y entonces, por una fracción de segundo. Pudo verse a sí mismo tras los cuervos, como una especie de sombra hipnótica que desapareció en el aire con la llegada del primer trueno.

Las imágenes cesaron, de pronto. Sus ojos permanecieron abiertos durante mucho tiempo, estáticos en cierto punto del horizonte creado por la máquina, por las estrellas que se congelaron dentro de ella.

Hundido sobre la silla su mente se convirtió en una niebla espesa, los recuerdos se hicieron extrañamente borrosos y el tiempo, como la máquina, comenzó a deshacerse. Un ruido sordo, un estruendo, una luz cegadora y una sonrisa, congelada para siempre en el corazón de un tiempo que se convirtió en ficticio. En posibilidad hipotética bajo una playa lluviosa llena de cuervos y risas, llena de sueños sobre máquinas imposibles, y sombras del futuro asesinadas dentro de un coche normal y corriente, como todos los que un día fueron testigos de las más simples e increíbles historias.

 
 
 
 
 
 
 

“A ti, la sombra, la luz. Mi eterna inspiración, mi sueño, mi imposible”
 
 
 
 
 

 

Ya se van

Ya se van,
marchando solemnemente.
Como si alguna vez
hubiesen comprendido 
su destino, su propósito.

Ya se van,
aquellas mariposas idiotas
que mordisqueaban las entrañas,
que ciegamente volaban 
entre las costillas.

Su aleteo deshace las moléculas,
del aire suspendidas,
deshace el vértigo al olvido
en miradas sombrías.
Su aleteo congela el tiempo
y en el intento caen rendidas,
en una espiral infinita.

Entonces las ves
al abrigo de las nubes,
formando negros y blancos,
efímeros reflejos.
Las ves sonriendo
con labios mojados,
con aire en los pulmones;
caminando, corriendo, volando.

Se van, 
cubriendo de oscuridad las heridas,
de olvido las pupilas,
de vacíos el corazón.









Criaturas pendulares

Se abre paso el silencio
entre criaturas pendulares.
Se abre paso lo desconocido
sobre ojos fantasmales.
Meciéndose en el vacío,
expectantes.


Las estrellas se arrastran ahora,
olvidando el cielo negro,
perdidas en la oscuridad cristalina.
Se arrastran ahora, sobre mí,
entre las hendiduras del tiempo,
antaño brillantes.


Puedo ver luz 
rayando la negrura,
puedo ver, sentir la respiración muda
del océano, de la luna, 
de los versos que alimentan la roca, 
el sueño.


Y es aquí donde me veo
o más bien me siento,
o en realidad despierto
rodeado de vida el corazón muerto.
Cangrejos como luces estelares en los huesos, 
peces escondiéndose en el pecho,
entre las costuras del recuerdo.


Se abre paso el silencio
entre ojos de luces ancestrales.
Se abre paso mientras fluyes
entre cien tiburones fantasmales.
Flashes bajo las hendiduras del tiempo,
rayos en la noche,
criaturas pendulares.