Lo siento

La magia se mueve
en llameantes momentos,
como lágrimas de océano,
como sueños en la noche.

No hay vientos mejores,
ni grietas sin labios,
o ellas sin ellos.
No hay la prosa o el verso,
porque la voz se disuelve,
se evapora en el universo.

Y aunque te dije aquello,
lo otro y el tiempo.
Espero, te espero bajo las ramas,
admirando el humo,
agotando el aliento.

Susurro, líneas de párrafos malditos,
extraños dibujos gramaticales.
Que no quiero, que no entiendo.
Pero sólo así puedo quitármelos de las costillas,
de las pupilas…, del recuerdo.

Lo siento.

El ángel caído de ningún sueño

Existe un escalofrío palpable,
un sonido tintineante,
que me envuelve en la noche,
que se divierte sobre mis ojos.

Busco el calor de los destellos,
de la luz de ahí arriba.
Tan distante como el “nosotros”,
tan fugaz como la vida,
como el aliento adolescente.

Tengo una historia en los dedos,
de estrellas fugaces repitiéndose,
de manos unidas en el desierto.
Tengo una historia congelada,
que desde el frío de la memoria
susurra sus compases,
en alguna parte de mi espalda.

Y quiero alcanzarla,
saborear sus colores
y desentrañar sus versos.
Quiero ser el que nunca fui,
el que nunca seré.
Quiero ser el de los finales felices,
el que no piensa en sombras,
el que se deja llevar.
Quiero ser el de los ojos azules,
el estúpido que sonríe en las películas grises.

Quiero ser y no puedo,
rondando los presagios del pasado,
como un vagabundo sin ropa.
En esa ciudad lejana
de ese punto indefinido del universo,
cuyas calles aún respiran tu figura,
aún exhalan tu voz, tu piel mojada,
tu luna bajo las nubes.

Quiero ser,
como han querido tantos,
el que ponga la guinda al pastel
o el comieron perdices.
Quiero ser el tiempo,
sin finales ni principios,
sin recuerdos o imposibles.
Quiero ser y no puedo,
el ángel caído de ningún sueño.

El Relato


El relato más hermoso, el más increíble, el más fascinante…, no existe.
No existen sus palabras magníficas, maravillosas, dolorosas e injustas. No existen sus puntos y comas perfectamente colocadas, sus letras zigzagueantes sobre papel blanco como luz celestial.

Ese relato respiraría entre dos trenes que se encuentran en plena noche, con su estela imaginaria rodeando miles de cuerpos. Trenes rugiendo sobre el silencio de un túnel lejano.
Sería algo así como cientos de historias, de amaneceres y anocheceres en esquinas contrarias del mundo. Algo así como mentes de neuronas acristaladas, cuyas formas estrelladas y puntiagudas se elevarían sobre el limbo cerebral. Formando galaxias interminables, inabarcables para la vista.

No sé cómo podría escribirse, acometerse. No sabría cómo definir los trazos geniales del lápiz. La voz rasgada o dulce del narrador hipotético. Aunque siendo sincero, la única voz que elegiría sería la tuya, y eso que ya casi no la recuerdo, o recordarla me haría caer demasiado hondo. Casi rozando las raíces que en el hipocampo sobreviven, blancas, casi transparentes.

En ese relato mis brazos no aparecerían, ni mis ojos. Y de estarlo, sería una sombra bajo algún árbol, bajo alguna lápida vacía.
Simplemente sobreviviría la historia que se alza entre el que escribe y el que cree leer. Ese muro tan delgado e insignificante que creemos romper cada vez que abrimos la tapa de un libro. La ilusión en la que caemos gracias a los mejores, a los más grandes magos y magas de las palabras susurradas en el papel.

Por eso me rindo, por eso ni siquiera lo pretendo. Porque hacerlo sería profundamente estúpido, profundamente pretencioso. Porque no hay nada al gusto de todas las mentes, porque a lo largo del tiempo me he visto a mí mismo perdido entre las frases. Entre la torpeza de la voz que repite una y otra vez las mismas historias, intentando que cobren sentido, que sus piezas encajen mágicamente.

Porque los mejores relatos los escribe el universo, con sus continuos cambios, con sus continuas idas y venidas. Porque la vida ya se ha encargado de hacer todo el trabajo, en movimientos aleatorios, en sus aciertos y sus fallos.
Por esto he tardado tanto, en buscar las ahogadas oraciones, que las arañas en mi garganta atrapan, callan y comen.

 

 

 

“En el alma algo sobrevive. Unido entre telas de araña. Algo se mueve, se resvala entre los dedos, doliendo a veces, acariciando otras.
El recuerdo se bifurca, se crea y destruye. Se entrelaza, se divierte. Y al final, cuando ninguna araña lo guarda, hermosa y cruelmente, sus polígonos enmudecen.”

El hogar paralelo

La garganta se llena de voces,
de palabras inacabadas.
Se llena de lágrimas,
de infiernos difusos.

Te he vuelto a ver
en nuestro árbol.
Te he vuelto a escribir,
remarcando las heridas,
como jeroglíficos infinitos
sobre las muñecas.

La espalda se llena de sombras,
de babosas negras
y flores muertas.
Pero eso no importa
cuando los horizontes mueren,
cuando los pájaros callan.

Entonces lo veo,
a espaldas del sol y el cielo.
Veo mis ramas ascendiendo,
los rayos de luz
atravesando las hojas,
atravesando mis miedos.

He vuelto a extraer
mis raíces de tu recuerdo,
a engañarme, a engañarlos a todos.
He vuelto a fingir,
a abrir los armarios de Morfeo,
de los deseos inciertos.

Y entonces entiendo
que sigo allí contigo,
respirando de otro universo.
En el acuario límbico,
en el verdadero hogar, paralelo.

Ruido

El ruido enmudece las canciones,
las palabras susurradas,
los brillantes poemas.
Enmudece tu voz temblorosa,
que tropieza en mis recuerdos
y se enreda en las entrañas.

Coreando tu nombre
bajo el ruido,
que lo inunda todo.
Convirtiéndome en traslúcido,
transparente e invisible tras el espejo
de las serpenteantes calles.

E intento representarlo,
expresarlo con fuerza,
con la nube gris de los adentros.
Pero caigo como siempre…
Cayendo sin golpe,
cayendo en el olvido.

Ruido lleno de disfraces
en el cristal negro y frío.
Cristal de bailes, de sonrisas,
de crueles desdichas.
Reflejo de cielos y avernos,
de sábanas blancas en el limbo,
en el purgatorio del alma.

Y mientras grito
y se marchitan las lunas,
las miradas y los dioses.
Me doy la vuelta vacío,
sin versos en las costillas,
sin notas en los oídos.
Entonces el ruido me rodea,
me acuna
y me engulle.

“El espejo sigue mirando y escupiendo, cantando y riendo. Mientras todos los ojos lo observan expectantes. Como ciegos ángeles del olvido.”

Hacia las cuatro esquinas del alma

Me lo he dicho a mí mismo,
a los monstruos que se arremolinan,
que arañan mis paredes.
Se lo he dicho a todos ellos,
sin miedo, sin rabia.

La carretera se enreda,
en las curvas, en los arcos.
Se enreda en las nubes
y en sus cimientos.
Bajo las ruedas
de nuestras bicicletas,
del eco de nuestras voces.

Hoy no es día de lágrimas,
porque el sol baña, y se baña,
sobre la piel de tus abrazos.

Lo he escrito para ellos,
los monstruos del abismo.
He compuesto la mentirosa canción
que nunca han querido,
por eso tiemblan,
por eso me esquivan.

La carretera se me enreda
en el corazón.
Junto al cielo, con sus estrellas,
con sus epitafios infinitos,
que no lloran, sólo recuerdan
que una vez lloraron.

Río, río y los brazos se extienden,
como alas blancas, relucientes.
Río y canto, la canción sin mentiras,
el poema sin llantos.

Me lo he dicho a mí mismo,
a los monstruos que se arremolinaban,
que arañaban mis paredes.
Se lo he gritado a todos ellos,
sin miedo, sin rabia.
Se lo he gritado mientras marchaban
hacia las sombras,
hacia las cuatro esquinas del alma.

En la noche con estrellas de agua

Huele a hierba recién cortada,
a flores, a sonrisas en el viento.
Olía, olía a días imborrables,
a lo que la vida esperaba de sí misma.
Mientras temía a la muerte,
zurciendo sus miedos sobre el abismo.

Devuélveme al día que nos conocimos,
devuélveme a las noches eternas,
a las historias sin puntos,
sin finales, sin lágrimas.

Olía a árboles, a brisa entre los dedos,
a crear sueños imposibles.
Olía y huele, a desear tus vistas,
a recorrer la misma luna sobre la tierra,
para siempre, o mejor dicho,
para lo que queda.

Devuélveme al día de los días,
a la carroza de cristal
enfrentándose a cien ejércitos,
a los pájaros diminutos
que sobre tormentas vuelan,
que sobre nuestras cabezas marchaban.

El gran deseo que se marchita,
el enorme agujero en las costillas,
que se descose,
que se derrama sobre la moqueta.
Abierto de par en par,
a borbotones sobre mi careta.

Devuélveme a la vida,
simplemente eso.
Devuélveme si quieres,
si lo necesitas.
Devuélveme si me encuentras
en tus días tristes,
en tus días felices,
en la noche con estrellas de agua.

A mil micrómetros

Estoy escribiendo sobre nosotros,
otra vez, y otra,
como si nos espiase bajo la lluvia,
como si todo fuera eterno.

A mil metros tu cara sigue sonriendo
y mis brazos tensos,
quietos en el vacío de tu coche,
de tus lunares en el cuello.

Y sí, ya he tenido ese sueño,
otras veces, y otras,
como cientos de luces cálidas,
como este hermoso y patético baile.
Baile de negros y blancos,
de claroscuros lloviendo.

A mil metros mis venas se estrangulan,
entre nubes y piedras,
entre el fuego y la pared.
Al compás de los pasos,
de las lágrimas baratas
que desfallecen demasiado pronto.
A mil metros del océano.

Estoy escribiendo sobre nosotros,
o eso creo, cuando la sangre se vacía
y pierdes la consciencia.
De ti mismo, de ellos mismos
teniendo este sueño
o su versión pirata,
en el que los actores ríen,
se abrazan y besan.
Pero todo muy estúpido,
todo muy triste.

Y no, lo cierto es que no,
no puedo olvidar
ese lunar, doblando el cuarto creciente,
como si el universo se diese la vuelta.
Como si los planetas se quedasen sin color,
sin tonos sobre tu piel.
Por eso mismo creo que no he vuelto a ver,
a distinguir ningún otro color
en la penumbra,
a derramar témperas en el abismo inmenso.

Porque ese lunar se hizo eterno
a mil micrómetros de distancia.

Good Bye, Lenin!

No,
no recuerdo todas las palabras,
todas las frases que deambularon
entre oídos y bocas.

Te clavaste en mucha gente,
en caras de ojos diferentes.
Y en sus pupilas guardan tu reflejo,
amándolo mientras se mecen,
hacia el horizonte, hacia el final.

Creo y en el fondo sé,
que el camino es lo que importa
y aunque los pasos desaparezcan bajo las olas,
se mantienen, sobreviven en la memoria.

Intenté dejar algo atrás,
lanzando mis abrazos al viento,
olvidando o difuminando el miedo.
Y me corté entre las rosas rojas,
y pude ver esa sonrisa eterna
invitando a sentir una canción épica.
Una canción de otro tiempo,
de sueños adolescentes,
de silencios y acampadas en la noche.

“Elephant Gun” para volver a soñar,
“Elephant Gun” y nada más.

Hay gente eterna, como tú,
cuyos ojos y sonrisa el fuego no quema,
la lluvia no desgasta.
Gente cuyas alas se incrustan en el tiempo,
sin perderse, sin marcharse,
respirando vida para siempre.

“Elephant Gun” para volver a soñar,
“Elephant Gun” y nada más…

“Hay finales y hay principios. Pero en los inicios que se graban en el pecho sobreviven las mejores personas.”

Te conocí gracias al teatro, el mismo que tanto me aterraba. Y gracias a ti disfruté del público, de hacer reír, de los escenarios cutres del colegio, de las tardes soleadas en el gimnasio, asistiendo a tus clases magistrales.
También me enseñaste “Good Bye, Lenin!”, aunque eso lo lograses sin querer. Simplemente nos pusiste su banda sonora y eso fue suficiente…, el “Good Bye” siempre podremos romperlo, contigo todo fue, es y será posible.

Al eterno Mateo González Miño, que tu fiesta nunca termine. Volveremos a vernos tras el telón.

Triste Libro sin Historia

No quiero llegar
a casa después de hoy.
Quiero perderme,
enredarme, correr,
dejando los pulmones sin oxígeno,
las preguntas sin interrogante.

El sol calienta diferente,
no mejor, ni peor,
de una manera extraña.
Calienta como lo hace en las despedidas,
sin un fuego real en el corazón,
simple luz que se incrusta en las heridas.

Llameantes estrellas escaparon
de la atmósfera lejana,
de los ojos vidriosos.
Llameantes estrellas adolescentes,
que se colaban en los labios,
en sus comisuras.
Os perdí mirando,
os perdí congelando
los recuerdos en la espesura.

Y no quiero llegar
al final del camino.
Y no quiero,
romper tus palabras con un adiós,
tus risas imperfectas,
los abrazos, las idas y venidas,
los intercambios de tinta.

Porque en el fondo sé
que contigo no habría límites,
no habría fortalezas impenetrables.
Porque en el fondo sé
que no tendré remedio al dolor,
remedio a las ensoñaciones,
a los poemas que te escribo,
plegándome como un triste libro
sin portada, sin historia.